Una forma de mentira

Por mucho que se insista en que decir la verdad es siempre lo más ético, lo más justo o por lo menos lo correcto, no dejo de pensar en que la mentira es una forma de la salvación. Cierto es que muchas veces mentimos para no enfrentar conflictos, para no asumir responsabilidades o para no escuchar réplicas incómodas. Sin embargo, no es menos cierto que también mentimos para hacer la vida un poco más llevadera o provisionalmente menos terrible. Es en esa sucesión de pequeñas mentiras cotidianas donde quizás sea posible estar un poco más en paz o conformes con nuestro devenir, donde parece todavía posible salvarnos de caer en el peor de los vacíos.

            Una forma de vida (2010), novela epistolar de Amélie Nothomb, explora desde varios frentes los múltiples niveles que articulan la mentira que somos y las que podríamos llegar a ser. A partir de un discurso autoficcional por demás seductor, la escritora belga se coloca, una vez más, como centro de su narrativa para crear un delirante diálogo entre “la escritora Amélie Nothomb” y un soldado estadounidense enviado a Bagdad, Melvin Mapple. El escenario inicial de las cartas parece tan solo apuntar a la clásica misiva del admirador que le escribe a su autora favorita como para probar suerte, como para no dejar en mera ensoñación la respuesta hipotética de esa figura tan admirada. Para sorpresa de Mapple, Nothomb no sólo responde a sus cartas sino que además muestra un genuino interés por continuar con la correspondencia, lo cual lleva al soldado a narrar parte de su vida, de su experiencia en el campo de batalla y en especial, a confesarle una condición particular de su persona: su adicción a la comida, su obesidad mórbida y su obstinación por asumir su diario aumento de peso como una postura política, de resistencia, hacia un Estado manipulador y predador que se empeña en hacer la guerra.

            Al igual que en otras novelas de Nothomb, la obesidad se presenta como una tendencia a la desmesura, a la pérdida de límites que van más allá de lo meramente físico. En este caso, los límites que se empiezan a traspasar, primero a tientas y luego a una velocidad rampante, tienen que ver con cómo nos miramos a través de los otros, con cómo nos definimos en función de las expectativas ajenas, con la puesta en equilibrio entre nuestros deseos o ansias de diálogo y los del destinatario. El discurso epistolar en esta novela franquea ese vertiginoso espacio de contacto con el prójimo que sólo tiene lugar a través de la escritura, pues a causa de la distancia entre los interlocutores, la carta nos obliga a definirnos desde las palabras, es un espacio privado de para la escritura que se ejecuta en soledad y muy fácilmente se vuelca hacia la confesión de la intimidad.

            El tono y contenido de las cartas se va intercalando con las propias reflexiones de la autora a propósito de este peculiar intercambio con el soldado estadounidense y eso nos permite acceder a la faceta irónica, hasta cierto punto perversa, de la propia Nothomb como personaje. Esta cualidad también prepara el camino para la desmesura que en muchos sentidos atraviesa la novela puesto que en ella todo tiende a lo hiperbólico: la obesidad inimaginable de Melvin Mapple, la cantidad ingente de cartas que recibe y responde la autora a diario, las propias circunstancias del soldado descritas en las cartas, la ironía un tanto retorcida detrás de las sintéticas epístolas de la autora. Sin embargo, llegada la necesaria revelación de una gran mentira en ese intercambio, lo hiperbólico cederá su lugar al encuentro, o más bien, al encontronazo con uno mismo; y aquí es donde cae como un golpe la pregunta de si no nos valdría más mentir y permanecer por tiempo indefinido en la ilusión de lo que hemos creído ser. En una de las cartas, leemos la siguiente confesión: “Hay un placer que nada puede igualar: la ilusión de tener un sentido. Que esta significación nazca de una mentira no le quita ni pizca de voluptuosidad” y no podemos menos que darle la razón.

            La historia y el intercambio epistolar entre Nothomb y Mapple da un par de giros igualmente hiperbólicos que nos suspenden lo mismo en la sorpresa que en la permanente duda. Al final, lo que queda es la sensación de vértigo de haber leído un sinfín de mentiras con muchos resquicios por donde se filtra la más genuina honestidad, ésa que nos impide olvidar quiénes somos y dónde estamos, ésa que enfrenta a la autora con su compulsión por la escritura y le sugiere la liberación de su mayor problema: ella misma. Lo que permanece adherido al pensamiento después de la lectura de Una forma de vida no es sólo el reconocimiento especular de que, en efecto, el mayor problema de una es una misma, sino la seductora idea a la que sin falta, cada día, nos aferramos: la ilusión de tener un sentido.

Nothomb, Amélie. Una forma de vida. Barcelona: Anagrama, 2012.


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