El perro que no amaba a los hombres

“Autorretrato”, 1745, William Hogarth

En El hombre que amaba a los perros (2009), Leonardo Padura recrea una curiosa desavenencia entre Liev Davídovich Trotski y André Breton mientras se encontraban hospedados en la famosa Casa Azul de Diego y Frida a mediados de 1938. En una de las múltiples charlas sostenidas a propósito de diversidad de temas, Trotski se sincera con Breton confesándole el profundo amor que siente por los perros y lo mucho que lamenta no haber podido tener otro después de la muerte de su adorada Maya. Para sorpresa de Trotski, dice Padura, “el más surrealista de los surrealistas era un hombre estrictamente lógico cuando rebatió aquella idea, advirtiéndole que se dejaba llevar por los afectos. Y le explicó que, al hablar del amor que sienten los perros, él intentaba atribuir a las bestias sentimientos solo propios de los humanos” (351).

La pasión de Trotski no se deja amedrentar por esta afirmación, sino que continúa recordando a su perra Maya, así como otras innumerables historias donde el protagonista es el amor entre perros y humanos. Bretón insiste en su postura: el amor sólo es de los humanos hacia los perros y es una imposición también muy humana atribuirle al perro sentimientos que no corresponden, según el surrealista, a la naturaleza de los animales. “El perro, si acaso, expresaba de manera primaria que sabía distinguir los efectos de su relación con los hombres: miedo al humano que puede provocarle dolor, por ejemplo. Pero si aceptaban que un perro era devoto de alguien, debían admitir que el mosquito cuando picaba era conscientemente cruel, o que la marcha de los cangrejos era deliberadamente retrógrada… Y aunque no lo convenció, a Liev Davídovich le gustó la imagen surrealista del cangrejo retrógrado a conciencia.” (352)

Sea que nos coloquemos del lado de Trotski o del de Breton, la estrecha relación entre humanos y perros ha sido expresada desde lo literario con múltiples matices que no se reducen únicamente a eso que llamamos amor, devoción, cariño o amistad; sino que discurre por caminos bastante complejos que si bien darían la razón a Breton al estar configurados desde la imaginación y los conflictos humanos, no dejan de restarle validez a la pasión de Trotski por los perros.

Desde la famosa reacción del ya viejo y abandonado Argos al mover la cola en señal de reconocimiento cuando, después de veinte años de ausencia, mira llegar a un mendigo que en realidad es Ulises disfrazado, podemos rastrear ese vínculo misterioso entre las especies que desde entonces ha colocado al perro como máximo emblema de la fidelidad. Pero más allá de esta imagen, el perro ha figurado también como ese ser en el que el reconocimiento de uno mismo alcanza su más genuina afirmación. Recuerdo en esta línea, un poema de Vicente Quirarte, incluido en “Sarabanda con perros amarillos”:

Los perros amarillos mueren en la calle

pero nunca aparecen en los diarios.

Crecen, se multiplican, pero no se ven.

Un perro amarillo es todos los perros.

Los perros amarillos no confían.

Desprecian la lengua doble y tienen el antídoto

para vencer a la serpiente.

Mueren jóvenes.

Por eso no conocen la agonía.

Nadie organiza la cacería de un perro amarillo

porque no es de prestigio.

[…]

Acaso en otra vida

mi hermano nació perro.

De él conservó su sello de agua,

la lealtad y tersura de sus ojos,

la desdicha mayor de haber nacido.

Cuando niños,

mis hermanos y yo

jamás tuvimos perro.

Éramos nosotros nuestro perro

y amarilla su sombra.

Los abajo ladrantes

venimos de regreso. (67-68)

En esta identificación con los perros amarillos, los de la calle, los sin nombre, encontramos el emblema ya no de la fidelidad, sino del destino humano cuando se mira un poco a la deriva y un mucho en la orfandad, ya que a veces es posible reconocer nuestra existencia como una cosa bien simple y bien sencilla, casi insignificante, pero con la que se puede estar tan triste como en paz.

Siguiendo este juego de identificaciones con los perros, no me resisto a citar un breve pero poderoso poema de Piedad Bonnett, titulado “Vigilante”:

Pinté un perro para que cuidara mi puerta,

un perro triste y feroz al mismo tiempo

que disuadiera a cualquier atacante.

Pero cuando fui a colgar el perro en mi puerta

vi que no había puerta, ni ventanas.

Pasé mi mano por la pared rugosa buscando una grieta,

tal vez un agujero. Comprendí que yo era la pared,

que iba a morir sin aire,

que la única grieta estaba en mis adentros

y que por los agujeros de mis ojos

miraba un perro triste,

triste y feroz al mismo tiempo. (13)

A través de esta especularidad entre la persona que dibuja y el dibujo, Bonnett configura otro tipo de identificación con la tristeza y la ferocidad que suele atribuirse a los perros, como si ése fuera el mejor modo de hablar sobre la condición angustiante de quien enuncia. Como bien sabemos, la mirada de un perro puede llegar a ser tanto más elocuente y reconocible que cualquier descripción de las desgarraduras que una lleva dentro.

            Recuerdo también Autorretrato de familia con perro (2014) de Álvaro Uribe, novela articulada desde las voces de los miembros de una familia que ofrecen distintas facetas, imágenes, de la vida de la madre de dicha familia. A lo largo de cada capítulo, lo que leemos es cómo cada personaje mira a esa mujer, en qué términos la juzgan, la tratan, y lo que representa para cada cual, según se la mire como madre, esposa, patrona. Sin embargo, al final de la novela, la voz más poderosa y entrañable es la del perro, pues parece ser el único que realmente ha establecido una relación genuina con esa mujer (Trotski diría que de amor) y es quien mayores sufrimientos padece cuando lo separan de ella:

[…] y me patea otra vez con su pierna el último otro y yo grito y aúllo y chillo de dolor pero no del dolor de mi hocico no del dolor de mi carne mía no del dolor de mis huesos de mí sino del dolor de ella la mía y yo de ella que también grita y también aúlla y también chilla de miedo de puro miedo de ella la mía y yo de ella tras el último otro que la carga y se la lleva gritando ella y aullando ella y chillando ella y el último otro se la lleva toda se la lleva de mí que soy ella se la lleva para siempre yo sé que para siempre yo siento que para siempre y ya nunca ella la mía y yo con ella nunca más ella nunca nunca y solo yo y yo y yo sin ella para siempre solo yo y los otros los muchos otros que no son ella que no son yo solo yo solo. (242)

A través de este discurso titubeante, atropellado, se construye la perspectiva de un perro que sólo comprende su existencia en términos de su relación con ella. Los otros que no son ella, dan igual, son intercambiables. Además, la fina intuición de este perro, le da la certeza de que la separación será permanente y, en adelante, su destino será la soledad.

             Si de perros a humanos existe el amor sigue siendo un misterio, en especial si pensamos que ni siquiera hemos atinado a definir qué es el amor entre los humanos, cuánto menos podríamos decir del amor que sienten o no los perros hacia nosotros. Lo que importa, tal vez, es recuperar esos momentos en que la mirada de los perros, sus actitudes, comportamientos y gestos, su sola compañía, nos colocan en una zona de franca empatía, compasión o ternura. Quizás su presencia, tanto física como literaria, sea un signo de que desde ahí deberíamos perfilar la mirada con un poco más de asiduidad, sobre todo si eso nos empuja a contrarrestar nuestra tendencia a la hostilidad y a la violencia en un mundo tan maltratado. Y quizás también sea una invitación a pensar de vez en cuando, por qué no, que el amor (lo que sea que eso signifique) de los perros hacia nosotros puede ser verdadero.

Fuentes

Bonnett, Piedad. “Vigilante”, en Los habitados. Madrid: Visor, 2017.

Padura, Leonardo. El hombre que amaba a los perros. Barcelona: Tusquets, 2012.

Quirarte, Vicente. “Sarabanda con perros amarillos”, en Esa cosa tan de siempre. Madrid: Editorial Pre-Textos, 2013.

Uribe, Álvaro. Autorretrato de familia con perro. México: Tusquets, 2014.


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