Apuntes vagos sobre mundos distópicos. II. Sobrepoblación.

animal-2883_1920Según Adrián Curiel, en “Utopías y distopías” (2018), la distopía atiende a dos principios fundamentales:

En primer lugar, una distopía debe referirse en última instancia al poder y sus complejos entramados. En segundo, debe aludir a las circunstancias histórico-sociales desde donde el lector o el espectador contempla la obra distópica, a pesar de que ésta presente en apariencia un mundo por completo ajeno a los referentes extralingüísticos. En definitiva, en cuanto producto de ficción, la distopía ensaya una pintura parcial del futuro a partir de una crítica de elementos reconocibles del presente que proyecta hacia una sociedad imaginativamente materializada. Sociedad alterna que al final resulta ser una metáfora de la sociedad efectiva, sea como un espacio autosuficiente o como una pieza más del engranaje de la aldea global.

Si seguimos esta lógica veremos que sí, que uno de los grandes problemas expresados a través de los mundos distópicos es el del ejercicio de poder, sobre todo a través de la representación de tiranías, dictaduras y gobiernos totalitarios; lo cual no es de extrañar si echamos un rápido vistazo al turbulento siglo XX, sus políticas gubernamentales en distintas latitudes del planeta y que bien pueden sintetizarse en la consigna del Partido hegemónico de 1984: “La guerra es la paz. La libertad es la esclavitud. La ignorancia es la fuerza”.

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A la par con este ejercicio de poder, otro de los problemas que con mayor frecuencia se han expresado en la configuración de distopías es el del crecimiento exponencial de la población mundial o, en otros casos, la amenaza con la desaparición de la humanidad causada por el deterioro irreversible de la salud por falta de alimento y agua, contaminación, pandemias o hábitos nocivos que a lo largo de generaciones han ido degradando la salud de los seres humanos.

Uno de los ejemplos más tempranos en esta línea es Eugenia de Eduardo Urzaiz, publicada en 1919 con el subtítulo de Esbozo novelesco de costumbres futuras. La novela tiene lugar en Villautopía de la América Central, en el año 2218, y describe una sociedad donde la reproducción humana se da a través de una minuciosa selección de hombres y mujeres aptos genética, física y emocionalmente, para engendrar otros humanos; esto implica que quienes no sean considerados aptos son esterilizados desde la juventud. Una nota curiosa en este orden es que la gestación se lleva a cabo en hombres que han sido sometidos a un proceso de “feminización”, de tal forma que sus cuerpos son capaces de albergar, en la cavidad peritoneal, el óvulo fecundado que habría de convertirse en feto. También es de llamar la atención que esta sociedad no se sustenta ya en el núcleo familiar heterosexual sino en grupos de amigos y amigas, cuya convivencia se funda en sus afinidades; este modelo de organización remite un poco a las más recientes noticias de grupos de amigas/os que están creando pequeñas colonias de casas aledañas para envejecer juntos.

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Un siglo después y con una población mundial superior a los 7 mil millones, la preocupación se ha ido al otro extremo, a la exploración de las consecuencias de la sobrepoblación y, sobre todo, a imaginar qué sucederá en un futuro no tan lejano cuando esta situación se vuelva insostenible. La constante en la exploración de este problema se decanta por la urgente necesidad de regular o más bien disminuir los índices de natalidad, así como por la convicción de que quienes ya han nacido tienen la obligación de luchar por conservar lo poco que queda y mejorarlo para el futuro. Sin embargo, como todo proyecto nacido de las buenas intenciones, en algún punto terminará mostrando un revés no siempre favorable y sí muchas veces, perverso.

¿Qué le pasó a Lunes? (Netflix, 2017, dir. Tommy Wirkola) resulta un interesante acercamiento al problema y recuerda, por razones obvias, a la política de un solo hijo implementada en China a finales de los setenta. El filme se ubica en el año 2073, en que se ha vuelto urgente la aplicación estricta de la ley de un solo hijo y los hermanos menores, cuando los hay, son sometidos a un proceso de criogenización, supuestamente para ser “despertados” cuando el mundo sea más hospitalario y habitable. De más está decir que este proyecto ideal no tiene nada de utópico y que, una vez más, el gobierno en turno se lucirá por sus sórdidas estrategias de control y coerción.Lunes

La constante, como apuntaba Curiel, no deja de ser aún el ejercicio del poder a manos de unos cuantos y sus retorcidas estrategias de dominio que tienden a exhibir y potenciar la mezquindad humana. Estrenada en 2011 (Netflix), 3% puede ser un ejemplo representativo de lo anterior. Esta serie, dirigida también por Pedro Aguilera (Omnisciente, Netflix, 2020), se ubica en una sociedad brasileña distópica, donde la gran mayoría de la población vive en condiciones infrahumanas y sólo unos cuantos, los mejores, tienen acceso al “Mar Alto”, una isla paradisiaca, perfecta, con recursos naturales suficientes y un esquema de vida ejemplar.3-NETFLIX

Cada año, las autoridades del “Mar Alto” realizan el “Proceso”, una competencia en la que participan las/los jóvenes del continente y de entre quienes se seleccionará apenas un 3% para habitar en adelante en el “Mar alto”, previa esterilización. Desde luego, esta competencia será despiadada, a veces violenta, y como es típico en estas encrucijadas, tenderá a sacar a la luz lo peor de los seres humanos. La desigualdad social entre el continente y el “Mar Alto” es obscena y esto será también una pauta para la rebelión, la intriga, la traición e irónicamente, para impulsar intentos por crear un mundo mejor.

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Lejos de estas luchas por la igualdad y el acceso a recursos básicos para la sobrevivencia, la serie francesa Ad Vitam (Netflix, 2018, dir. Thomas Cailley y Manuel Schapira) ofrece una faceta mucho más sofisticada, y retorcida agregaría yo, del problema. Sucede que la humanidad ha logrado el cumplimiento de uno de sus sueños más antiguos: la fuente de la eterna juventud. A través de un programa de regeneración, los individuos pueden vivir cientos de años conservando el mismo aspecto físico que cuando empezaron su tratamiento. La primera temporada se centra en Darius Asram (Yvan Attal), un policía de 119 años que, con ayuda de una chica de 24, Christa Novak (Garance Marillier), intenta resolver el suicidio colectivo de varios jóvenes.

ad vitamLa creencia, muy acendrada, de que quienes han nacido ya tienen, sólo por eso, el derecho de ocupar un lugar en este mundo y la autoridad para decidir que nadie más nazca en él si es necesario, es uno de los conflictos que sustenta la trama de esta serie, pues durante la investigación de los protagonistas, se está a punto de votar a favor y por mayoría, por la no reproducción; incluso, en boca de uno de los personajes secundarios, escuchamos que en esta sociedad “no necesitamos más niños”.

La perpetuación de la vida en condiciones físicas óptimas no es, como habría de esperarse, el sueño hecho realidad. Primero, porque no todos son aptos para someterse al proceso de regeneración. Segundo, porque hay quienes juzgan intolerable la perpetuación de la vida más allá de sus ciclos naturales y se entregan al envejecimiento con un aire de estoicismo y a la muerte como en un trance espiritual. Tercero, porque entre los jóvenes hay una resistencia a este sistema y, al parecer, una creencia cada vez más genuina de que la muerte es más deseable que la vida en esas condiciones “ideales” (de ahí las oleadas de jóvenes suicidas).

Pero hay un trasfondo todavía más inquietante en esta historia y es, por una parte, el hecho de que ya haya personas que no han experimentado la pérdida de un ser querido, es decir, que empieza a haber un total desconocimiento de lo que la muerte es y por lo tanto, una percepción por completo distinta de la temporalidad del trayecto vital. Por otra parte, tampoco hay ya una vivencia de la vejez (los individuos que se resisten a la regeneración son los menos), ni una visualización de los estragos del tiempo en el cuerpo, lo cual desemboca en una nueva forma de espectáculo para las élites: forzar cuerpos jóvenes, contenidos en piscinas gigantes semejantes a acuarios, a envejecer en unos cuantos minutos. Esta imagen de la transformación radical de un cuerpo joven en uno avejentado ofrece un recordatorio de por qué es importante la regeneración y, lo más truculento, una suerte de satisfacción personal al ver en el otro las miserias de las que uno no será parte.

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Hacia el final de “Utopías y distopías”, Curiel Rivera apunta dice que

Quizás aquí se encuentre el meollo de la cuestión: si la distopía, como señala Lyman Tower Sargent, es al fin y al cabo una jeremiada de raíces judeo-cristianas, una desgarradora lamentación de dolor por lo mal que se porta el hombre, por su proceder erróneo que merece un castigo de Dios (o del Líder, del Gran Hermano, del Todopoderoso Vigía de la Corporación), la utopía de la distopía en que se ha instalado nuestra época, ese regodearse en una negrura existencial y tecnológica que sólo amenaza con extender su manto, parece interminable. Por eso el distopista, Jeremías y frustrado profeta literario de la posmodernidad, no encuentra razones para acallar su prédica.

Y sin embargo, no es sólo lamentación y regodeo en lo terrible lo que encontramos en esta configuración de mundos distópicos; ni tampoco la sola formulación metafórica de las atrocidades que atraviesan los órdenes sociales contemporáneos. Creo que ante todo la distopía ha venido perfilando posibilidades para el futuro, a veces a modo de advertencia, como para prevenirnos de nuestra propia malignidad; y otras con la franca certeza de que todavía quedan pequeños resquicios por donde la bondad y el sentido común podrían imponerse en pro de nuestra salvación. Vista así, la distopía tal vez represente una de las expresiones más esperanzadoras respecto al destino de la humanidad, pues qué hay de mayor optimismo que la creencia en que el futuro todavía es posible.


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