Apuntes vagos sobre mundos distópicos. I. Vigilancia

1984Quizás una de las cualidades más extraordinarias de la mente humana sea la de imaginar: crear imágenes o representaciones mentales de espacios, tiempos, sucesos, objetos, seres vivos, etc., que no encuentran su correspondiente existencia en eso que llamamos mundo “real”. Desde la prehistoria, la humanidad ha configurado su relación con el entorno a través de un ejercicio imaginativo que ha expresado miedos, dudas, incertidumbres y creencias a través de imágenes muy diversas que no necesariamente implican un “reflejo” de la realidad, sino la generación de mundos posibles o expresiones simbólicas de sus conflictos. Viajes a la luna, metamorfosis, personajes quiméricos, diálogos entre vivos y muertos, pugnas entre humanos y dioses, son sólo algunas de las manifestaciones milenarias de ese gran poder imaginativo.

Desde hace poco más de un siglo, la imaginación literaria y cinematográfica ha expresado con cada vez mayor insistencia una preocupación respecto al destino de la humanidad que ha encontrado su mejor símbolo en la distopía, es decir, en la configuración de mundos no ideales, ubicados en un futuro no siempre tan lejano y donde las condiciones de vida humana suelen ser hostiles, ya sea por estar sujetas a regímenes autoritarios tiránicos e hipertecnologizados o por representar estadios postapocalípticos donde la organización social se ve alterada o condicionada de manera radical por factores que en el presente resultan extraordinarios, improbables o imposibles.

Mucho se ha dicho ya sobre las distopías, sobre el origen de la palabra y las obras más emblemáticas de la literatura y el cine del siglo XX que de algún modo recrean este tipo de universos; incluso hay quienes se han dado a la tarea de documentar cuáles han sido las “predicciones distópicas” que la literatura ha anticipado y finalmente encontraron su cumplimiento en nuestro cotidiano, por ejemplo el proyecto “Dystopia Tracker”. Pero en estos apuntes sólo me interesa recuperar algunas de las preocupaciones y encrucijadas éticas que se perfilan como las más acuciantes desde los imaginarios distópicos en el cine y la literatura.

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En 1949, George Orwell publica la que sería quizás una de las novelas más influyentes en cuanto a configuración de mundos distópicos hasta la fecha: 1984. Lo que entonces habría de causar conmoción por las poderosas imágenes de un gobierno omnipresente y opresor, armado con las más sofisticadas herramientas de vigilancia, ahora se visualiza como una necesidad para sentirnos seguros en el día a día. Las patrullas voladoras, los ojos del Gran Hermano siguiéndonos a todo sitio, las pantallas capaces de registrar cualquier sonido, palabra o susurro emitido por un ser humano, diseñadas por Orwell como reguladoras de la vida en Oceanía, no nos resultan ya tan extraordinarios si los comparamos con los actuales drones, cámaras de vigilancia y las múltiples funciones de registro de datos, audio e imagen que incluye prácticamente cualquier dispositivo móvil reciente. Tampoco nos son ajenos la Ginebra de la Victoria y los Cigarrillos de la Victoria, consumidos por los personajes de 1984 y que de inmediato proporcionaban una sensación de alivio y felicidad, si pensamos en las drogas legales o ilegales, o incluso prescritas, que consumimos a diario y gracias a las cuales sobrellevamos el vértigo y la misera de nuestra contemporaneidad.

Tal vez la principal diferencia entre las sociedades actuales y las ficticias (y las no ficticias también, claro), donde los gobiernos se erigían como los vigilantes por excelencia de los ciudadanos, con el fin de mantener el control y el poder, es que ahora la vigilancia también se reconoce como una necesidad o una garantía de la seguridad; además de que las herramientas, los dispositivos y el almacenamiento del registro de nuestra vida cotidiana han ido quedando, paulatinamente, en manos de empresas privadas.

onisciente portada Algunas de las implicaciones de estos cambios se exponen de manera bastante sugerente en Omnisciente, serie brasileña de televisión dirigida por Pedro Aguilera y apenas estrenada en enero de este año en la plataforma Netflix. La premisa es la presentación de una ciudad donde ya existe por lo menos una generación de habitantes que ha nacido y crecido bajo la protección de Omnisciente, un sofisticado programa de vigilancia que consiste en la asignación de un mini dron (semejante en tamaño y forma a un mosquito) a cada habitante de la ciudad y que registra absolutamente todas sus actividades las 24 horas del día, todos los días del año, por toda su vida. Los drones, además de hacer un registro audiovisual de cada individuo en todo momento, están programados para verificar ritmo cardíaco, presión arterial, sudoración excesiva, signos de nerviosismo y, desde luego, movimientos o gestos inusuales que pudieran delatar la comisión de un delito. En caso de esto último, los drones activan una alarma que permite localizar y capturar a los criminales en flagrancia. La infalibilidad de Omnisciente apenas es puesta en duda, hasta que se comete un crimen y la alarma sencillamente no se activa.

Lo curioso de este sistema de vigilancia y la razón por la que ha sido aceptada su implementación en esa ciudad, es que ningún ser humano tiene acceso a las imágenes captadas por los drones, sino que toda la información es procesada y manipulada desde una central de inteligencia artificial a través de algoritmos. Esta condición sustenta el eslogan de la empresa: Omnisciente no es privacidad a cambio de seguridad, sino privacidad y seguridad al mismo tiempo. Pero más allá del asesinato que marca la pauta en el desarrollo de la primera temporada, la vida bajo el cuidado de Omnisciente presenta otros conflictos, pues hay un choque entre quienes han vivido desde siempre al amparo del proyecto y quienes habitan fuera de la ciudad y se sienten en extremo incómodos con que les siga un dron en cuanto atraviesan las puertas del territorio amparado por Omnisciente.

Una vez más, la propuesta de la ciudad perfecta, limpia, ordenada, segura, con mínimos índices de criminalidad, empieza a mostrar su revés, no por la típica falla en el sistema, sino por la implacable veta de malignidad inherente al ser humano, en este caso traducida al “qué pasaría si todas esas imágenes de la vida privada dejaran de ser un algoritmo sólo asequible por una inteligencia artificial y pudieran ofrecer, a ojos humanos, el trayecto vital casi completo de un individuo desde su nacimiento…”. Este es quizá el problema más inmediato, pero el cuestionamiento implícito es en qué momento hubo consenso suficiente como para que la gran mayoría aceptara que cada segundo de su vida fuera registrado por una cámara a cambio de la invaluable y cada vez más extraña experiencia de sentirse seguro.


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