Literatura y tiempos de crisis

El mundo está viviendo una crisis generalizada que, más bien, son varias en simultáneo: crisis sanitaria, crisis económica, crisis política, crisis de violencia de género, crisis ambiental, crisis de inseguridad, crisis educativa, etc… Hace cuatro años, la Organización de las Naciones Unidas afirmaba: “[e]l mundo se encuentra en un punto crítico. Estamos presenciando el nivel más alto de sufrimiento humano desde la Segunda Guerra Mundial”[1], y por ello convocó la I Cumbre Humanitaria Mundial, que se celebró en Estambul los días 23 y 24 de mayo de 2016. En este 2020 cabría repensar aquella afirmación… Hoy los países en crisis no son la excepción, sino la norma.

Pero esta nota no va del sufrimiento del mundo, ni pretende entristecer o acongojar a su posible lectorx. Me interesa, en cambio, dedicar algunos párrafos a comentar el posible lugar que, en el marco de esa crisis mundial generalizada, puede ocupar el arte verbal. En nuestros días las humanidades y las artes son consideradas, tanto por los Gobiernos como por gran parte de la gente de a pie, áreas prescindibles de la actividad humana. Quienes estudiamos literatura y quienes se dedican a ella como creadorxs nos enfrentamos una y otra vez a la pregunta, casi siempre maliciosamente formulada, por la utilidad de las artes y, de manera particular, del arte verbal: ¿Para qué sirve la literatura? ¿Qué función tiene? ¿Puede aportarle algo útil al ser humano?

A lo largo de la historia, las respuestas a tales preguntas y otras más han sido muy variadas: la literatura sirve para deleitar, sirve para educar, sirve para ambas cosas; sirve para purificar y liberar el espíritu; sirve para defender causas sociales, para reivindicar a grupos marginales, para dar voz a los silenciados, para visibilizar a las minorías; para denunciar injusticias, para defender posturas ideológicas; o bien, no sirve absolutamente para nada. Simplificando un poco las cosas, cabría agrupar esas funciones en tres: entretener, ilustrar y dar pie a la reflexión.

En el nivel más simple o básico, la literatura nos entretiene y nos pone en contacto con otras personas. Así ha sido desde que lxs primerxs humanxs se reunían en torno al fuego para contarse cuentos, anécdotas y relatos. Y sigue siendo así: a lxs niñxs les leemos o contamos cuentos antes de dormir, y nosotrxs agarramos un libro para conjurar el aburrimiento de la fila en el banco, o la soledad de una tarde en confinamiento voluntario. En el plano colectivo, nos entretiene junto con otrxs si asistimos, de manera presencial o remota, a círculos de lectura o recitales poéticos. En estos tiempos de pandemia, la literatura ha demostrado su enorme capacidad para adaptarse a las circunstancias, y ha sacado provecho de las tecnologías. Pensemos, por ejemplo, en la cantidad de personas que se han dado a la tarea de crear podcast o videos para compartir su lectura de obras literarias clásicas o contemporáneas. La literatura nos vincula.

En un nivel algo más complejo, la literatura puede potenciar u orientar nuestra educación. Leyendo aprendemos sobre hechos, lugares y personajes antes desconocidos para nosotrxs, así como sobre curiosidades y particularidades del mundo y su gente. De un modo u otro, y con mayor o menor gracia según el caso, la identidad cultural de lxs habitantes de un tiempo y un espacio dados se expresa a través de su literatura. A través de ella podemos entrar en contacto con formas de pensar, sentir, amar y vivir distintas de las nuestras, lo cual puede resultar en un amplio abanico de reacciones: el enfrentamiento velado, la franca oposición, la adaptación selectiva, la apropiación, la negación, etc. También puede hacernos más sensibles a la situación de lxs demás.

En un nivel todavía más complejo, la literatura puede entenderse como una búsqueda, y por lo tanto nos permite la reflexión sobre nosotrxs, lxs humanxs. No sobra recordar aquí que hoy contamos como arte verbal los mitos o relatos cosmogónicos de diversas culturas, cuya función probablemente fue darle sentido a nuestra existencia y al mundo. En la literatura quedan plasmadas las respuestas que un sinfín de gente emplazada en los más diversos puntos espaciotemporales ha dado a las grandes preguntas de la humanidad. Estas respuestas ensanchan y modifican nuestra imaginación, que como ha explicado a detalle María Noel Lapoujade en su libro Filosofía de la imaginación, es una función primordial de nuestra especie, y tiñe toda forma de actividad mental posible para nosotrxs.

En lo personal, me inclino a pensar que la literatura tiene una utilidad muy concreta, aunque nada utilitaria: es una expresión o una manifestación privilegiada de la imaginación humana que reflexiona sobre sí misma y sobre lo que ha sido su trayecto vital, desde la Prehistoria hasta la actualidad. En este sentido, la literatura es un fenómeno simbólico que simboliza o representa la vida –es, pues, un símbolo de símbolos–, pero con un grado de libertad impropio de otros fenómenos simbólicos, como podrían ser la ciencia o la religión. El discurso literario es libre de mirar hacia el pasado, hacia el presente y hacia el futuro, inclusive a un futuro distante e improbable, para elaborar las formas estéticas que, como sostiene Luis Beltrán Almería, “sintetizan las diferentes experiencias que han dejado una huella tan profunda en los registros de la humanidad que la memoria debe condensarlas en forma estética para no perder un instrumento trascendental con el que seguir acometiendo los inciertos destinos del género humano” (113).

Bibliografía

Beltrán Almería, Luis. “El viaje como categoría estética”, en Palabras de viaje. Estética y hermenéutica del viaje. Coords. Luis Beltrán Almería e Ignacio Duque García. Bellcaire d’Empordá: Edicions Vitel-la, 2007, pp. 101-113.

[1] http://www.un.org/es/conf/whs/index.shtml


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