Escribir la muerte

"Muerte y vida", Klimt

Como misterio, ruptura, fatalidad, transición o metamorfosis hacia otro estadio, la muerte ha sido representada como esa figura incomprensible, muchas veces abstracta, que genera lo mismo temor que fascinación. Desde las famosas Coplas por la muerte de su padre (1476 aprox.) de Jorge Manrique hasta la Décima muerte (1941) de Xavier Villaurrutia, la poesía en lengua castellana se ha pronunciado frente a la muerte para nombrarla, intentar explicarla o por lo menos hacerla menos turbia, un poco más tolerable, a través de las palabras.

Más allá de los muchos diálogos explícitos e implícitos con la muerte, donde la angustia o el reclamo se colocan en un campo minado de dudas (¿por qué, hay algo después, para qué la vida entonces, etc.?), está la escritura que se pronuncia desde el ser testigos directos de una vida truncada y desde el padecimiento más hondo de una ausencia, en adelante, permanente. Aquí, la muerte no es la protagonista, sino el dolor, la incomprensión, la perplejidad de quienes continúan vivos y poco entienden de los caminos de la muerte.

En esta vertiente recuerdo Oscura palabra (1964) de José Carlos Becerra, poemario dedicado a su madre y donde lo primero que se destaca es cómo la muerte no se limita a la persona fallecida, sino que lo mina todo cubriendo los objetos, las tardes, la lluvia y los recuerdos con un pertinaz polvo de ausencia que desata, implacable, las preguntas:

“Y ahora, me digo yo abriendo tu ropero, mirando tus vestidos;

¿ahora qué les voy a decir a las rosas que te gustaban tanto

qué le voy a decir a tu cuarto, mamá?

¿Qué les voy a decir a tus cosas, si no puedo

pasarles la mano suavemente y hablarles en voz baja?” (Becerra 64)

Las preguntas, ya sea fincadas en lo cotidiano o elevadas metafóricamente al centro del misterio, son tal vez la lucha más encarnizada que debe enfrentar quien mira a la muerte llevarse a sus vivos. En “Si me puedes mirar” (1962), Olga Orozco suelta las interrogantes sin poner mesura a la abismal incomprensión que atraviesa a la criatura desamparada y huérfana que se duele en el poema:

“Madre, madre, ¿quién separa tu sangre de la mía?,

¿qué es eso que se rompe como una cuerda tensa golpeando las entrañas?,

¿qué gran planeta aciago deja caer su sombra sobre todos los años de mi vida?

[…]

¿Dónde buscar ahora la llave sepultada de mis días?

¿A quién interrogar por el indescifrable misterio de mis huesos?

¿Quién me oirá si no me oyes?

Y nadie me responde. Y tengo miedo” (Orozco 45)

Pero lo único que se obtiene por respuesta es la soledad tremenda de quien se mira huérfano, desorientado en medio de una vida empeñada en continuar; están también la ruptura, el silencio, aquello en lo que nos transformamos los vivos cuando atestiguamos tan de primera mano el fin definitivo de quien alguna vez fue. En este trance suele haber invocación al ser ausente, a veces como súplica, otras como despedida, o como recreación de una última alianza o un último desarraigo entre una dimensión y otra. El poema de Becerra concluye así, asumiendo con la muerte de la madre una infancia ya perdida, reconociendo el desconocimiento de ella y de sí mismo:

“madre, madre

 

nada nos une ahora, más que tu muerte,

tu inmensa fotografía como una noche en el pecho,

el único retrato tuyo que tengo ahora es esta oscuridad,

tu única voz es el silencio de tantas voces juntas, […]

 

a solas como el mar que rodea al naufragio

hemos de contemplarnos tú y yo,

nada nos une ahora, sólo ese silencio,

único cordón umbilical tendido sobre la noche

como un alimento imposible,

y por allí me desatas para otro silencio,

en las afueras de estas palabras,

nada nos tiene ahora reunidos, nada nos separa ahora,

ni mi edad ni ninguna otra distancia,

y tampoco soy el niño que tú quisiste,

no pactamos ni convenimos nada,

nuestras melancolías gemelas no caminaban tomadas de la mano,

pero desde lejos algunas veces se volvían a mirarse

y entonces sonreían,

 

ahora un poco de flores para mí

de las que te llevan

también en mí hay algo tuyo a lo que deberían llevarle flores

ese algo es el niño que fui,

ya nada nos une a los tres,

a ti, a mí, a ese niño.” (Becerra 67-68)

En el poema de Orozco lo que prevalece hacia el final es una suerte de esperanza en que aun en el más allá todavía es posible el contacto con la madre, como si algo de ella pudiera permanecer en el ser huérfano para dar consuelo de alguna manera. Quien habla e invoca se imagina algunas rutas posibles de la permanencia, como si así la muerte pudiera palparse un poco menos contundente:

Entonces, ¿dónde estás?, ¿quién te impide venir?

Yo sé que si pudieras acariciarías mi cabeza de huérfana.

Y sin embargo, sé también que no puedes seguir siendo tú sola,

alguien que persevera en su propia memoria,

la embalsamada a cuyo alrededor giran como los cuervos unos pobres jirones de [luto que alimenta.

Y aunque cumplas la terrible condena de no poder estar cuando te llamo,

sin duda en algún lado organizas de nuevo a la familia,

o me ordenas las sombras,

o cortas esos ramos de escarcha que bordan tu regazo para dejarlos a mi lado [cualquier día,

o tratas de coser con un hilo infinito la gran lastimadura de mi corazón.” (Orozco 45)

Si ante la muerte del padre o la madre el padecimiento se forja como una suerte de regreso a la condición de fragilidad y constante sorpresa frente a las cosas del mundo que nos caracteriza en la infancia, la muerte de un hijo se enuncia desde la vivencia de algo muy tangible, de un cuerpo desgarrado y roto; desde un dolor impronunciable, como bien lo refiere Piedad Bonnett en Lo que no tiene nombre, una especie de bitácora de duelo a raíz del suicidio de su hijo Daniel y en el que la escritura se impone como una forma de cuestionamiento. Si bien no se trata propiamente de una obra poética, la veta lírica se filtra a cada momento en el doloroso discurrir de una madre que a costa de mucho esfuerzo intenta comprender la decisión radical del hijo. Como decía, el dolor se sitúa antes que nada en el cuerpo:

Tomo notas, me observo. Ahora sé que el dolor del alma se siente primero en el cuerpo. Que puede nacer de improviso, en forma de un repentino desaliento, de un aleteo en el estómago, de náusea, de temblor en las rodillas, de una sensación de ahogo en la garganta. O simplemente de lágrimas calientes que acuden sin llamarlas. (Bonnett s/p)

Debe ser porque el vínculo con ese ser que se ha engendrado, nutrido al interior del cuerpo y parido nunca abandona del todo su relación corpórea con la madre, que la voz materna que ha perdido al hijo se mira en la muerte como si estuviera experimentando otro parto. En “Simiente” (2004), poemario de Esther Seligson también escrito a propósito del suicidio del hijo, leemos:

Tus ojos eran sólo plegaria

tu mirar un rezo ardiente

me dejabas en la carne

un mensaje a descifrar de por vida

mientras tu mano rápida leve

se extendía ala premonitoria

para alcanzar no sé qué invisible

corcel esperándote en el aire

más allá de la ventana

 

Cristal de luz se me rajó el alma

y tu cuerpo volando astilla

cómo no se abrió la tierra urna

para hundirnos ambos aliento de agua

desnudados de dolor y de materia

cómo vine a quedar tan huérfana de ti

en este otro parto. (Seligson 178).

Además de la corporalidad dolorosa por medio de la cual se expresa el duelo, hay una tendencia o más bien una necesidad de por lo menos intentar nombrar la muerte a través de la escritura, como para hacerla un poco más manejable o para reducir la impronta terrible con la que nos marca. Por eso, supongo, desde hace tantos siglos nos empeñamos en poner la muerte en palabras, en colocarle máscaras o disfraces, en reírnos de ella y con ella, en reclamarle por todo el dolor y todas las preguntas, porque como dice Bonnett citando a Millás el poder de la escritura reside en que «abre y cauteriza al mismo tiempo las heridas».

Fuentes

Becerra, José Carlos. “Oscura palabra” en El otoño recorre las islas. México: ERA, SEP, 1985.

Bonnett, Piedad. Lo que no tiene nombre. Colombia: Alfaguara, 2013.

Orozco, Olga. “Si me puedes mirar” en Eclipses y fulgores. Antología con prólogo de Pere Gimferrer. Barcelona: Lumen, 1998.

Seligson, Esther. Negro es su rostro. Simiente. México: FCE, 2010.


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