Por los corazones anormales

y la humanidad siguió impasible refugiada bajo el alba,

invulnerable como el alba,

pálida como el alba, 

indemne como el alba.

Blas de Otero, “Indemne”
The anatomy of a heart, engraving, 1686

Al inicio de esta realidad temerosa y (esperamos­) provisional que ahora amenaza con ahogarnos, cuando todavía parecía que sería todo cosa de tener cuidado un par de meses, escuché decir que se veía venir una crisis de proporciones similares a las de la causada por la Segunda Guerra Mundial. Por supuesto, no lo creí. Sigo esperando, porque no me queda de otra, que de un momento a otro me salgan con que ya tenemos vacuna, que es cuestión de unas pocas semanas, que ya se ve venir la vida que vuelve. Pero queda claro que se tardará un ratito más. 

Es obvio ya que sí, que el mundo está cambiando a fuerza de sufrimiento (¿no es así como cambia siempre?) y que, más allá de la obviedad, hay en esta situación ganadores y perdedores, y que éstos son los mismos de siempre. En cada tragedia, en cada fin del mundo, antes de que el nuevo empiece a respirar, están siempre quienes desde lejos nos hacen morir, nos dejan vivir sólo si conviene a sus intereses, nos mueven de un lado a otro como granitos de arena para construir sus castillos… y esto es normal. 

Al inicio de la Segunda Guerra Mundial, según se dice, sentado en un bar gay de Nueva York, uno de mis anormales favoritos, el dulce y doloroso Wystan Hugh Auden, escribió uno de los poemas más dulces y dolorosos que se han escrito: “September 1 1939”. Cabe mencionar que el modesto y lúcido Wystan pasó mucho tiempo arrepintiéndose de dicho poema por considerarlo indulgente hacia sí mismo y hacia lxs lectores, y a pesar de mi amor inquebrantable por el poema, me temo que es posible que tuviera razón. 

Antes de hablar de esto quiero exponer una idea muy poco popular que tal vez resulte ofensiva para algunxs. Por la ofensa, me disculpo; no es ésa mi intención. Pero no por lo que voy a decir.

Entre las muchas discusiones que he tenido acerca de si una tiene o no hijxs, hay uno de mis argumentos que suele causar más molestia que todos los demás. Que el mundo es terrible y sería cruel tener descendencia ahora, que estamos sobrepoblados, que no tengo dinero o simplemente no se me antoja, todo eso es más o menos aceptado sin demasiado enojo. Que las crías se tienen por puro egoísmo, no tanto. Que las mencionadas crías nos hacen –si es posible– más egoístas aún, eso ya suele llevar al insulto hacia mi persona y el fin abrupto de la discusión. Pero no hay manera de negarlo.

Claro que nuestro universo cultural está lleno de bonitas historias en las que alguien se esfuerza y mejora su propia vida por sus hijxs, o renuncia a placeres destructivos por ellxs, o incluso sacrifica sus propias aspiraciones para buscar el bienestar de sus indefensxs cachorritxs. ¿Dónde está el egoísmo? preguntarán ustedes. Parece que desapareció. Pero. Pero. 

Consideremos por un momento el dilema del tranvía: va un tranvía derechito a matar a mil personas, si lo desviamos mata a una. Parece que, aunque duela, tiene sentido asumir la culpa de matar a una persona para salvar a mil. Pero ¿y si esa persona fuera mi hijx? Estoy segura de que todxs dejaríamos morir a lxs otrxs mil. Es difícil buscar el bien común cuando se tiene descendencia. 

Claro que, y aquí es donde intento redimirme de la ofensa incluyéndome como la primera de lxs pecadores, esto aplica para la gente que amamos en general. Olvida a lxs hijxs, si mi madre, mi hermana, mi padre, mi hermano, cualquiera de mis sobrinxs o mis amigxs estuviera ahí, yo dejo morir a mil. No estoy orgullosa. Pero. Pero. 

Voy a argumentar que con lxs hijxs, la cosa se pone peor. Somos responsables de esos seres indefensos e ignorantes, bolitas de carne adorables e inútiles que hemos traído sin preguntar a este mundo horrible de tranvías y peligros. Somos responsables de ellxs y creemos que el egoísmo, cuando se trata de ellxs, es nuestra obligación. Las cosas se vuelven muy confusas cuando la gente hace todo ·por sus hijxs”. 

Bueno pero, ¿no estábamos hablando de Auden y la pandemia? Sí, perdón. Denme chance, que todo va a tener sentido en un momento. 

Más allá de sentir profundamente la guerra, Wystan la entiende. En “September 1 1939”, se para al borde de la hecatombe y toma una radiografía de la humanidad. El resultado, por supuesto, sigue siendo tan preciso que asusta.

El poema inicia con el poeta, sentado en un bar indefinido –“uncertain and afraid” [inseguro y asustado]– que observa cómo 

52nd Street, New York, circa 1948. William P. Gottlieb

As the clever hopes expire

Of a low dishonest decade:

Waves of anger and fear

Circulate over the bright

And darkened lands of the earth,

Obsessing our private lives

[Mientras la aguda esperanza muere

De una década baja y deshonesta

Olas de enojo y miedo

Circulan sobre las brillantes

Y oscurecidas tierras del mundo,

Obsesionando nuestras vidas privadas][1]

Enojo y miedo son la norma de estos días, inevitables ante la impotencia, y aunque Auden parece hablar de la guerra que se cierne sobre su realidad, en el fondo habla de nosotros y de cómo nos hacemos daño. Y claro que nos hacemos daño; esto, como el poeta mismo dice, lo saben hasta los niños. Que la corrupción es la norma y la injusticia, “imperialism’s face and the international wrong” [la cara del imperialismo y el daño internacional][2], eso es obvio. Lo que es más difícil de aceptar, aunque en el fondo lo sabemos también, es nuestra condición de niñxs asustadxs, perdidxs en el bosque, que no han sido nunca felices ni buenxs. Y aquí me detengo un poco, pidiendo de nuevo disculpas por la probable ofensa de mi moralidad imposible y pesimista. Ojo, por la ofensa, no por la certeza, porque la verdad aunque ofende nunca peca: no somos buenos. 

 Todos los días hay quejas y reclamos dirigidos a lxs poderosxs, a quienes deciden el curso de nuestra suerte, a quienes abren y cierran las puertas, salvan o condenan a miles. Siempre tenemos algo qué decir y siempre tendemos a callar la verdad más difícil: “there is no such as the State and no one exists alone” [no es real eso que llamamos Estado y nadie existe solo][3]. Esto me hace pensar un poco en David Mitchell y su Sonmi 451, mesiánica y honesta, dándonos la clave para la salvación: “Our lives are not our own. From womb to tomb we are bound to others, past and present, and by each crime and every kindness, we birth our future” [Nuestras vidas no nos pertenecen. Del vientre a la tumba estamos atados a otros, pasados y presentes, y con cada crimen y todas las bondades, parimos nuestro futuro][4]. Tiene mucha verdad Mitchell en estas palabras, pero hay algo tal vez que, siendo padre, no puede ver tan claramente como Auden en su soledad de haber decidido ser siempre “the more loving one” [el que ama más][5]: las vidas de lxs nuestrxs tampoco nos pertenecen. Buscar un futuro brillante para lxs nuestrxs no es suficiente, es lo mismo que hace Bezos, Elon Musk, Carlos Slim. Querer para sus hijxs lo que los hijxs de otros no tienen… ¿qué padre/madre no quiere esto?

El corazón normal, dice Auden, busca ser amado de manera individual, y en este amor individual está nuestra perdición. 

Quiero hacer un pequeño aparte para mencionar una de las veces que Auden ha sido citado, en el contexto de otra pandemia, para hablar del egoísmo que nos mata. Larry Kramer, recientemente fallecido, profundamente admirado y extrañado, cuenta en su obra The Normal Heart [6]–adaptada hermosamente para cine por Ryan Murphy– cómo un enjambre de egoísmos abruma la constelación de los justos más o menos alrededor de 1984, cuando el virus del SIDA hizo su explosiva aparición en las calles de la misma Nueva York que recorriera Auden. En ese momento, como ahora, vino la muerte de la mano de los corazones normales. 

He dicho ya que me considero la primera de las pecadoras, ahora lo repito: hablo desde mi propio egoísmo que defiende el bienestar de mi gente por encima de todo. Desde este pecado me queda claro que así no vamos a sobrevivir. En medio de la enfermedad que se nutre de la injusticia, que a su vez se nutre de la contingencia, una se queda pensando en lo que significa decir con Auden –y con Jesucristo, de hecho– “we must love one another or die” [debemos amarnos unxs a otrxs o morir][7].

Debemos amarnos (usar cubrebocas) o morir. Fácil. Pero también, 

Debemos amarnos (dejar de comprar en Amazon) o morir. 

Debemos amarnos (pagar contingencia a empleadxs) o morir. 

Debemos amarnos (dejar de consumir productos de la explotación) o morir. 

Debemos amarnos (sacrificar la comodidad y seguridad de lxs nuestrxs a favor de la colectividad) o morir. 

Las luces irónicas de lxs justxs, quienes dicen cosas incómodas y necesarias, los corazones anormales y poco populares siguen por ahí sugiriendo, tal vez, quitar un juguete al hijo propio para dar un pan al hijo de nadie. Quiero creer que a veces, al menos por un rato, me uno a ellxs, aunque luego vuelva a envolverme en mi normalidad. Por ahora, me quedo con esta voz ajena “to undo the folded lie, the romantic lie in the brain of the sensual man-in-the-street” [para deshacer los dobleces de mentiras, la mentira romántica en la mente del sensual hombre-de-la-calle][8] y repito, hasta que nos cansemos de escuchar, hasta que el hartazgo se vuelva fuego, “hunger allows no choice to the citizen or the police; we must love one another or die” [el hambre no deja opción al ciudadano o al policía; debemos amarnos unxs a otrxs o morir]. Y a modo de reiterativa disculpa y redención, dejo aquí los últimos versos de “September 1 1939”, junto con mi esperanza.

Defenceless under the night

Our world in stupor lies;

Yet, dotted everywhere,

Ironic points of light

Flash out wherever the Just

Exchange their messages:

May I, composed like them

Of Eros and of dust,

Beleaguered by the same

Negation and despair,

Show an affirming flame.

[Indefenso bajo la noche

El mundo yace en estupor;

Pero, salpicados en todas partes,

Irónicos puntos de luz

Brillan donde lxs Justxs

Intercambian sus mensajes:

Ojalá que yo, igual que ellxs

Hecha de Eros y polvo, 

Atormentada por la misma

Negación y desesperanza,

Muestre una llama reafirmante][9]


[1] W.H. Auden, “Semptember 1 1939” in Another Time (Random House: New York, 1940) 

[2] ibid

[3] ibid

[4] David Mitchell, Cloud Atlas (Random House: New York, 2004)

[5]  How should we like it were stars to burn

  With a passion for us we could not return?

  If equal affection cannot be,

  Let the more loving one be me.

 [¿Nos gustaría que los astros ardieran

  De pasión por nosotros sin corresponderla?

  Si el afecto no puede ser igual,

  Quiero ser yo el que ame más.] 

W. H. Auden, “The More Loving One” en Homage to Clio (Random House: New York, 1960)

[6] Larry Kramer, The Normal Heart (Plume: New York, 1985)

[7] Auden, op. cit.

[8] ibid

[9] ibid


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