Una extraña nota sobre la escucha

Si reparamos en los discursos de nuestro entorno, notaremos que para un elevado número de gente hablar de razón equivale, sin más, a hablar de razón lógica. En su horizonte de comprensión, no hay ni puede haber razón de otro tipo. De manera muy significativa, en el vocabulario diario de esa gente suelen saltar con frecuencia términos como objetividad, verdad, certeza, falso, real, mentira, etc., y éstos a menudo van tomados del brazo de un leve o nada leve tono de incontestabilidad. Y, claro, es comprensible: si alguien clava el frío agujero de su pupila en la nuestra y nos certifica, objetivamente, que nuestras ideas son erróneas, o que real y positivamente la hemos cagado al hacer tal cosa… por más segurxs que seamos o estemos nos asaltará la sensación, al menos por unos segundos, de estar frente a unx heraldo del Mundo de las Esencias, cuyo Mensaje Absoluto ha transformado en láminas de hojaldre nuestras humildes explicaciones o razones de criaturillas falibles embutidas en la incertidumbre del devenir. Los múltiples puntos de vista sobre algún asunto quedan reducidos a dos: el correcto-verdadero y el nuestro. ¿Cómo dialogar en semejante escenario? No nos resta sino callarnos.

         Aunque resulte curioso, la tendencia a identificar razón con razón lógica puede advertirse también entre personas no partidarias del cientificismo, e inclusive entre su detractorxs. En el ámbito de la creación artística, en ocasiones éstxs, movidxs por un loable espíritu rebelde e inconformista, se lanzan a una vehemente defensa de la “irracionalidad”, concebida como opuesta a la razón… a la razón lógica, cabe entender aquí. No obstante, si miramos con detenimiento esa pretendida irracionalidad, casi siempre hallaremos solo otra forma de la razón: eso sí, una razón no lógica. Tal vez habría que poner sobre la mesa de debate si lxs humanxs estamos capacitadxs para aprehender o captar la irracionalidad, es decir, si somos física y psíquicamente aptxs para procesar lo irracional, lo informe, lo indeterminado. Me inclino a creer que no, porque toda experiencia posible para nosotrxs es ya, de un modo u otro, una construcción… Antes de mandar información a nuestra consciencia, el ojo le da forma a lo que ve; el oído, a lo que oye; el tacto, a lo que toca… y así. Recordemos que la mente, a diferencia del cerebro o el corazón, no es un órgano, sino la función integradora de nuestros procesos de pensar, sentir, desear. Antes de tropezarme y caer en mi propia trampa, explicito: no lo enuncio como heraldo del Mundo de las Esencias, sino como criatura falible arrojada al vertiginoso devenir universal. Registro que soy apenas un punto axiológico más del Cosmos.

         Pero esta extraña nota no trata sobre mí, sino trata sobre música; mejor dicho, un tipo peculiar de ésta: la música experimental, ubicada en la frontera entre el sonido artístico y el natural, irreflexivo o automático. Una de las razones por las cuales me atrae tanto es su racionalidad no lógica, o no necesariamente lógica. Quien no esté familiarizadx con esta música, en sus primeros contactos con ella puede experimentar confusión, incomodidad, risa, malestar o hasta miedo y turbación. Igual puede no sentir más que tedio. Para otras personas, como yo, hay piezas que detonan preguntas, enrarecen lo conocido, dislocan las reglas, trastocan los órdenes y u ofrecen un divertido repertorio de acciones inesperadas. Después de todo, no es música hecha para bailar o disfrutar o entretenerse… es para escuchar. Para quien tenga tiempo y ánimo, comparto una selección que hice de música experimental (AVISO: es una hora):

         Una de las obras más relevantes e impactantes en el horizonte del pensamiento sobre la música es Traité des objets musicaux: Essai interdisciplines, publicado por Pierre Schaeffer (París, Éditions du Seuil, 1966), creador de la “música concreta”. Esta obra está integrada por siete libros, de los cuales me interesa ahora el segundo, dedicado al oír/escuchar.

         El libro inicia con las distinciones entre las acepciones de oír o escuchar registradas en los diccionarios. Posteriormente, Schaeffer se detiene a comentar los matices entre cuatro variantes de la escucha, dispuestas en una suerte de itinerario que lleva desde de la simple percepción hacia la construcción del sentido:

  • Ouïr o el acto percibir mediante el oído. Como señala el autor, nuestro mundo es un mundo sonoro o de sonido. El silencio es la excepción… hay ruido hasta en los paisajes más callados. Un detalle curioso es que a veces representamos el silencio mediante el sonido de los grillos.
  • Écouter o escuchar. A diferencia del simple hecho de percibir un sonido, como el de un coche, podemos reconocer el ruido del motor de un vehículo que avanza hacia nosotrxs mientras pretendemos cruzar la calle, lo cual (espero) nos hará tomar medidas precautorias para no ser arrolladxs. Se trata de una escucha utilitaria.
  • Entendre u oír. En esta variante podría afirmarse que ya nos hacemos preguntas, nos interesamos activamente por aquello que oímos e intentamos elucidar si nos gusta o nos repele, si nos recuerda algo, y hasta hacemos valoraciones o lo describimos: si caótico, dulce, estridente, etc. Se relaciona con nuestros conocimientos previos y con nuestros intereses.
  • Comprendre o entender es más compleja de las variantes registradas por Schaeffer. En ella entran en juego nuestras concepciones de mundo, nuestro manejo de significados abstractos y, potencialmente, la comprensión de lenguajes sonoros.

Las reflexiones de Schaeffer ganan peso cuando las relaciona con los modos de la escucha, que para el autor vienen en pares: natural y cultural, por un lado, y ordinaria y especializada, por el otro. Lo solos nombres ya nos dan pistas de por dónde va la argumentación.

         Escribo esta breve para compartir con quien la lea las posibilidades de experimentación que nos ofrece al universo de la música experimental, tan abundante en racionalidad no necesariamente lógica, y muchas veces definitivamente extraña. El sonido de una moneda al chocar contra el suelo puede volverse parte de una propuesta musical que incumple los criterios tradicionales de aquello que solemos llamar música. No obstante, nos hace reparar en ese significante alejado de su significado, porque han desaparecido la moneda, el suelo y el choque entre ambos… Para cerrar esta extraña nota con una extraña cita de una extraña película, diré que escuchar música experimental puede ser como visitar el Club Silencio, en donde una impresionante Rebekah del Rio interpreta su propia interpretación (playback) de “Crying”, de Roy Orbison, traducida al castellano: “No hay banda! There is no band! Il n’est pas de orquestra! This is all… a tape-recording. No hay banda! And yet we hear a band”.

 


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