De purezas y oscuridades

La dama del armiño, Leonardo Da Vinci, 1490.

Praise then Darkness, and creation unfinished.

Ursula K. LeGuin, The Left Hand of Darkness.

Hace unos días me topé con un hilo de twitter acerca de los posibles significados simbólicos de las comadrejas, armiños, hurones y demás mamíferos pequeños y alargados en el arte renacentista. Sorprendentemente, y no, la colección de simbolismos gravitaba fuertemente hacia los territorios de la sexualidad femenina, teniendo probablemente como principal ejemplo el retrato de Cecilia Gallerani hecho por Leonardo Da Vinci alrededor de 1490 y mejor conocido como La dama del armiño.

En el caso de la joven Cecilia, amante de Lodovico Sforza de Milán, el consenso general es que el armiño, en su pureza de mártir que se entrega al cazador antes que atreverse a ensuciar su pelaje, representa la castidad e inocencia de la muchacha –que en ese momento se encontraba probablemente embarazada, pero eso podemos convenientemente justificarlo anotando que todo tipo de comadrejas simbolizaban en la Italia renacentista la fertilidad y fortuna en el embarazo y parto.[1] En algunos retratos de la reina Elizabeth I de Inglaterra se puede observar también el armiño, en alusión a que dicha monarca permaneció soltera durante su reinado. 

Armiño, con su característico pelaje invernal.

En general, ya sea un blanco armiño o una marta –martes martes– rojiza y adorable, la presencia de uno de estos animalitos suele apuntar sutilmente a las posibilidades de la sexualidad femenina. Las razones de esta curiosa asociación se encuentran en algún rincón del mundo grecolatino, más o menos cerca del nacimiento de Hércules, pero como ha sucedido con tantas cadenas semánticas a lo largo del tiempo, el origen es menos interesante que las posibilidades a futuro. 

Y estas posibilidades me traen de nuevo al momento en que me encontré con el mencionado hilo y pensé inmediatamente en Lyra, la niña anti-heroica protagonista de la trilogía de Philip Pullman, His Dark Materials. Para quienes nos maravillamos de manera casi infantil cuando encontramos pequeños guiños de diálogo entre los libros que nos forman, His Dark Materials es una fuente garantizada de descubrimientos gozosos, desde sus claras alusiones al Paradise Lost de Milton hasta sus epígrafes que complementan los capítulos del último libro, pasando por el I Ching, los myrioramas, Emily Dickinson, Rilke, Blake, muchas más referencias filosóficas de las que me caben en la cabeza y, por supuesto, las comadrejas sexuales. 

La serie de libros de Pullman se desarrolla inicialmente en una versión del mundo en la que cada personaje está siempre acompañado por su ‘daemon’, una especie de animal totémico que es algo así como el alma de la persona y cuyo origen conceptual está, como las comadrejas de la fertilidad, en algún lugar de Homero y la grecolatinidad. Los daemons de los niños cambian de forma libremente hasta que, en la adolescencia, llega un día en que deciden dejar de cambiar. Las lecturas más obvias de lo que este momento simboliza llevan hacia la pérdida de la inocencia, la conciencia del otro, el inicio del viaje hacia la adultez. En el caso de Lyra, la pérdida de la inocencia, evidente en el descubrimiento de lo sexual, queda más explícitamente declarada en la transición de su daemon, que pasa de ser casi siempre un armiño blanco invisible en la nieve, a detenerse definitivamente en la forma de una marta roja. Esto pasa cuando Lyra descubre el amor, pero también cuando entiende el pecado y la responsabilidad. 

Marta (martes martes)

Al principio la idea me pareció un poco molesta, porque una niña de trece años, en mi paranoide cabecita acostumbrada a sospechar del mundo, no debe ser colocada en un contexto sexualizado. Pero luego pensé en Julieta de trece años, en las niñas reales de trece años, en la yo de trece años y la supuesta inocencia que para entonces tenía ya bastante comprometida. Y es que Pullman no especifica ningún tipo de comportamiento explícitamente sexual, pero sí apunta claramente a la pérdida de la pureza, una pureza contra la cual se ha manifestado desde el inicio; la pureza de lo estéril. Lo blanco, lo limpio, no tiene para él posibilidades de generar vida –y de ahí el título de la serie. Es el pecado, entendido como experiencia humana, decisión y error, lo que da inicio a la vida, al movimiento y la historia de la humanidad. Todo remite al momento, hermosamente imaginado por Milton, en que Lucifer se detiene por un momento, justo antes de la caída, y mira hacia abajo: 

Into this wild abyss, 

The womb of nature and perhaps her grave,

Of neither sea, nor shore, nor air, nor fire,

But all these in their pregnant causes mixed

Confusedly, and which thus must ever fight,

Unless the almighty maker them ordain

His dark materials to create new worlds

[Hacia el abismo salvaje

Cuna de la naturaleza y quizás su tumba,

Que no es mar, ni costa, ni aire, ni fuego,

Sino todo en sus causas fecundas mezclado

Confusamente, y que así debe siempre pelear,

A menos que el creador todopoderoso ordene 

A su materia oscura crear nuevos mundos][2]

En esta defensa de la confusión oscura como generadora de posibilidad, el carácter de Lyra se desenvuelve perfectamente: es una niña incontrolable, desobediente, mentirosa y desagradable. Hace trampa, roba, glorifica la violencia; pero es leal, empática y valiente. Es importante aclarar en este punto que Lyra no recibe consecuencias negativas por sus rasgos no convencionales: no hay moralejas en su historia. En parte resulta entrañable porque parece ser una niña de verdad. 

El tratamiento de temas como la violencia, la honestidad, la paternidad/maternidad no idealizadas y el control ejercido por la religión a través de la idea del pecado convierte a los libros de Pullman en un bocado difícil de masticar, especialmente cuando se dirigen a audiencias infantiles y adolescentes. Es por eso, probablemente, que las dos adaptaciones a la pantalla que se han hecho de ellos han sido difíciles y mal recibidas por lxs lectorxs de la saga original. A pesar de esto, la nueva serie de libros en los que el autor continúa con la historia ha sido hasta ahora un éxito. 

Al final, lo que queda del tránsito entre pureza y pecado es la posibilidad de crear nuevos mundos: el padre de Will dice, en un hachazo de verdad para quienes soñamos con el posible escape, “we have to build the Republic of Heaven where we are, because for us there is no elsewhere” [tenemos que contruir la República de los Cielos en donde estamos, porque para nosotros no hay otro lugar][3] y para construir la República de los Cielos hay que tener las manos sucias de humanidad. Es como si en estos libros, subversivos e incómodos sobre todo para quienes buscan regular la fe, Pullman ­–que se ha declarado partidario de la existencia de la fe– hiciera también un guiño al buen Martín Lutero en su invitación a cambiar el control por la gracia, la pureza por la elección; a pecar valientemente.[4] Y con esta libertad, a crear otros mundos. 


[1] Jacqueline Marie Musacchio, “Weasels and pregnancy in Renaissance Itali” en Renaissance Studies Vol. 15, No. 2 (June 2001)

[2] John Milton, Paradise Lost, Libro II.

[3] Philip Pullman, The Amber Spyglass (Random House: New York, 2007)

[4] “Be a sinner and let your sins be strong (sin boldly)” Letter 99, Paragraph 13. Erika Bullmann Flores, Tr. from: Dr. Martin Luther’s Saemmtliche Schrifte.


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