La especie autorretratista

Póster descargable, disponible gratis en el sitio web de la NASA.

Uno de los hechos más conmovedores e inestimables de la historia humana tuvo lugar, irónicamente, en una fecha hoy impregnada de cursilería y espíritu mercantil: un 14 de febrero, hace 30 años. En ese día de 1990, la sonda espacial Voyager 1 fotografió la Tierra desde la abrumadora distancia de unos 6 mil millones de kilómetros, gracias a una ingeniosa ocurrencia de último momento formulada por el célebre científico Carl Sagan. En la actualidad, esa fotografía se conoce con el nombre de “Pale Blue Dot —ese «punto azul pálido» resulta ser el planeta que habitamos—, y forma parte de la serie denominada “Family Portrait”, junto con los retratos de Venus, Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno —Marte y Mercurio no cupieron en la foto—. Tales fotos fueron las últimas imágenes capturadas por la Voyager 1 justo antes de clausurar para siempre su ojito mecánico y quedarse a oscuras, alejándose cada vez más y más de casa —ese punto azul pálido fue también su casa—, marchando con seguro paso de mulo en el abismo del misterio universal.

En un malabar algo atrevido, algo forzado, algo tramposo, valdría decir que “Pale Blue Dot” es una selfie. Me explico: al ser un invento humano, la Voyager 1 podría ser equiparada con una prótesis o una extensión de la humanidad, de nuestra especie pensada como un cuerpo colectivo; así, la sonda sería un tipo de prótesis robótica que flota en el espacio —un ojo celeste, una oreja estelar, un dedo sidéreo— y ensancha, con sus registros, nuestra consciencia de los límites del Universo conocido… La ensancha como nunca, nada, hasta el presente. Hoy la Voyager 1 es una suerte de bicho raro entre las estrellas, literalmente. Abandonó el Sistema Solar en 2013, y desde entonces se desliza por el espacio interestelar, abriéndose brecha con su estoicismo de artefacto habituado a la mayor y más rotunda de las soledades. A cuatro décadas de su lanzamiento, realizado en 1977, la Voyager 1 es el representante humano más apartado de la Tierra, pero cada día manda a casa la información que recolecta en su viaje sin retorno hacia los confines del misterio. Esta idea me parece de una belleza y una tristeza sin límites. Aunque lo de la soledad más rotunda puede matizarse, porque en las últimas fechas la Voyager 2 sigue “de cerca” a su hermana, y ambas van camino de la incertidumbre.

Como sabemos, la selfie es un autorretrato o una autofoto. Habitualmente ligamos este género al arte pictórico, desde el Humanismo y el Renacimiento hasta nuestros días, gracias al pincel de Miguel Ángel, Durero, Rembrandt, Fra Filippo Lippi, Sofonisba Anguissola, Velázquez y Goya, además de otras grandes figuras de todos los tiempos. En la Modernidad también lo ligamos a la literatura y, en especial, a la fotografía. Son famosos los autorretratos literarios de Cervantes, Montaigne, Kafka, Pessoa, Antonio y Manuel Machado, Borges, Rosario Castellanos y Nicanor Parra, entre numerosos escritores, así como los de Francesca Woodman, Herbert Bayer, Claude Cahun, Cindy Sherman y Arnulf Rainer, por mencionar un puñado de nombres clave de la fotografía. Por si alguien todavía no lo conoce, cito el fabuloso poema titulado Autorretrato, de Castellanos:

Yo soy una señora: tratamiento
arduo de conseguir, en mi caso, y más útil
para alternar con los demás que un título
extendido a mi nombre en cualquier academia.
Así, pues, luzco mi trofeo y repito:
yo soy una señora. Gorda o flaca
según las posiciones de los astros,
los ciclos glandulares
y otros fenómenos que no comprendo.
Rubia, si elijo una peluca rubia.
O morena, según la alternativa.
(En realidad, mi pelo encanece, encanece.)
Soy más o menos fea. Eso depende mucho
de la mano que aplica el maquillaje.
Mi apariencia ha cambiado a lo largo del tiempo
—aunque no tanto como dice Weininger
que cambia la apariencia del genio—. Soy mediocre.
Lo cual, por una parte, me exime de enemigos
y, por la otra, me da la devoción
de algún admirador y la amistad
de esos hombres que hablan por teléfono
y envían largas cartas de felicitación.
Que beben lentamente whisky sobre las rocas
y charlan de política y de literatura.
Amigas… hmmm… a veces, raras veces
y en muy pequeñas dosis.
En general, rehúyo los espejos.
Me dirían lo de siempre: que me visto muy mal
y que hago el ridículo
cuando pretendo coquetear con alguien.
Soy madre de Gabriel: ya usted sabe, ese niño
que un día se erigirá en juez inapelable
y que acaso, además, ejerza de verdugo.
Mientras tanto lo amo.
Escribo. Este poema. Y otros. Y otros.
Hablo desde una cátedra.
Colaboro en revistas de mi especialidad
y un día a la semana publico en un periódico.
Vivo enfrente del Bosque. Pero casi
nunca vuelvo los ojos para mirarlo. Y nunca
atravieso la calle que me separa de él
y paseo y respiro y acaricio
la corteza rugosa de los árboles.
Sé que es obligatorio escuchar música
pero la eludo con frecuencia. Sé
que es bueno ver pintura
pero no voy jamás a las exposiciones
ni al estreno teatral ni al cine-club.
Prefiero estar aquí, como ahora, leyendo
y, si apago la luz, pensando un rato
en musarañas y otros menesteres.
Sufro más bien por hábito, por herencia, por no
diferenciarme más de mis congéneres
que por causas concretas.
Sería feliz si yo supiera cómo.
Es decir, si me hubieran enseñado los gestos,
los parlamentos, las decoraciones.
En cambio me enseñaron a llorar. Pero el llanto
es en mí un mecanismo descompuesto
y no lloro en la cámara mortuoria
ni en la ocasión sublime ni frente a la catástrofe.
Lloro cuando se quema el arroz o cuando pierdo
el último recibo del impuesto predial.

También hay autorretrato en el cine (en el documental, para no ir más lejos) y en la escultura (Camille Claudel, Victorio Macho). Así mismo, algunos lo encuentran en la arquitectura, la danza y la música. Esta lista apresurada revela que, pese a no ser un género específicamente artístico, sino de la cultura o retórico —perteneciente a la retórica—, está en todas las artes; eso sí, es un género retórico dinámico, maleable y muy versátil.

De hecho, entre los rasgos notorios del autorretrato destaca su carácter proteico, o sea, su enorme capacidad para mudar de forma. A propósito de lo anterior, recordemos que el adjetivo proteico fue acuñado en honor de Proteo, el dios marino del antiguo orden helénico a quien era necesario asediar para que revelase su verdad profética. En su obra Motivos de Proteo, José Enrique Rodó, uno de los pilares del ensayo hispanoamericano, describió la “misteriosa virtud” de este dios camaleónico en los siguientes términos:

Cuando el Menelao homérico quiere saber por él el rumbo que deberá imprimir a sus naves; cuando el Aristeo de Virgilio va a pedirle el secreto del mal que consume sus abejas, Proteo recurre a la misteriosa virtud con que desorientaba a aquellos que le sorprendían. Ya se trocaba en fiero león, ya en ondulante y escamosa serpiente; ya, convertido en fuego, se alzaba como trémula llama; ahora era el árbol que levanta hasta la vecindad del cielo su cerviz, ahora el arroyo que suelta en rápida corriente sus ondas. Siempre inasible, siempre nuevo, recorría la infinitud de las apariencias sin fijar su esencia sutilísima en ninguna. Y por esta plasticidad infinita, siendo divinidad del mar, personificaba uno de los aspectos del mar: era la ola multiforme, huraña, incapaz de concreción ni reposo; la ola, que ya se rebela, ya acaricia; que unas veces arrulla, otras atruena; que tiene todas las volubilidades del impulso, todas las vaguedades del color, todas las modulaciones del sonido; que nunca sube ni cae de un modo igual, y que tomando y devolviendo al piélago el líquido que acopia, impone a la igualdad inerte la figura, el movimiento y el cambio (1918, s. p.).

Escudándome en la libertad ensayística, podría arriesgarme a decir —otro malabar— que el autorretrato, a semejanza del Proteo descrito por Rodó, también recorre «la infinitud de las apariencias sin fijar su esencia sutilísima en ninguna». Aunque conviene oponer un reparo a la elección de términos: por experiencia he aprendido que el debate de las relaciones entre la esencia (Idea) y la apariencia (fenómeno) es un berenjenal en donde, al menos a quienes no hicimos carrera en filosofía, nos conviene evitar meter el pie si no es forzoso… y aquí no lo es. Para los fines de este ensayo bastará señalar que, sin importar un triste rábano los méritos artísticos o técnicos del autorretratista, el autorretrato y su original jamás coincidirán plenamente, pues la “esencia” seguirá su camino vital, mientras que el autorretrato —el producto, lo producido— cuaja o se detiene en algún punto temporal, congelando en cierto modo una pequeña falange del Tiempo: congela una falange del presente que ha comenzado a esfumarse ya, con destino hacia el pasado; o una falange hipotética que se asoma al futuro, como en los autorretratos “premonitorios” (la muerte violenta e inminente de Alfonso Ponce de León, asesinado en 1936, sugerida en Accidente); o hasta una falange extirpada, que se emancipa relativamente del tiempo común y corriente para insertarse en un “tiempo otro”, como en los retratos alegórico o figurados (Claudel transfigurada en Medusa en Persée et la Gorgone, o encarnando a la Juventud en L´Âge mûr). Por supuesto, entre congelarle una falange o un manojo de instantes al Tiempo, por un lado, y, por el otro, aprehenderlo, inmovilizarlo, detenerlo, hay una distancia insalvable. Al final, todo intento de congelarlo de verdad está condenado al fracaso. Así lo advierte el poema de W. H. Auden titulado As I walked out one evening: «O let not Time deceive you, / you cannot conquer Time».

Alfonso Ponce de León, Accidente (1936).
Camille Claudel, Persée et la Gorgone (1902).

La historia del arte revela otro aspecto interesante: los autorretratistas suelen ser reincidentes, quizá debido a su consciencia de la inevitabilidad del fracaso. Algunos de ellos son reincidentes hasta el exhibicionismo, la locura o la obcecación: pensemos en Egon Schiele, Vincent van Gogh y Frida Kahlo, de entre una larga lista de pintores —¡ni hablemos ya de fotógrafos!— que fueron para sí su tema favorito. La fascinación autorretratista insiste en retar al Tiempo, pero la multiplicación de un Yo vivo en varios autorretratos producidos sólo confirma la incapacidad del género para fijar “esencias”. Por fortuna, en las adversidades también son posibles la indocilidad, el juego, la risa y otras expresiones vitales de rebeldía. Un caso estupendo es el de la fotógrafa Cindy Sherman, quien en sus 30 años de carrera artística ha sabido exasperar al público, a la crítica y hasta las fronteras genéricas del propio autorretrato con su llamativa escenificación de roles, su entusiasmo por el travestismo, su agudo sentido del humor y su espíritu contestatario, lúcido. Tales elementos campean en sus autorretratos conceptuales, teatrales, antibiográficos o ficticios, por llamarlos de alguna manera. La risa es capaz de dinamitar hasta el absurdo de nuestra existencia. Una de cal y otra de arena.

 

Autorretrato de Cindy Sherman.
Madonna, en la interpretación de Cindy Sherman.

La fascinación autorretratista no es patrimonio exclusivo de artistas y egocéntricos. Los humanos, como especie, somos autorretratistas reincidentes e irremediables. Debemos confesarlo: fuera de nosotros mismos, y de lo relacionado con nosotros, tenemos pocos temas de interés. Tal vez en el futuro la Voyager 1, o cualquier nueva “prótesis” que lancemos al espacio, nos descubra a un Otro extremo y las cosas cambien… para bien o para mal. Mientras tanto, nos embelesa contemplarnos desde todos los ángulos posibles.


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