La verdad de los insomnios (apuntes para hoy en la noche)

Cielo nocturno en Finlandia

O grim-lookt night! O night with hue so black!

O night, which ever art when day is not!

William Shakespeare, A Misdummer Night’s Dream, V.I

Siempre he pensado que es curiosa la manera en que vamos encontrando ­–o tal vez, mejor dicho, construyendo– nuestras afinidades, ya sea literarias, culturales o personales. ¿De dónde salen esos entendimientos espontáneos, esas notas de otros que resuenan dentro de nosotros de manera casi mágica y nos hacen sentirnos, por un momento, tantito menos solos?

Entre los autores que componen y dan estructura a mis armonías, uno de los más constantes es y ha sido Borges. He escuchado decir, de boca de quienes, a mi juicio, no buscan más que los reflectores de la contrariedad, que su poesía ‘no es tan buena como su narrativa’, que es fría ­–¿a qué rayos se refieren con eso?– y demasiado cerebral –¿con qué creen que se escribe la poesía, con el hígado?–, que se ha convertido en una figura que hay que cuestionar, una especie de vaca sagrada. No pretendo saber más que estas personas, ni negar que tengan a su modo un grano de razón, sólo quiero decir que todo esto no significa nada en realidad. 

Y es que a lxs autores una lxs lee, eso es todo. A Borges yo lo leo, lo he leído, he vuelto a él una y otra vez durante más de dos décadas para seguirme siempre encontrando. Desde que descubrí Ficciones en el cuarto de libros y juguetes de casa de mis abuelos y decidí que en todo sentido pertenezco al país que construyen esas historias. En pocas palabras, de aquí soy. 

Volviendo entonces a las afinidades, me parece que son en cierta medida cuestión de historia personal. Creo que me reconozco en Borges porque la pequeña yo, como el pequeño Georgie, creció leyendo las hazañas de Roland, de Sigurd, de Artur, y por eso siento un gozo casi físico (¿mariposas?) en la boca del estómago cuando leo en voz alta los nombres de Durendal, de Excalibur, de Gram. Así nos resonamos, nos reconocemos en los amores ajenos, en las búsquedas y las noches ajenas, y en este tono quiero hablar de uno de los momentos que reconozco más intensamente en Borges, así como junto a él en muchx otrxs: la noche. Esa noche que siempre es cuando no es de día. 

Buenos Aires de noche

“La noche es una fiesta larga y sola”[1] dice Georgie, y yo pienso en las noches que, después de la fiesta que es siempre la compañía, el insomnio me llega como una bendición de soledades para de nuevo descubrir que “en mi secreto corazón yo me justifico y ensalzo”[2]. Ese no hacer nada ­–ya sea callejero o, en tiempos recientes, más bien casero– que vive y se suelta por la variedad de la noche es, creo yo, el espacio más privado. 

Aunque el ir y venir de días sin marcas casi me arrebata mi cuerpo y sus percepciones, no ha logrado todavía quitarme la sorpresa de las noches. Y es que tan propia, tan mía es la noche que parece casi una lástima desperdiciarla durmiendo. 

Al final de “Libro de Ruth” la noche es para Owen la amplitud de no querer más, de no mentir más:

“Ya me hundo a buscarme en un te amé que quiso ser te amo,

donde se desenrolla un caracol atónito al descubrir el fondo salobre de sus ecos,

y los confesonarios desenredan mis arrepentimientos mentirosos.

Ya me voy con mi muerte de música a otra parte.

Ya no me vivo en ti. Mi noche es alta y mía.”[3]

Estos versos se dicen a veces como un respirar profundo, y una se reconoce también en esta noche en que la soledad es enorme y duele con un dolor que se disfruta por libre. 

En Shakespeare, otro nombre que Georgie me hace decir con mariposas en el estómago, la noche civil es más bien, frecuentemente, cobijo y cómplice; protectora de amantes y fugitivos. Es el tiempo de las hadas, el tiempo de la magia, de Puck y de la travesura. Aunque las noches de Nick Bottom y Booz sean tal vez opuestas en apariencia, en el fondo son ambas un paréntesis de libertad. 

Para San Juan de la Cruz, la noche “amable más que el alborada”[4] cobija otro tipo de amores, tal vez en esencia más cercanos a la noche privada de Borges, y seguramente, en algunos círculos contemporáneos, más estigmatizados, más tabú que los matrimonios prohibidos de Shakespeare: los amores del alma. Hay algo oscuro en estos amores místicos, algo incomprensible y fuera de control, y son por eso afines a las sombras de la noche. 

Quiero terminar estas muy incompletas notas recordando que alguna vez escuché decir que, si no tenemos horarios fijos, lo normal es que vayamos recorriendo inconscientemente nuestra hora de dormir, cada vez un poco más tarde. Creo que hacemos esto porque amamos la noche. Creo que yo lo hago porque amo la noche, porque como Borges, en estas noches mías y altas puedo decir “He sido y soy. (…) El agua sigue siendo grata en mi boca y el verso no me niega su música. Siento el pavor de la belleza; ¿quién se atreverá a condenarme si esta gran luna de mi soledad me perdona?”[5]


[1] Borges, Jorge Luis, “Casi Juicio Final” en Poesía Completa (Barcelona: Penguin Random House, 2011)

[2] ibid

[3] Gilberto Owen, “Libro de Ruth” en Obras (México D.F.: Fondo de Cultura Económica, 1979)

[4] San Juan de la Cruz, Noche Oscura del Alma (limovia.net, 2013)

[5] Borges, op. cit. 


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