Notas apresuradas sobre las lágrimas. Parte I

Sin lugar a dudas, estamos viviendo tiempos difíciles. Para la gran mayoría de las personas, 2020 ha sido un año complicado, por decir lo menos. Lo más notorio, evidentemente, es la actual propagación global del COIVD-19, pandemia que ha paralizado las dinámicas habituales del presente y ha envuelto en un velo de incertidumbre las posibilidades del futuro inmediato. Nuestra mirada no alcanza a abarcar todavía el perfil de nuestras propias circunstancias, ni somos capaces de anticipar con algún grado de seguridad cómo será la realidad a la cual volveremos, ni cuándo podremos volver a ella. Considerando la indeterminación de nuestros días, no debe extrañarnos hallar tantas lágrimas brotando aquí o acá, aun en personas poco dadas llanto. Sobre esto van mis notas apresuradas de hoy: las lágrimas.
Las lágrimas han acompañado desde siempre a la especie sapiens, y también, claro, a otros muchos animales, no sólo mamíferos. El registro de animales llorones incluye, entre otros, a los albatros, las focas, las nutrias, los delfines, los cocodrilos, etc. Las de estos últimos cumplen la función de expulsar de su cuerpo el exceso de sal, y por eso el dicho lágrimas de cocodrilo significa llorar sin carga emocional, como hace también la tortuga. En la naturaleza, en general, las lágrimas sirven para limpiar, lubricar, purificar y proteger el ojo y el organismo. Pensemos en el famoso llanto provocado por una infame cebolla. La imagen ha sido representada en infinidad de obras literarias. Lo ilustro aquí con un fragmento de “Oda a la cebolla”, de Pablo Neruda:

Estrella de los pobres,
hada madrina
envuelta
en delicado
papel, sales del suelo,
eterna, intacta, pura
como semilla de astro,
y al cortarte
el cuchillo en la cocina
sube la única lágrima
sin pena.
Nos hiciste llorar sin afligirnos.

Nos hace llorar sin aflicción porque la cebolla, al ser cortada, produce gas sulfóxido de tiopropanal, y cuando éste entra en contacto con el agua de nuestros ojos, se transforma en… ácido sulfúrico. La lágrima sirve de efímero escudo protector.
Las lágrimas forman parte importante de nuestro repertorio biológico, pero en el caso humano, también de nuestro repertorio psíquico y cultural: lloramos de alegría, tristeza, miedo, rabia, felicidad, dolor, sorpresa, euforia, frustración, etc., o por mezcla de uno o más de estos elementos. Debido a esta importancia, el llanto ha sido representado en todas las disciplinas artísticas, y para algunxs autorxs se volvió casi una obsesión. En este sentido vale recordar a Pablo Picasso y su insistencia en plasmar a una mujer llorando. Solo en 1937, la encontramos incorporada al Guernica, protagonizando obras de menor tamaño y en numerosos estudios hechos por el pintor entre mayo y octubre de ese mismo año. Hay quienes registran un total de 36 versiones del tema.

La femme qui pleure (26 October 1937).
Mujer que llora con pañuelo (1937).
Mujer que llora con pañuelo (1937).
Estudio de mujer que llora.
Guernica (1837), detalle.

Por lo común, derramamos lágrimas en círculos de confianza, aunque igual podemos hacerlo frente a desconocidxs, e incluso frente a quienes consideramos enemigxs o adversarixs. En un giro conmovedor e interesante, somos capaces de llorar por lo que les ocurre a otros seres humanos, pero también a animales, plantas, objetos inanimados y hasta personajes sin existencia autónoma-material –no sé cómo denominarla–, cual son los de la literatura, el cine, el cómic, la televisión, el teatro, la ópera, etc. En este sentido cabría recordar las entusiastas palabras de Denis Diderot (1713-1784) a propósito de Samuel Richardson (1689-1761) y su obra:

Hommes, venez apprendre de lui à vous réconcilier avec les maux de la vie ; venez, nous pleurerons ensemble sur les personnages malheureux de ses fictions, et nous dirons : « Si le sort nous accable, du moins les honnêtes gens pleureront aussi sur nous. » Si Richardson s’est proposé d’intéresser, c’est pour les malheureux. Dans son ouvrage, comme dans ce monde, les hommes sont partagés en deux classes ; ceux qui jouissent et ceux qui souffrent. C’est toujours à ceux-ci qu’il m’associe ; et, sans que je m’en aperçoive, le sentiment de la commisération s’exerce et se fortifie.[1]

En este pasaje se advierte el impulso de las audiencias a dejarse llevar por la identificación con lxs personajes de ficción. Como bien lo muestra David J. Denby, las narrativas de infortunios articulan las nociones de piedad y simpatía, que tienen tras de sí una larga tradición religiosa y humanista. En el siglo XVII la novedad es que la narrativa ficcional se convierte en un espacio privilegiado para la expresión auto-consciente de tales nociones: esto es parte de una nueva relación entre texto y sociedad, mediada por la expansión de la lectura y relacionada, a la vez como causa y efecto, a la emergencia de la opinión pública y a todo el proceso de secularización.[2]

El sufrimiento, sea propio o ajeno, no es el único móvil para llorar, si bien es uno de los más potentes. Podemos llorar casi por cualquier cosa. Yo, por ejemplo, he llegado a hacerlo mientras le hablaba a una de mis amigas más queridas sobre el viaje sin retorno de la sonda robótica Voyager 1, hoy por hoy habitante del espacio interestelar, y, al verme llorar, mi amiga no pudo evitar derramar un par de lágrimas. La lloradera puede ser contagiosa. Esto último, pese a sonar a detalle trivial, revela una dimensión no siempre advertida: en esa gota de agua salada toma cuerpo, para emerger al exterior, una porción de nuestra vida interior. La lágrima es un signo paralingüístico que a menudo expresa o pide solidaridad o empatía, por lo que nos pone en relación con unx otrx. Esto se debe, en gran medida, al potencial de las lágrimas para refractar la experiencia individual y llevarla al plano de la experiencia social, colectiva. De esto me ocuparé en la segunda parte de estas notas apresuradas.

 

____________________________

[1] “Hombres, vengan a aprender de él a reconciliarse con los males de la vida; vengan, lloraremos juntos sobre los personajes desdichados de sus ficciones, y diremos, si la suerte nos agobia: “Por lo menos la gente honesta también llorará por nosotros”. Si Richardson se ha propuesto interesar, es para los desdichados. En su obra, como en ese mundo, los hombres están divididos en dos clases: los que gozan y los que sufren. Siempre a éstos él me asocia, y, sin que me percate de ello, el sentimiento de la conmiseración se ejerce y se fortifica”. Cita y traducción tomadas de Roger Chartier, Inscribir y borrar. Cultura escrita y literatura (siglos XI-XVIII). Buenos Aires: Katz, 2006.

[2] David J. Denby, Sentimental narrative and the social order in France, 1760-1820. EUA: Cambridge University Press, 1994.


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