Para hacer el retrato de una lectura

En todos mis años de vida nunca he logrado comprender qué hace que algunas cosas se queden adheridas a la memoria y otras se pierdan. Lo único que sé es que gran cantidad de veces aquello escapa a la voluntad, o al menos a la voluntad explícita y superficial, una voluntad al alcance de la mano.

Cuando estaba en tercero de primaria leí un texto que ahora sé que se llama Para hacer el retrato de un pájaro de la autoría de Jaques Prévert. Adjunto aquí la evidencia de que existió:

Español lectura (1988) Secretaría de Educación Pública

En la escuela la lectura era sobre todo una actividad mecánica. Había, por ejemplo, concursos en los que ganaba quien leía más rápido sin equivocarse ni trabarse con las palabras. Todavía recuerdo las primeras líneas de una lectura con la que llegué a la final de la competencia: «El día tiene veinticuatro horas. Cada hora tiene sesenta minutos, cada minuto tiene sesenta segundos…» la moraleja era algo así como que había que aprovechar el tiempo y portarse bien.

Leíamos, pero nunca hablábamos sobre nuestras impresiones acerca de la lectura o de si había alguien, una persona, que había escrito aquello que nosotros repetíamos en voz alta. Los nombres de los autores (hombres en su mayoría) junto al título o al final de la página eran ignorados, al punto de que se nos pedía en las prácticas de lectura coral (?) limitarnos al texto en cuestión y omitir el nombre.

Yo entendía las metáforas (no con ese nombre) en las canciones que escuchaba mi madre. Sabía, por ejemplo, a qué se refería José José cuando decía fui gorrión que se quedó preso en tu jaula. Pero las canciones eran algo cercano, eran promesas de grandes amores que (según) yo viviría en el futuro, cuando fuera mayor, tuviera tarjetas de crédito y usara tacones. Eran historias que escuchaba desde el asiento trasero del auto y que me permitían hilar oraciones del tipo qué ganas de no verte nunca más o cada parte de ti tiene forma ideal. Frases que no me tocaba decir todavía y que yo, al cantarlas,  ostentaba como inapropiados pero lujosos collares de cuentas.

A diferencia de las canciones, los textos eran un objeto de generación si no espontánea, por lo menos anónima. Las letras distribuidas en la pagina no tenían nada que ver con nosotros ni con nuestra realidad de sándwiches por cinco pesos y refrescos pau-pau de uva. Ya ni hablar acerca de una intención creadora, de una posibilidad a nuestro alcance de también escribir/decir cosas.

Descubrí el texto de Prévert una tarde y de contrabando. Es un lugar común eso de leer como forma de desobediencia, (si esto fuera un hilo de twitter alguien podría escribir: “ojo aquí @esdemamador”) pero las maestras solían ser muy estrictas con eso de que no había que adelantarse en los temas de la clase. Yo me adelantaba por varias razones que no incluían la rebeldía, virtud que nunca he tenido.

Para empezar, mi casa estaba llena de lectores y de libros, pero había pocos ejemplares para personas de mi edad. También porque leer era lo único que más o menos sabía hacer bien en esa época: mala con los deportes, pésima con los números, poco apta para las maquetas y sin mucha gracia para la amistad. Sólo disfrutaba identificando el predicado y bailando en los festivales.

La historia de los libros de texto gratuitos en México dio inicio en el año de 1959 cuando López Mateos decretó la creación de la Comisión Nacional de Libros de Texto Gratuitos. Este plan, producto de una revolución trasnochada y tropesadísima, consistía en que el Estado se encargaría de editar, imprimir y repartir libros a los alumnos que estuvieran cursando la educación primaria. Se tenía la esperanza de que aventar libros a diestra y siniestra durante septiembre equivalía a democratizar la educación.

A mi escuela los libros llegaban unos dos meses después de iniciado el ciclo escolar. Las maestras decían: traigan el libro de español y el de matemáticas, yo les avisaré cuando vayamos a usar los otros. Nunca los usábamos porque desde antes de empezar las clases teníamos la guía Santillana, un libro que contenía todas las materias de cada curso y del que las maestras tenían un ejemplar gratuito con las respuestas.

El texto de Prévert, incluido en el libro de lecturas de Español, iniciaba diciendo «pinta primero una jaula» en un claro tono de consigna, pero luego derivaba en cosas que yo no entendía. Decía, por ejemplo, que tras pintar la jaula había que esperar, quizá años, a que un pájaro entrara en ella. Yo pensaba que los libros no mentían y al mismo tiempo esa instrucción no me hacía ningún sentido. Por eso siempre volvía a esa lectura. No podía sacármela de la cabeza y tampoco la podía entender. Preguntar no era una opción porque me habría delatado dejando claro que estaba leyendo fuera de la ley, es decir, leía algo que todavía no me habían marcado.

Mi clasificación de los géneros literarios era de un alcance muy limitado: había libros de cuentos y libros de estudiar. El texto de Prévert no contaba una historia o yo no lo entendía así. Tampoco enseñaba nada que yo estuviera en posibilidades de comprender en ese momento. Para la poesía no hay lugar en los planes de estudio de educación básica y se la deja de lado, me parece, por razones opuestas: se la considera como inalcanzable de tan elevada o como algo banal.

Quizá fue su cualidad de misterio lo que hizo que Para hacer el retrato de un pájaro me inquietara tanto y por tantos años. No con la inquietud intelectual y elevada de los niñxs genix sino con el asombro de quien quiere entrar a un sitio y no encuentra forma de traspasar el umbral, aun estando abierta la puerta.

Me encantaría pensar que la escuela ha cambiado mucho desde entonces, pero sé que en la mayor parte de los casos no es así. Deseo, con todas mis limitaciones, pero también con todas mis fuerzas, estar en posibilidades de poner mi grano de mostaza (porque esto requiere de fe) para que la lectura sea todo, menos letra muerta. Pero es truco de prestidigitación porque hay tiempos, plazos y programas que cumplir. Sospecho que es necesario engañar un poco a la esperanza y engañar otro tanto al rigor. Después, como diría Prévert, esperar a que el pájaro entre en la jaula y cuando haya entrado cerrar con el pincel la puerta suavemente.


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