Notas apresuradas sobre las lágrimas. Parte II

Photo credit: hernanpba on VisualHunt / CC BY-SA

En la primera parte de estas notas hablé rápidamente sobre la función de las lágrimas a nivel biológico, e igual comenté un poquito sobre su representación en la pintura. Luego de contar la anécdota de mis lágrimas derramadas a propósito del viaje sin regreso de la Voyager 1, y del contagio sufrido por mi empática oyente de entonces –a quien le ganó alguna lagrimilla inesperada–, cerré con el anuncio de continuar en esta segunda parte con algunas reflexiones, también apresuradas, sobre la capacidad de la lágrima para refractar la experiencia individual y transportarla al plano de la experiencia social, colectiva, aunque sea por algunos instantes. A veces sin quererlo, o con plena anuncia, una fracción de eso que llamamos vida interior asoma, vestida de sal, por nuestros conductos nasolagrimales. No sobra recordar aquí el bellísimo poema “Sal sobre la herida”, de la colombiana Piedad Bonnet:

Basta con mirar fijamente la cicatriz,
sus imperfectas costuras,
para que la herida empiece a abrirse
y a contar sus historias.

Cuida la sal de tus ojos.

El estereotipo tiende a asociar las lágrimas con la debilidad, y ésta, con las mujeres. En décadas anteriores nadie si ofendía si un varón era reprendido acusándolo de “llorar como nena”. Hoy, por fortuna, le choque a quien le choque, esta clase de expresiones ya no se ve con tan buenos ojos, debido a su connotación sexista. Encima, como cualquier estereotipo, remite a una verdad parcial: las nenas lloran, sí, pero no siempre han llorado más que los nenes. Tampoco más que lxs adultxs. El llanto no es patrimonio exclusivo de débiles, mujeres o niñxs. Para mostrarlo recurriré a un ejemplo paradigmático de la literatura universal: Ulises, u Odiseo, el gran héroe… y gran llorón.
Quien haya leído la Odisea sabrá la cantidad de veces que Ulises derrama sus viriles lágrimas: llora mientras está retenido en los dominios de Calipso, su amante; llora en la corte del rey Alcínoo, al escuchar en boca del aedo sus propias hazañas y los hechos de Troya; llora en el Hades, mundo de los muertos, al encontrarse con su compañero Elpénor, llora al escuchar a Agamenón relatar su muerte a manos de Clitemnestra, y llora todavía más al descubrir en el inframundo a Anticlea, su madre, quien estaba viva cuando Ulises partió de casa; cito:

[…] Agudo dolor se me alzaba en el pecho
y, dejándome oír, la invoqué con aladas palabras:
Madre mía, ¿por qué no esperar cuando quiero alcanzarte
y que, aun dentro del Hades, echando uno al otro los brazos
nos saciemos los dos del placer de los rudos sollozos?
¿O una imagen es esto, no más, que Perséfone augusta
por delante lanzó para hacerme llorar con más duelo? (vv. 208-214)

Su llanto no se detiene ahí: cuando por fin vuelva a casa, llora en silencio la muerte de Argos, su perro fiel; llora de nuevo cuando Telémaco, su hijo, lo reconoce y luego vuelve a llorar al revelar su identidad a Penélope, su esposa; e igual llora junto a Laertes a su padre; e incluso llora en otros momentos del viaje. Ulises derrama tantas lágrimas a lo largo de las páginas de la Odisea que Proteo llega a decir de él que “se le iba la vida en gemir por su hogar”. Visto esto, bien podríamos reformular la frase estereotipada para introducirle un giro: de “llora como nena” a “llora como Ulises”.
(Semi)bromas aparte, el ejemplo de Ulises me interesa por otro motivo, señalado en repetidas oportunidades por la crítica: la Antigüedad no conocía la vida interior, la conciencia, la introspección. Por ende, si algo no se expresaba o no se volcaba al exterior, era como si no existiera. En sus estudios sobre la historia de los géneros discursivos y la representación de personajes, Mijaíl Bajtín ha mostrado que héroe clásico es siempre idéntico a sí mismo; o sea, no cambia, no evoluciona, no aprende. Dicho de otro modo, su conciencia no existe o, al menos, resulta inaccesible.
Con la posterior irrupción y propagación del cristianismo, con su increíble afán –digamos– por conocer, clasificar y juzgar los pensamientos de sus prójimxs, la conciencia ganó realidad, se profundizó y se ensanchó. No en vano uno de los géneros predilectos de la Santa Iglesia es la confesión. Ésta, como bien sabemos, consiste en que una persona, luego de hacer su “examen de conciencia”, le rinda cuentas de sus malos pensamientos y sus malas acciones a un sacerdote, encargado de hacer cálculos divinos y fijar la penitencia. Michel Foucault ha explorado la macabra evolución de este género en el ámbito legal y judicial. En este sentido, las lágrimas se vuelven la expresión del arrepentimiento, la culpa, el remordimiento, etc., de los personajes. Tomemos como ejemplo de esto al fraile protagonista del hermoso relato de Salarrué El Cristo negro (1926). Uraco es un hombre en extremo religioso y devoto pero que, paradójicamente, comete todo tipo de crímenes en un intento por evitar que sus prójimxs se condenen: miente, roba, asesina… Además, se debate consigo mismo, porque no termina de entender si esas fuerzas misteriosas que lo acompañan y auxilian vienen de Dios o del Diablo. El conflicto interior de Uraco se manifiesta a nivel de su cuerpo: “Veníanle cortos estremecimientos de frío y largos lapsos de fiebre cuya sed calmaba, a falta de agua corriente, con la de los pantanos apestosos o con la humedad salobre de sus lágrimas” (1977, 7).
En nuestros tiempos, lxs escritorxs siguen recurriendo a la representación artística de infortunios, en los cuales héroes y heroínas sufrientes revelan su humanidad, y ante los cuales las audiencias siguen respondiendo con empatía y hasta identificación. Y curiosos son los caminos de la empatía, habría que decir… Pongo un ejemplo. Varias obras, tanto literarias como pictóricas, han recuperado lo ocurrido durante la llamada Noche triste, que tuvo lugar entre el 30 de junio y el 1 de julio de 1520, cuando el conquistador Hernán Cortés fue derrotado por el ejército indígena liderado por Cuitláhuac, el gran tlatoani de Tenochtitlan. En su Historia verdadera, Bernal Díaz del Castillo deja el siguiente testimonio: “Volvamos a Pedro de Alvarado, que como Cortés y los demás capitanes le encontraron de aquella manera y vieron que no venían más soldados, se le saltaron las lágrimas de los ojos” (1943, II, p. 24). Y razón tenía Cortés para llorar, porque, si hemos de creer a sus propias palabras enviadas al rey Carlos V, “En este desbarato se halló por copia, que murieron ciento y cincuenta españoles y cuarenta y cinco yeguas y caballos, y más de dos mil indios que servían a los españoles” (s.f., pp. 241-242). Para la época, fue una verdadera masacre. No sé si sobre decirlo, pero lo diré, por si acaso: la Noche triste fue triste para el bando español, no para el indígena. Para lxs nativxs del “Nuevo Mundo” fue una noche feliz, triunfal, alegre. En ocasiones podemos saber con o por quién lloramos equivale a saber del lado de quién estamos.
Las narrativas de infortunios aparecen en los discursos de las sociedades de todos los tiempos, y constituyen una forma de mirarse o hasta juzgarse a sí misma, pues la figura de la víctima es crucial para denunciar las injusticias del mundo, de las personas, de los órdenes, etc. El llanto es una función biológica, mas su expresión puede entrañar sentidos y significados múltiples y diversos, ya sea porque remiten a emociones primarias (la ira o la tristeza), a experiencias frecuentemente compartidas (el desamor o el luto), a la idea de pertenencia (a una familia, un equipo deportivo o laboral, a un país, etc.). Asociamos las lágrimas con la manifestación de rasgos de humanidad. La literatura ha sabido recuperar esas expresiones para mostrar a su modo lo que puede haber detrás de un lágrima. Como decía Bonnett en el poema citado al inicio de estas notas, debemos cuidar la sal de nuestros ojos, pues:

Basta con mirar fijamente la cicatriz,
sus imperfectas costuras,
para que la herida empiece a abrirse
y a contar sus historias.

Esa herida somos nosotrxs.

Bibliografía

  • Bonnett, Piedad. Explicaciones no pedidas, Visor Libros, España, 2011.
    Cortés, Hernán, Cartas de relación de la conquista de América, Editorial Nueva España, México, s.f.
  • Díaz del Castillo, Bernal, Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, t. II, Ed. Nuevo Mundo, México, 1943.
  • Salarrué, 1977, “El Cristo negro (Leyenda de San Uraco)”, en El ángel del espejo y otros relatos, Biblioteca Ayacucho, Caracas, pp. 3-21.

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