La certidumbre de la muerte

Manet, "El suicidio", 1877-1881La multitud abusó de la vida, quiso exprimirla como si fuese un limón, pero una ráfaga de cansancio apagó, para siempre, esa llamarada de piedad y de vicio.

Oliverio Girondo

En 1987, Paul Auster publica In the Country of Last Things (traducida como El país de las últimas cosas), novela epistolar en la que Anna Blume describe un escenario de decadencia y destrucción donde quienes no roban, asesinan o hieren por sobrevivir, se entregan al suicidio de las formas más sofisticadas: contratan agentes para que los maten el día menos esperado, se someten a entrenamientos especializados para correr una última carrera cuyo final es la muerte por extenuación, se incorporan a clubes suicidas o asisten a clínicas de eutanasia. Algunas escenas del libro resonarían, años después, en la película The Happening (2008) del aclamado director M. Night Shyamalan e incluso en la más reciente Bird Box (2018) de Susanne Bier, ambos filmes sostenidos en el argumento de inexplicables oleadas de suicidios.

Desde luego que el tema en sí no ofrece ninguna novedad, pero sí las sucesivas representaciones que sobre todo a lo largo del siglo XX y lo que va del XXI se han venido configurando del suicidio y de las razones que lo sustentan. Los tres ejemplos citados en el párrafo anterior atienden al enfrentamiento a un mundo postapocalíptico, a una suerte de “reacción” por parte de la naturaleza para purgarse de los humanos y a una visión de la oscuridad más inextricable que también habita en el alma humana, respectivamente. De varias maneras se trata de poner sobre la mesa la experiencia de un momento de crisis en el mundo contemporáneo que está exigiendo acciones extremas y en esa exigencia la resolución más inmediata y radical parecer ser la muerte en colectivo. Sobra decir que estos ejemplos son fácil e inmediatamente relacionables con escenarios de destrucción a nivel mundial (desastres naturales, guerras, pobreza, hambruna, cierre de fronteras para migrantes, etc.), crisis ecológicas y enfermedades mentales.

Hace más o menos un siglo, en 1917, Horacio Quiroga publica Cuentos de amor, de locura y de muerte, volumen que incluye “Los buques suicidantes”, cuento breve donde los pasajeros de un barco que va camino a Europa charlan sobre el misterio de los buques abandonados en alta mar y en los que no ha quedado ni un solo rastro de la tripulación. Un pasajero misterioso ofrece una explicación bastante peculiar de este fenómeno y es que, en un momento determinado, la tripulación contempla el mar y entra en una suerte de trance hipnótico que los lleva, uno a uno, al suicidio. El pasajero que narra esta historia ha sido un sobreviviente de uno de estos episodios y lo que responde ante la obligada pregunta de cómo logró él sortear ese influjo del mar es que él, a diferencia de los demás, no opuso resistencia a la desidia obsesiva que traía aquella hipnosis sino que la dejó estar como parte de sí:

Sí, un gran desgano y obstinación de las mismas ideas, pero nada
más. No sé por qué no sentí nada más. Presumo que el motivo es éste:
en vez de agotarme en una defensa angustiosa y a toda costa contra
lo que sentía, como deben de haber hecho todos, y aún los marineros
sin darse cuenta, acepté sencillamente esa muerte hipnótica, como si
estuviese anulado ya. Algo muy semejante ha pasado sin duda a los
centinelas de aquella guardia célebre, que noche a noche se ahorcaban.

En este cuento se percibe un resabio del famoso mal de fin de siglo puesto de moda en las últimas décadas del siglo XIX y que consistía precisamente en un malestar generalizado ante los tiempos modernos. Entre los “síntomas” de este mal se encontraban la acidia, el desgano, la falta de vitalidad, una permanente insatisfacción respecto a lo que el mundo tenía para ofrecer y una visión por completo desesperanzada de la vida, entre otros. Los personajes literarios aquejados por este mal solían terminar sus días en la locura, estableciendo pactos con seres sobrenaturales (el diablo o ciertas figuras diabólicas o vinculadas con los mundos del mal fueron de los más recurridos) o suicidándose. Este desencanto crónico no murió con el siglo XIX, sino que se fue asentando en el espíritu de las sociedades occidentales como un modo de ser y estar que, creo, sigue bastante vigente y sigue también, como he referido al inicio de este texto, buscando una de sus mejores expresiones en el suicidio.

La producción literaria de las primeras décadas del siglo XX, y en especial la narrativa vanguardista hispanoamericana, exploró con un empeño peculiar las posibilidades del suicidio para sus personajes, poniendo de manifiesto la nueva lógica de las sociedades vertiginosamente industrializadas y la deshumanización paulatina de las grandes capitales.   Lo curioso en estas representaciones es que, contrario a lo que podría pensarse, las imágenes ofrecidas de quienes eligen por propia mano abandonar la vida no tienden a la nota trágica, sino a situar la opción voluntaria de la muerte como una vía para la liberación, para la renovación vital (valga la ironía).

En El laberinto de sí mismo (1934), primera de las llamadas novelas gaseiformes del escritor cubano Enrique Labrador Ruiz, encontramos a un hombre anónimo que habiendo fracasado en el amor, la amistad, la vocación literaria, visualiza la muerte como una vía de regeneración, por ejemplo. Dice el protagonista en una de sus sesudas reflexiones:

Matarse es la aventura de la una resurrección sin límites. La idea del suicidio es por lo menos una zambullida de todos sentimientos petrificados, de todo los sentimientos permanentes y oficios. Aire y carácter nuevos. Aquello va a cambiar… Tras ese chapuzón de espiritual higiene, ¿quién nos niega que podamos surgir con un alma más limpia y ligera? (145).

Para este personaje “no meditar en el suicidio es traicionarse a uno mismo” y la sola idea fulgura en el horizonte de su destino con una exultación que no ha encontrado en ninguna de sus experiencias vitales.

Otro ejemplo notable lo podemos observar en Op Oloop (1934) de Juan Filloy, novela cuyo argumento se sustenta en seguir la vida de un hombre, Optimus Oloop, a lo largo de un día y, con especial meticulosidad, el desarrollo de un banquete que ofrece en su mansión al anochecer. Después de exhibir con cierta pretensión su vida de ocio y opulencia, su inteligencia, las exquisitas viandas con las que agasaja a sus invitados y su relación amorosa con Franzi, el protagonista termina defenestrándose por su balcón, emulando el vuelo liberador de un ave, descrito por cierto con un regocijo grotesco en la desarticulación del cuerpo muerto:

El salto fue exacto, matemático. La curva inicial -la cabeza entre los brazos tensos, desplegándose paulatinamente como dos alas- tuvo la gracia de la ‘paloma’.

Después la velocidad lo desarticuló. Su cuerpo yacía en el pavimento, con la última estrella incrustada en la corbata. Roto el cráneo en el cordón de la vereda, la masa encefálica se diseminó. Su brazo derecho, en distorsión, presentaba la mano sobre un montículo de estiércol. El reloj-pulsera parecía indemne. Pero el reloj-su vida- y su

5.49

Vida -toda reloj habían dejado de latir a las 5.49. (216)

Además de esta descripción, los respectivos documentos que Op Oloop deja a diversos personajes complementan esta imagen liberadora pero también ridícula de la muerte. En su testamento asienta lo que debe decir su epitafio:

Aquí yace Op Oloop.

Para él nada fue difícil

excepto el amor.

¡Por eso amó tanto a las

mujeres fáciles! (214)

El sentido del humor y la representación grotesca de la muerte suicida alcanzó niveles delirantes con Oliverio Girondo y su famoso Espantapájaros. (Al alcance de todos) (1932). El libro cierra con un escenario semejante al que varias décadas después presentaría Auster, sólo que en Girondo la risa, la exageración y el desparpajo lo minan todo: “El 31 de febrero, a las nueve y cuarto de la noche, todos los habitantes de la ciudad se convencieron [de] que la muerte es ineludible.” (62) y esa convicción es la que los lleva a “exprimir” la vida y a, irónicamente, expresar un ímpetu de vitalidad suicidándose:

En tal sentido, por lo menos, la población demostró una inventiva y una vitalidad admirables. Hubo suicidios de todas las especies, para todos los gustos; suicidios colectivos, en serie, al por mayor. Se fundaron sociedades anónimas de suicidas y sociedades de suicidas anónimos. Se abrieron escuelas preparatorias al suicidio, facultades que otorgaban título “de perfecto suicida”. Se dieron fiestas, banquetes, bailes de máscaras para morir. La emulación hizo que todo el mundo se ingeniase en hallar un suicido inédito, original. Una familia perfecta -una familia mejor organizada que un baúl “Innovation”- ordenó que la enterrasen viva, en un cajón donde cabían, con toda comodidad, las cuatro generaciones que la adornaban. Ochocientos suicidas, disfrazados de Lázaro, se zambulleron en el asfalto, […] Un “dandy”, después de transformar en ataúd la carrocería de su automóvil, entró en el cementerio, a ciento setenta kilómetros por hora, y al llegar ante la tumba de su querida se descerrajó cuatro tiros en la cabeza. (64)

En el relato hiperbolizado de estos acontecimientos, Girondo lleva todos los aspectos de la vida humana, desde los más frívolos hasta los más trascendentales, al ámbito de la muerte y no sólo a ella sino a su expresión más corporal y más ridícula. Al final, lo que se sugiere es la necesidad de evitar la propagación de algo que, voluntaria o involuntariamente, no podemos dejar de tener en cuenta a cada segundo: “el miasma de la certidumbre de la muerte” (65).

De manera recurrente me he preguntado de dónde nos viene esta obsesión suicida y lo único que he atinado a formular con un poco de coherencia es que quizás en la representación (cinematográfica o literaria) de este acto último y extremo de la voluntad es posible visualizar un ejercicio de la libertad, de reconocer la importancia de tener opciones, y sobre todo de ponerle un rostro, un peso y un nombre a la tentación y a la certidumbre de la muerte. Me gusta que, muchas veces, un acto tan soberbio (por definitivo y superior), sea representado mediante el juego, la exageración, la ridiculez o lo grotesco, no sólo porque lo despoja provisionalmente de su peso terrible sino porque nos permite hacer de su misterio algo manejable. Hoy por hoy la risa más revitalizadora es la que se ríe de lo que es importante.

Fuentes

Filloy, Juan. Op Oloop. Madrid: Siruela, 2006.

Girondo, Oliverio. Espantapájaros. (Al alcance de todos). Buenos Aires: Losada, 1990.

Labrador Ruiz, Enrique. El laberinto de sí mismo. New York: Senda Nueva de Ediciones, 1983.

Quiroga, Horacio. “Los buques suicidantes” en Cuentos de amor, de locura y de muerte. En http://lieber.com.ar/quiroga/losbuquessuicidantes.html


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