Bajar con gusto al Hades

Paul Klee - Principe negro
Príncipe negro, de Paul Klee

Zia arregla con meticulosidad su habitación. En cuanto termina de remover la última mota de polvo de las superficies y de colocar cada objeto en su justo lugar, se dirige al baño y se abre de un tajo las venas de los brazos. A diferencia quizás de lo esperado, la muerte no le depara una sencilla nada, ni el limbo, ni mucho menos el padecimiento eterno en el infierno tan temido, sino una suerte de continuación de la vida. Ese ámbito destinado a los suicidas tiene la peculiaridad de parecerse demasiado a esto que conocemos como el “mundo real”, sin embargo, es un tanto más feo, como si estuviera envuelto en un aire de abandono y extrañeza. Por si esto no bastara, en ese mundo al que ha llegado Zia nadie puede reír. A grandes rasgos este es el argumento de una de mis películas favoritas: Wristcutters: a Love Story (2006), película basada en “Kneller’s Happy Campers”/ “Pizzería Kamikaze” del escritor israelí Etgar Keret. La parte que me parece más seductora de la película tiene que ver con esa configuración de un mundo posible después de la muerte voluntaria. Si bien, se trata de un espacio, como dije antes, desagradable, un tanto hostil y definitivamente triste, lo cierto es que el filme también brinda ciertas concesiones a los personajes, pues a pesar de todo aún pueden aspirar a encontrar el amor e incluso a volver a creer en los pequeños milagros que después de la muerte la vida se empeña en ofrecer. Al final, siempre hay pretextos para la salvación.

Desde hace siglos, el suicidio ha sido presentado con múltiples rostros en el imaginario cultural y literario. Las denominaciones del acto en sí a lo largo de la historia dicen mucho de la propia concepción que en distintas tradiciones y tiempos se ha tenido de este ejercicio rotundo de última voluntad. Por ejemplo, entre las expresiones empleadas por Platón para referirse al suicidio se encuentran “darse muerte a sí mismo”, “producirse el bien por su mano” y “bajar con gusto al Hades” (Salman 19), esta última llama la atención por el énfasis que coloca en el carácter voluntario del acto, lo mismo que en su efecto liberador y gozoso.

Sobre las razones que pueden y de hecho llevan a alguien a atentar contra su propia vida, prefiero no ahondar. Convengo con Hugo Francisco Bauzá cuando afirma en su introducción a Miradas sobre el suicidio en que

las razones profundas, las verdaderas razones, tal vez permanezcan guardadas celosamente. Ello se debe, entre otras causas, a que contemplamos los suicidios no desde el umbral de la muerte, donde se encuentran quienes la buscaron de modo voluntario, sino desde la vida, donde nos hallamos. De esa manera, no podemos saber qué conduce a un suicidio simplemente porque no hemos estado en ese trance. Así, por ejemplo, ignoramos el grado de intensidad de la tortura que, en su interior, atenaza a quien está por suicidarse; el carecer de esa vivencia hace que el conocimiento de las razones últimas, por más que nos esforcemos por alcanzarlas, nos resulten siempre inaccesibles. (19).

Y sobre todo estoy de acuerdo cuando cierra este párrafo agregando: “Los suicidas merecen nuestro más profundo respeto” (19).

En lugar de las razones me interesa más explorar cómo ha sido expresado en el imaginario el suicidio y qué alternativas sobre la vida ofrece, pues es desde ella, la vida, desde donde miramos, con asombro, respeto, curiosidad o incomprensión, la determinante decisión del otro. Debe ser por eso que desde hace siglos nos empeñamos en recrear la vida después de la muerte en el suicida como una continuación, una alternativa, un juego, un espejismo o un misterio, tan insondable como, a veces, seductor. Ni siquiera los dioses escaparon a este empeño de la imaginación en visualizar una relación tirante entre vida y muerte a través del suicidio. Salman Rocha, en la tesis dedicada a una interpretación simbólica del suicidio en la obra literaria de Jorge Semprún, destaca el ejemplo del dios Bel de la tradición mesopotámica, quien se suicidó decapitándose para que su sangre al mezclarse con la tierra diera lugar a la creación de los humanos; y cierra esta nota afirmando que

parece que el hombre ha tenido que poner en ellos [los dioses], descargar, no sólo los poderes que le faltan sino los sufrimientos que le sobran (19).

En esta línea que se mueve entre el asombro, la incomprensión y la tentación, discurren los cuentos que conforman Suicidios ejemplares (2015) de Enrique Vila-Matas, quien se propone explorar múltiples posibilidades suicidas como en un proceso de reconstrucción de una geografía personal en cuyos signos los lectores habrían de proyectar su propio mundo interior.

El más entrañable de los personajes que sobrevive a sí mismo en esta serie de suicidios ejemplares es la protagonista de “Rosa Schwarzer vuelve a la vida”. Vigilante en la sala de un museo de Düsseldorf y al punto de cumplir los cincuenta años, Rosa Schwarzer se mira incapaz de hallar en su vida un solo motivo para permanecer en ella. Sus desgracias son más bien anodinas y se reducen a la gris cotidianidad con un marido infiel y unos hijos indolentes, a la soledad más absoluta y a la rutina en una sala del museo dedicada a Klee y donde cada mañana, al parecer, escucha una peculiar invitación proveniente de uno de los cuadros:

procedente del cuadro El príncipe negro, la seductora llamada del oscuro príncipe que, para invitarla a adentrarse y perderse en el lienzo, le envía el arrogante sonido del tam-tam de su país, el país de los suicidas (43).

Como una especie de estribillo, ese tam-tam se repetiría en la conciencia de Rosa Schwarzwer a lo largo de todo un día, el día de su cumpleaños, lo mismo que se repetirá en su mente esa idea punzante de acabar de una vez con su vida atendiendo al llamado del príncipe negro. Así, un bote de lejía, una ventana abierta desde la cual defenestrarse, un automóvil en marcha a gran velocidad, una llave de gas abierta, se vuelven la imagen obsesiva de un plan largamente postergado. A cada tentativa se antepone un deber para con los demás, pero no para consigo misma. Rosa Schwarzer busca sin querer algo que la sustraiga de ese trance, de esa obsesión, y lo encuentra al dar un paseo por el barrio, meterse a un bar y entablar conversación con un joven borracho. La espontaneidad en esa charla y la súbita confianza que en ella despierta ese joven desempleado, perdido, dipsómano y en completo desamparo, le hacen experimentar una vitalidad apenas sospechada pero que sin embargo no es suficiente para salvarla. Ella le confía sus desgracias, él le obsequia un botellín de whisky con cianuro que ella sorberá de un trago cuando, a la mañana siguiente y después de un cumpleaños caótico, se encuentre de nuevo en la sala del museo escuchando la invitación siempre vigente del tam-tam del país de los suicidas.

En efecto, Rosa Schwarzer muere, llega al paradisíaco país del príncipe negro donde es recibida con las más exultantes muestras de gozo:

Su corazón de suicida enamorado. Es el príncipe negro que en cuanto cobra vida comienza a celebrar la llegada de su amor y, valiéndose de una danza tan delirante como prolongada, convoca a todos los suicidas del reino a la gran explanada desde cuyo altar habrían de tener lugar los festejos de agasajo a la recién llegada. De todas las innumerables chozas bañadas por un océano de muy cristalinas aguas surgen súbditos con trajes de gala que, según le aclara el príncipe, imitan lo inimitable: el humo azul ardiente de África. (60).

Pero Rosa Schwarzer no se encuentra a gusto en ese sitio, nada mueven en ella ni la fastuosa bienvenida ni los fuegos de artificio. Esa es una irrealidad que a pesar de su belleza también puede ser desagradable. El príncipe negro nota y lamenta la reacción de la mujer que todas las mañanas escuchaba su llamado en la sala del museo y termina por ofrecer una solución: sólo aspirando el humo azul podía revertir el efecto del cianuro.

Rosa Schwarzer comprende enseguida que se trata de volver a suicidarse, en este caso de practicar el gesto al revés, un suicidio que la haga caer, no del lado de la belleza sino del lado opuesto, del lado de la vida. (60-61).

Aspira sin dudarlo el humo y de pronto se encuentra otra vez en la sala del museo de todos los días, se ha dejado de escuchar el tam-tam y su vida continúa como si nada hubiera pasado, aunque esto no sea del todo así. En su interior algo se ha transformado pues

Rosa Schwarzer siente que ha vuelto a sumirse en la grisalla de su vida, y se encuentra bien, como si hubiera comprendido que después de todo no sabemos -lo diré con las palabras del poeta- si en realidad las cosas no son mejor así: escasas a propósito. Tal vez sean mejor así: reales, vulgares, mediocres, profundamente estúpidas. Después de todo, piensa Rosa Schwarzer, aquello no era mi vida (61).

Al igual en Wristcutters… lo que destaca en Rosa Schwarzer y los otros personajes protagonistas de los Suicidios ejemplares, es que siempre encuentran pretextos para la salvación, ya sea en la vida después de la muerte o en la vida misma, como si la sola idea del suicidio y su posibilidad real fuesen la más eficaz de las vías para la sobrevivencia, para decidirse a permanecer en este trayecto vital que, a pesar de todo, se empeña en poner a prueba nuestra capacidad de asombro.

Fuentes

Bauzá, Hugo Francisco. Miradas sobre el suicidio. México: FCE, 2018.

Salman Rocha, Dora Georgina. Futuro imperfecto: dimensión hermenéutico-simbólica del suicidio en la obra de Jorge Semprún. Tesis de doctorado. Universidad Iberoamericana, México, 2011.

Vila-Matas. Suicidios ejemplares. Barcelona: Penguin Random House, 2015.


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