Ombliguista, demasiado ombliguista

A lo largo de la historia de la humanidad una enorme cantidad de culturas ha creído ser o habitar el ombligo o el centro del mundo o del universo, ni más ni menos. El ejemplo paradigmático es Delfos, la antigua ciudad en donde se hallaba el famoso oráculo. La mitología refiere que Zeus, decidido a ubicar el punto medio de la Tierra —circular y plana en la mentalidad de la época— envió un par de águilas desde los polos oriental y occidental del mundo, y las aves se encontraron en Delfos, donde Zeus depositó entonces el omphalos, una piedra sagrada. Seguramente todos conocemos mitos, leyendas e historias similares, no sólo de Europa, sino del resto del planeta. Por ejemplo, en América no hemos sido menos ombliguistas: basta pensar en la remota Isla de Pascua, perteneciente a Chile, cuyo nombre original era Te Pito o Te Henua (“Ombligo del mundo”), en la cual también hay una piedra sagrada, Te Pito Kura (“Ombligo de luz”); o en el Cusco, cuyo nombre proviene del quechua Qosqo, que significa “ombligo”.

Esta tendencia humana es tan común que varios idiomas poseen palabras específicas para referirse a ella: en español se llama ombliguismo —si de algo sirve notarlo, la palabra está reconocida por la Real Academia Española—; en inglés, navel-gazing; en francés, nombrilisme; en alemán, nabelschau. Curiosamente, dicha tendencia existe desde mucho antes de que existieran el español, el inglés, el francés y el alemán. Para expresarlo más claro: ombliguistas somos todos, como especie; aunque, por supuesto, algunos especímenes o grupos han sido o son tanto más ombliguistas que otros.

En un puñado de páginas de La nave de los locos, la uruguaya Cristina Peri Rossi parodió estupendamente el ombliguismo de las grandes urbes capitalinas. Morris, uno de los protagonistas de la novela, viaja de improviso a la metrópoli o Gran Ombligo, en donde observa:

La principal ocupación de los habitantes de la ciudad consiste en mirarse el ombligo. Ellos no se dan cuenta, porque sumergidos en uno de los pliegues más recónditos, que se ramifica en dos, y tiene, además, algunas rugosidades, han olvidado por completo que se encuentran en las profundidades de un ombligo, y no en el mundo. Dan muchos y diversos nombres a su actividad, y no podría acusárseles de disimulo o falsedad porque precisamente, una de las características de mirarse todo el tiempo el ombligo es no saber que se está mirando sólo un ombligo.

(1984, 119-120)

Se trata de un doble ensimismamiento: en Gran Ombligo, una ciudad autoenfocada —el nombre lo expresa—, los habitantes contemplan siempre fascinados su propio ombligo. En esta metrópoli se han enajenado los individuos y hasta la ciudad entera. Paradójicamente, se aislaron mirando una cicatriz que expresa a gritos la existencia del otro. ¿O no? Porque mirarse el ombligo es reconocer nuestro vínculo originario —de dependencia, es importante señalarlo— con otro ser humano (la madre, claro); otro ser humano anterior, por simple lógica y necesidad, a nosotros. Somos, entonces, los que llegaron después; no las criaturas originarias. La cicatriz umbilical le recuerda a cada ser humano que no aparece solo, por magia o generación espontánea… y que siempre llega al mundo de alguien más.

En relación con lo anterior, no sobra recordar de pasada la asombrosa y acalorada disputa ocasionada por dos famosos ombligos (hipotéticos): el Adán y el de Eva. Si hemos de creer al Génesis bíblico en cuanto a la forma como ambos, “nuestros primeros padres”, vinieron al mundo, no habría razón alguna para que ambos luzcan ombligos, tan escandalosos a ojos de la Iglesia (porque, a final de cuentas, delatan que hubo sexo). Entre los varios artistas que defendieron el obligo de Adán y Eva encontramos a Rafael y Miguel Ángel. Pensemos, por ejemplo, en una de las obras más célebres y conocidas de este último: La creación de Adán… en donde éste luce tremendo ombligo.

Pero volvamos a Peri Rossi. En su novela parodia así el ombliguismo de las urbes, sea cual sea la parte de sí que tiendan a mirarse obsesivamente. Así lo informa Morris:

Sin embargo, están convencidos de ser más inteligentes, cultos y patriotas que el resto de los ciudadanos del mundo, convencimiento que aumenta a medida que profundizan más en el conocimiento de su propio ombligo. No saben que los ciudadanos de C., que se pasan la vida mirándose los pies creen lo mismo, igual que los ciudadanos de Y., que dedican la vida a auscultarse las orejas mediante los espejos.

(1984, 121)

El cine norteamericano ha convertido Nueva York en un espejo metonímico de nuestra especie y nuestro mundo: casi siempre que los extraterrestres o una fuerza maligna pretenden destruir la humanidad, el blanco favorito es Nueva York… después, si sobran minutos, se destruye París y Londres, etc.

Lo espinoso del asunto ombliguista es que la humanidad, al ser un gran conglomerado informe y diverso, no tiene —no puede tener— un centro único. ¿Qué centro, qué ombligo, es el que, como especie, nos embelesa mirar? ¿Cuál de todos ellos? ¿Por qué ese centro y no otro?


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