De metáforas y criaturas lectoras

El necio de los libros, Sebastian Brant, 1494Con el fin de incrementar las posibilidades del mutuo entendimiento y crear un espacio más amplio de significado, la lengua recurre a metáforas que son, en última instancia, una confesión de su incapacidad para comunicar directamente. A través de las metáforas, las experiencias de un campo iluminan las experiencias de otro.

Alberto Manguel

 

Las metáforas son significativas en la medida en que son reconocidas, asimiladas por una comunidad, e incorporadas en el devenir lingüístico de esa comunidad. No se trata aquí de las metáforas que se exhiben por mero afán de artificio o decoración, pues las de este calibre sólo terminan por quedarse en el vacío de su propio artificio. Más bien, las metáforas nos sirven para expresar con un poco más de certeza aquello que no es posible nombrar y definir con palabras.

A partir de estas nociones sobre la metáfora y, en especial, de la necesidad humana de narrarnos a través del lenguaje, decir nuestra historia, nombrar nuestras razones para el dolor o la desgracia, la exultación o la alegría, el desasosiego o la esperanza, es que Alberto Manguel, en El viajero, la torre y la larva. El lector como metáfora, ofrece breves recorridos históricos por el poder de algunas metáforas para nombrar el ejercicio lector y cómo ha sido vista a lo largo de la historia esta actividad que lo mismo causa fascinación que intriga o aversión para quienes no la comparten.

En uno de los primeros apartados del volumen, titulado “La lectura como reconocimiento del mundo”, las metáforas del viaje emprendido por quien se adentra en las páginas de un libro como si recorriera geografías ajenas a las inscritas con tinta en el papel, se expanden para llevarnos a una comprensión mucho más vasta, la de la vida y la del universo. Citando a Plotino cuando dice “si vemos las estrellas como si fueran letras, podemos, si sabemos cómo descifrar este tipo de escritura, leer el futuro en sus configuraciones”, Manguel recupera la imagen en la que la página en blanco y el universo figuran como lienzos donde plasmar nuestro devenir o trayecto vital y el de la humanidad: “La creación de un texto en una página en blanco se asimiló a la creación del universo en el vacío” (20) y por eso en el principio fue el verbo y desde entonces “Avanzamos por un texto como lo hacemos por el mundo, pasamos de la primera página a la última a través del paisaje que se despliega” (27).

Como sabemos, desde hace siglos, el viaje en tanto tópico implica vencer obstáculos, enfrentarse a sitios y personajes extraños, muchas veces hostiles, caminar con un objetivo claro (aunque sólo sea llegar de un punto a otro), salvarnos o sacrificarnos, y aprender de todas esas experiencias. Por todo esto es que la lectura ha sido representada también como eso, como un viaje enriquecedor del cual nunca se regresa indemne.

No sólo la metáfora del viaje, por la vida o por el libro, es la que ha predominado por varios siglos de historia occidental, sino también la de la torre de marfil en su connotación tanto positiva como negativa. Lo que para unos puede ser entendido como un sitio privilegiado para cultivar el conocimiento, la imaginación, la sabiduría; es decir un espacio de aislamiento deseable y hasta cierto punto necesario para el trabajo intelectual, para otros llegó a ser una negación del acontecer en el mundo, un rechazo de responsabilidad social, un hacer caso omiso de las urgencias y necesidades de la humanidad, del mundo de ahí afuera:

En la imaginación del público, la torre de marfil se convirtió en un refugio establecido en oposición a la vida en las calles, y el intelectual que allí se resguardaba era un snob, un amanerado, un flojo, un misántropo, un enemigo del pueblo. (71)

La torre de marfil como ese espacio ideal para el lector no dejaba de acarrear peligros para quien ahí se recluía. La acedia, pereza o melancolía podía ser una de las amenazas latentes en esos sitios de confinamiento. A este respecto dice Manguel:

Libre de meditar sobre las miserias del mundo, el monje solitario (el eremita, el anacoreta, como en hombre en el fragmento de Accidia del Bosco) puede caer seducido en un estado de pensamiento suspendido, melancolía o, lo que es peor, el pecado de la acedia o pereza, el anverso de la sed pecaminosa de Ulises por explorar, el lado oscuro de la pasión reflexiva del filósofo. En la torre de marfil, el alma retirada puede perderse en la inacción (65)

Finalmente, la metáfora del lector como una larva es la que se explora en este libro y, al igual que la anterior, guarda connotaciones favorables y desfavorables. Lo que para algunos es una virtud, un ímpetu de aprendizaje representado como ese ser que devora libros, para otros se trata de una especie de larva o gusano que gracias a esa afición desmedida habría de perder el sentido de la realidad, la cordura, como Don Quijote: “se suele representar a los lectores como presas de seres imaginario, víctimas de sucesos irreales, devoradores de libros que, a su vez, son devorados por monstruos literarios.” (98). Pero la otra cara de esta monstruosidad tiene que ver con la imaginación y con las relaciones que podemos llegar a establecer con sucesos y personajes de ficción, y que nos vinculan de un modo particular con la vida y el mundo:

Haciendo a un lado los casos clínicos, cada lector ha sentido, por lo menos en una ocasión, el poder sobrecogedor de una criatura de palabras, se ha enamorado de algún personaje, ha despreciado a otro con toda su alma y ha deseado emular a un tercero” (98).

A través de estas metáforas, podemos ver que la lectura se ha entendido como viaje, posibilidad de creación, medio para el aprendizaje o la locura o la insensatez. Lo importante no es defender el hábito lector como una vía para el bienestar, ni para desarrollar empatía hacia los otros, ni mucho menos para enriquecer nuestra solvencia moral. Está claro que no es su cometido ni podría serlo, históricamente se ha visto que no es así y de ahí la relevancia de hacer notar también los aspectos nocivos que en estas metáforas de la lectura se han expresado. Lo que sí nos dan la lectura, las palabras, las historias escritas que a lo largo de los siglos siguen nutriendo nuestro imaginario, son posibilidades de mirar más allá de nosotros mismos y tal vez, desde esa experiencia del otro, renombrarnos o contarnos de una manera distinta:

Somos criaturas lectoras, ingerimos palabras, estamos hechos de palabras, sabemos que las palabras son nuestro medio de estar en el mundo, y es a través de las palabras que identificamos nuestra realidad y a través de ellas que nos identificamos a nosotros mismos (123).

 

Manguel, Alberto. El viajero, la torre y la larva. El lector como metáfora. México: FCE, 2014.


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