The sacred geometry of chance o las verdades que nos soñamos

O fortuna,

Velut luna,

Statu variabilis.

Fortuna Imperatrix Mundi, Anónimo

Beloved, gaze in thine own heart,

The holy tree is growing there

The Two Trees, W. B. Yeats.

Estos últimos meses he estado abusando de las redes sociales. Creo que no soy la única que ha caído en esto, después de todo las opciones de socializar en el mundo real se han reducido mayúsculamente y, aunque las llamadas y video llamadas ayudan, quienes estamos acostumbradxs al contacto social diario a veces recurrimos a espacios que tal vez no resulten del todo productivos para sustituirlo. 

No quiero hablar ni bien ni mal de las redes sociales, de hecho, no quiero hablar de ellas para nada; mi punto al mencionarlas es comentar una tendencia que he estado viendo crecer entre mis conocidxs: estamos volviendo a la astrología. Al principio pensé que se trataba de un fenómeno anclado en el sarcasmo, una especie de broma colectiva por parte de ciertos grupos sociales que se precian de su racionalismo y alto nivel educativo. Poco a poco me fui dando cuenta de que no. 

Astrology Clock at Venice

Ojo, no pretendo emitir un juicio acerca de la credibilidad de los informes astrológicos ni refutar el hecho de que, según mi signo, parece que soy una especie de femme fatal villana maquiavélica obsesionada con el sexo. Mi intención es más bien pensar un poco en las razones detrás de esta creciente tendencia, para llegar a la posible conclusión de que, como siempre y desde siempre, la vida es incierta y lxs humanxs queremos encontrar en ella patrones, líneas que den sentido al disparate de información y posibilidades que nos topamos cada que abrimos los ojos. Y esto sí que me resulta comprensible. 

No quiero ser irrespetuosa, aunque sí me parece hasta cierto punto contradictorio –y chistoso, la verdad– que grupos en los que a veces he sido malmirada por declararme creyente en el sentido más personal, últimamente enloquezcan en un frenesí esotérico/astrológico. Lo que pasa es que simplemente la astrología a mí no me hace sentido. La idea de que algo tan aleatorio como mi fecha y hora de nacimiento puedan influir en aspectos precisos de mi vida futura me parece francamente irrespetuosa, especialmente porque me deja fuera de la ecuación. Perdóname Walter Mercado, te quiero mucho. 

Lo anterior, sin embargo, no quiere decir que me encuentre libre de pecado en esto de la irracionalidad. Ya dije que soy creyente, por convicción y decisión, y un poco por amor al misterio; este mismo amor al misterio me hace más bien inclinarme, en cuestiones de destinos posibles, por el tarot. Y tampoco es que sepa tanto al respecto, es más bien que amo la idea de que esos símbolos tan usados, tan tocados por tanta humanidad, puedan alinearse y cobrar nuevos sentidos sólo para mí, a través de mí, y contar una historia cada vez diferente, cada vez mía. 

El Loco, baraja Visconti-Sforza

Siempre he tratado los libros de esa manera también: un exnovio me decía, reclamando como si fuera un defecto inconcebible, “es que tú te crees que eres un personaje de los libros que lees” y yo pensaba, ¿no es eso lo que hacemos todos? y si no lo hacen lxs demás, ¿para qué leen?

No sé yo para qué leen los demás, pero sé que algunxs leemos (no estoy sola en esto, estoy segura) y en nuestras reacciones a lo leído, las historias que nosostrxs mismxs formamos, conocemos nuestro rostro. En la sombra del otro, siempre, pero también, más de cerca, en nuestros ojos mirando esa sombra. 

Estas dos maneras de hilvanar sentidos, los libros y las cartas, se hacen una El Último Amor en Constantinopla, novela-tarot publicada en 1998 por el serbio Milorad Pavic[1]. Mundialmente famoso por su novela-léxicon Diccionario Jázaro[2], Pavic destaca en su afán de interactuar con el lector. Unx no puede simplemente sentarse a leerlo: hay que construir junto con él la historia que nos vamos a contar y, si lo hacemos con paciencia y amor, tal vez tengamos al final algo más que el relato a cuatro manos, diferente cada vez. 

 El Último Amor en Constantinopla es, según se explica en el subtítulo, una ‘novela tarot para la adivinación’. A modo de prefacio, el autor incluye un texto –sacado supuestamente de una enciclopedia, pero eso nos podemos permitir dudarlo un poco– explicando brevemente los Arcanos Mayores o El Gran Secreto y su importancia en la historia de la adivinación. Inmediatamente ofrece lo que él llama “claves del Gran Secreto para señoras de ambos sexos”, haciendo un guiño hacia la sensibilidad femenina tradicionalmente esotérica (parece tan hermosamente acertado que, si se quiere conocer las claves del Gran Secreto, hay que ser una señora) y blandiendo la no binariedad que seguido se asoma en sus obras, y procede a la escritura de estas claves que conforman los capítulos de la novela, si se quiere ver como tal. El libro cuenta la historia de dos familias, los Opujic y los Tenecki, enredando sus destinos en el tiempo de las guerras napoleónicas. Sofronije Opujic, como muchos de los personajes masculinos de Pavic, es un hombre-niño “con una sonrisa ajena y femenina”[3] (y constante priapismo, para regocijo de las señoras) que parece flotar sobre la guerra en la que se encuentra, a la vez, tan en casa. Su carta es el Loco, el centro y el cero, que sin saber quién es y buscando a su padre, se encuentra enamorado de la Luna, la hermosa Jerisena Tenecki que teme caerse en sueños y huele a melocotones. Al menos esta es una de las historias que yo me cuento. 

Por supuesto, una novela-tarot no tiene sentido a menos que se use para la adivinación, y pensando en esto se incluyen tanto las veintidós cartas que representan los Arcanos Mayores como las instrucciones para realizar lo que él llama Las Aperturas del Tarot: La Cruz Mágica, La Gran Tríada, La Cruz Celta. 

Cada lectura se vuelve entonces personal y mágica, y la historia que cuenta deja de ser la de Jerisena y Sofronije para convertirse más bien en la tuya, la mía; el hambre pequeña aúlla tal vez bajo tu corazón como un deseo sin satisfacer, y yo noto de pronto que en mi soledad alguien más está solx. 

Si es Pavic el que, con su segundo cuerpo, cuenta mi historia o si soy yo quien da sentido a los fragmentos de realidad que me presta, supongo que no importa. Tal vez prefiero creer más bien en un misterio que nos cuenta a lxs dos dentro de la misma historia. 

En línea con este misterio, y con especial agradecimiento a Philip Pullman por la referencia, quisiera hablar finalmente de otro punto de acceso a la historia que puede o no ser verdad, puede o no ser futuro/presente de quien (se) la cuenta: el myriorama. 

Myriorama

Originalmente, se trata de un juego educativo: un set de cartas con dibujos que, acomodados de diferentes maneras, pueden contar infinidad de historias. Similar tal vez a la baraja gitana rusa, que cobra sentido según las imágenes se formen sobre la mesa, el myriorama sugiere símbolos, futuros y lugares lejanos. La idea de usarlo en la adivinación es de Pullman en The Secret Commonwealth[4], y suena casi demasiado lógica. Como si, disfrazada de juego para niñxs, existiera una puerta entreabierta a lo desconocido, lo posible. 

Volviendo un poco al inicio, y dado que nada sabemos de cierto, es posible aceptar que, como Sofronije, a veces en sueños nos soltamos a nosotrxs mismxs. Que nos parecemos a nuestra abuela materna y nuestro padre. Que estamos buscando siempre un cambio sustancial, pero lo ocultamos. 

Y “porque el rostro del hombre respira –aspira y espira– continuamente el tiempo”[5], yo me voy mejor a seguir contándome mi futuro (¿mi presente?) con palabras y con imágenes, y les dejo por acá modestamente estas dos maneras de soñarse que a lo mejor no conocían, por ver nada más si se asoman. Ya ven que así de revoltosxs somos lxs escorpios. 


[1] Milorad Pavic, El Último Amor en Constantinopla (Akal: Madrid, 2000)

[2] Milorad Pavic, Diccionario Jázaro (Anagrama; Barcelona, 1989)

[3] Pavic, El Último Amor en Constantinopla 

[4] Philip Pullman The Secret Commonwealth (Penguin: London, 2019)

[5] Pavic El Último Amor en Constantinopla


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