Los caprichos de la memoria

La primera carta autobiográfica de Emma Reyes, pintora y escritora colombiana, la escribe un 28 de abril de 1969. Se encontraba, según cuenta, agitada por “las fricciones de la emoción” que le ocasionó la salida del poder de Charles de Gaulle quien tras perder un referéndum dimitió como presidente de la República Francesa.

¿Cómo se relaciona la salida de un presidente del poder con la decisión de una mujer de abrir la —tanto tiempo clausurada— caja de los recuerdos? Parece que la memoria funciona así, ajena a las lógicas de la linealidad. El salto de un recuerdo a otro se da sin necesidad de relación aparente. O mejor, se da sin tener la bondad dejarnos ver el hilo fino que conecta una vivencia con otra: un olor, una palabra, un gesto.

Clausurar un segmento de la propia vida puede ser también tomar aire para la recuperación. Algunos acontecimientos generan un asombro de amplitud indefinida. La estupefacción que impide incluso el grito y se parece más bien a ese suspiro múltiple e involuntario que tienen los niños después de haber llorado un montón.

Reyes aprendió a leer a los 18 años, al salir del convento en el que había vivido por casi una década. Describe así su asombro al reencontrarse con el exterior «todo era irreal porque nunca había visto un tren, un tranvía, un automóvil, te puedes figurar si uno no tiene una descripción de esas cosas» «todo lo que pasaba fuera del convento lo denominábamos el mundo[1]».

Germán Arciniegas, amigo cercano de Emma Reyes, le había pedido que le contara su infancia. La insistencia de Arciniegas debió haber sido mucha puesto que al parecer ella con frecuencia eludía el tema, le daba la vuelta. Fue así que entre 1969 y 1993 escribió un total de 23 cartas que ahora conforman el libro Memoria por correspondencia publicado originalmente por la editorial Laguna Libros en 2012 y declarado como libro del año en Colombia.

Sin título, Emma Reyes

En las cartas, Reyes cuenta fragmentos de su vida casi sin ninguna introducción. Sus descripciones lúcidas nos arrojan de lleno a momentos de tonalidades diversas de los que es muy difícil salir indemne. Así nos dice en su primera carta:

Tenía que ir detrás de la fábrica para vaciar la bacinilla que habíamos usado todos durante la noche. No había día en que no estuviera llena hasta el tope y los olores que salían de esa bacinilla eran tan nauseabundos que muchas veces yo vomitaba encima. Tenía que caminar casi sin respirar, con los ojos fijos sobre la caca, siguiendo su ritmo poseída del terror de derramarla (…); la apretaba fuertemente con las manos como si llevara un objeto precioso

A lo largo del párrafo la única referencia que hace a su emotividad es mencionar que aquel “era el peor momento del día”. No hace falta decir más, basta con imaginar a la niña en el intento de maximizar las capacidades del sentido de la vista y cancelar las del olfato. Los pequeños dedos haciendo esfuerzos para no dejar resbalar el contenedor.

En sus cartas Emma Reyes nos pone al alcance una mirada que selecciona con tremendo acierto los elementos que conformaron cada vivencia y nos los pone en frente sin prepararnos para el golpe.

Una peculiaridad interesantísima de esta obra epistolar se da en la narración de los años en el convento, puesto que al carecer de contacto con el exterior la imaginación infantil de Emma estaba alimentada por los relatos de las monjas acerca del demonio. La intención de las religiosas era, por supuesto, adoctrinar, pero para Emma estas historias fungían como macabros cuentos de buenas noches que luego ella iba aderezando durante el día:

“Del Diablo sabíamos todo, sabíamos más del Diablo que de Dios. Conocíamos todos sus trucos, todos los medios de los cuales se servía para hacernos caer en el pecado. El Infierno también lo conocíamos hasta su último rincón. Teníamos la impresión de que podríamos recorrerlo con los ojos cerrados, conocíamos cómo eran las pailas de aceite hirviendo donde el Diablo metía los pecadores desnudos y luego los sacaba y les quitaba la piel a pedacitos”

La autora parece estar en posibilidad de mantener intacto el recuerdo de su infancia. De este modo nos refiere los episodios con la naturalidad de quien los vive de nuevo y no de quien los juzga, los sopesa, los lamenta. A lo mejor la mirada es en un principio como una huella dactilar que —si no encontramos formas de resistencia— va perdiendo algunas peculiaridades con el paso del tiempo. Por otro lado, hay vivencias que horadan los muros que erige el tiempo y quizá por eso están ahí, siempre a la mano. Listas para salir al acecho a la menor oportunidad.

No obstante, ese rehacer el inventario de sus vivencias le cuesta y se queja con Arciniegas de este modo “Mi cabeza es como un cuarto lleno de trastos viejos donde no se sabe más lo que hay ni en qué estado. Si no tuviera en mente el premio de ir con sus mercedes a Rusia, te juro que no seguiría”.

Deslumbrado por la escritura de Reyes, Arciniegas le enseña las cartas a García Márquez e intenta entregarle la favorable impresión de éste a Emma como una forma de halagarla y animarla a continuar. Pero las prioridades de la pintora se orientaban en otra dirección y tomó esto como una indiscreción por parte de su amigo. Una ofensa a la confidencia, ese tesoro sagradísimo. Tras aquello la correspondencia se detuvo por más de veinte años.

Por suerte, en 1997 algo —esta vez no sabemos qué— la lleva a escribir la última larga carta, un encuentro en ente ella y el exterior, ambos cargados de novedad: “Antes de ponerme en marcha hacia el mundo me di cuenta que ya hacía mucho tiempo que yo ya no era una niña”.

Al final Emma Reyes consintió que las cartas se convirtieran en Memoria por correspondencia y expresó siempre su deseo de que las regalías del libro beneficiaran a la Fundación Hogar San Mauricio que acoge a niños y niñas colombianas.


[1] Reyes, E. (2012). Memoria por correspondencia. Bogotá: Laguna Editores.


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