Apuntes vagos sobre mundos distópicos III. Otra fuente de la eterna juventud

Fuente de la eterna juventud, Lucas Cranach el Viejo (1546).*

Vencer al tiempo es quizás uno de los empeños humanos con mayores representaciones a lo largo de los siglos, en especial el que se concentra en vencer el paso del tiempo sobre el propio cuerpo. Revestida siempre de un carácter mágico y misterioso, la lucha entre el tiempo vital individual y el implacable peso del tiempo eterno, había encontrado en parajes míticos y fuentes de aguas maravillosas el escenario idóneo para ofrecer una alternativa al horror que nos genera, no la muerte en sí, sino el envejecimiento. Pareciera que la paulatina falibilidad del cuerpo, la memoria y la razón humanas fuera inadmisible en un ser que se ha creído, desde siempre, todopoderoso, y que antes que rendirse al deterioro natural de sus cualidades físicas ha optado por imaginar, buscar e inventar medios para permanecer eternamente joven.

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En el capítulo XXIII del tercer libro de Historia (430 a. C.) de Heródoto de Halicarnaso encontramos una curiosa revelación respecto al secreto de la larga vida de los etíopes:

Viendo entonces el rey cuanto admiraban los exploradores una vida de tan largos años, los condujo él mismo a ver una fuente muy singular, cuya agua pondrá al que se bañe en ella más empapado y reluciente que si se untara con el aceite más exquisito, y hará despedir de su húmedo cuerpo un olor de viola finísimo y delicado. Acerca de esta rara fuente referían después los enviados ser de agua tan ligera que nada sufría que sobrenadase en ella, ni madera de especie alguna, ni otra cosa más leve que la madera, pues lo mismo era echar algo en ella, fuese lo que fuese, que irse a fondo al momento.

Según la narración, los etíopes alcanzaban hasta los 120 años o más y esto se debía a una alimentación basada en carne y leche fresca y, en especial, al poder rejuvenecedor de esta fuente singular.

Más allá de esta referencia, las imágenes de la fuente de la eterna juventud han proliferado en distintas tradiciones con algunas variantes no sólo en la línea literaria, sino también en la pictórica y en el último siglo, en la cinematográfica. Entre las representaciones pictóricas más sugerentes de esta mítica fuente se encuentran, desde luego, la del Bosco en el Jardín de las delicias (1500-1505) y la de Lucas Cranach el Viejo (1546).Jardín de las delicias. Bosco

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Aunque la búsqueda sigue siendo la misma (contrarrestar o anular los estragos del tiempo sobre el cuerpo) los medios para lograrlo han cambiado significativamente en el último siglo y medio. Los avances en la ciencia y la medicina han suplantado los poderes mágicos inexplicables de una mítica fuente por una fe, a veces muy ciega, en las capacidades humanas. A través de la clásica empresa de jugar a ser dios, se ha configurado un sinfín de personajes y argumentos que, al menos de manera provisional y gracias a los avances científicos, logran prolongar la vida, curar por completo o contrarrestar los síntomas de muchas enfermedades, e incluso, aspirar a la vida eterna. Desde luego que este juego rara vez culmina en un final feliz, pues la obstinación humana por agenciarse un sitio de superioridad respecto a la naturaleza suele ofrecer un revés por demás contraproducente; como si un cierto orden universal quisiera mostrarnos, cuantas veces sea necesario, cuál es nuestra justa medida.

Advantageous portadaEn este orden de ideas recupero un terrible y hermoso filme de 2015, Advantageous (dir. Jennifer Phang, escrita por Phang y Jacqueline Kim), ubicado en un futuro presumiblemente no tan lejano, donde la sobrepoblación y la tecnología avanzan de manera vertiginosa. Aunque se trata de una pieza de ciencia ficción y por momentos podemos ver ciertos aspectos de la vida cotidiana atravesados por artefactos tecnológicos sofisticados, naves que sobrevuelan la ciudad y disparan contra los edificios, y en general, un escenario citadino hipertecnologizado, lo cierto es que esos elementos permanecen más bien como el telón de fondo de conflictos mucho más humanos.

El filme gira en torno a Gwen Koh (Jacqueline Kim), una hermosa mujer que empieza a padecer las dificultades para conseguir trabajo e ingresos estables en una sociedad que tiende a desechar a las mujeres que ya no son tan jóvenes y en la que la competencia por hacerse de un lugar en las instituciones educativas sólo puede ser ganada por una juventud privilegiada y con recursos económicos elevados. Gwen, además, es madre soltera y el acceso a la educación de su hija Jules (Samantha Kim) se ve amenazado por la falta de empleo. La única solución para Gwen será someterse a un complejo procedimiento que se encuentra en fase experimental y consiste en extraer la conciencia de un individuo e implantarla en un cuerpo nuevo, joven, elegible por catálogo.

Gwen y JulesComo decía antes, en un segundo plano quedan el escenario futurista y sus conflictos. Más bien, el tono pausado e intimista de la película se sustenta en la relación estrecha entre madre e hija, en sus pequeños rituales de convivencia cotidiana, en el temor de una niña que empieza a dimensionar los obstáculos que tendrá que sortear en el mundo que le ha tocado habitar y en la lucha interna de una madre empeñada en agotar todos sus recursos para aspirar a una mejor vida. Las escenas más poderosas no se centran en las naves voladoras, los rascacielos o los sofisticados procedimientos para el trasplante de conciencia, sino en las mínimas cosas que significan el contacto entre los personajes: miradas, suspiros, sollozos ajenos escuchados a través de las paredes, música compartida, recuerdos.

Una vez que Gwen ha cambiado de cuerpo y se posiciona como la imagen de la empresa que está ofreciendo estos peculiares servicios de suplantación de cuerpos, el conflicto en su vida privada adquiere otros matices. Por principio el hecho de que su hija no logre asimilar que en ese cuerpo joven, perfecto, se encuentra su madre; además de que el procedimiento trae secuelas no siempre fáciles de sobrellevar, como pérdida de la memoria, dolores físicos recurrentes y la dependencia a una sustancia que debe ser inyectada con regularidad. En esta nueva etapa, madre e hija enfrentarán este nuevo orden con frustración y dolor, pero también asumiendo a plenitud las consecuencias de una decisión tomada en consenso.

Lo sugerente de Advantageous no es tanto la delirante versión contemporánea de una nueva fuente de la eterna juventud, ni tampoco la implícita advertencia sobre los posibles horrores que el camino de la ciencia y la tecnología pueden conllevar en nuestros empeños por prolongar la vida evitando la vejez y la enfermedad, sino el sutil recordatorio de los mínimos detalles a través de los cuales, tecnologías aparte, aún podemos reconocernos como humanos: las lágrimas, las caricias, el vibrar de las palabras en la voz, las manos al estrecharse, la complicidad en ciertas miradas. Al final es como si los años de vida, muchos o pocos, el aspecto físico y la salud, sólo pudieran ser dotados de un sentido significativo cuando nos reconocemos en el otro a través de nuestros cuerpos falibles y en permanente deterioro, es decir, apelando a nuestra finitud.


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