Houston, ¿tenemos un problema?

Quien me conoce sabe que soy fan, muy fan, de los cortos de animación; y en particular, de los de carácter narrativo. En esta ocasión quisiera hacer algunos comentarios sobre un corto, en mi opinión, sugerente y bien logrado: “Bavure”, del artista italiano Donato Sansone… Pero he de anticipar que probablemente esta obra no será del gusto de todo mundo, porque se orienta hacia el grotesco de la crueldad, si bien con diversos guiños humorísticos. E igual anticipo que en esta nota habrá SPOILERS. Comparto de una vez el corto de Sansone, por si alguien desea verlo antes de que yo le arruine la sorpresa.

El primer detalle interesante es el título, que puede remitir tanto a la técnica como al asunto tratado en este corto: la palabra francesa bavure admite las acepciones de mancha, rebaba e incidente o problema. Y el corto inicia precisamente con una mancha: la pintura mezclada sobre un lienzo. Comienza la metamorfosis, tanto en la obra como en la historia.

En apenas unos segundos, por obra y gracia de pinceles y brochas que se ubican “más acá” de la historia narrada –esto va a ser de suma importancia hacia el final–, la mancha de pintura adquiere una textura semejante a la del material empleado para ciertos efectos especiales, o recursos prostéticos, en las películas… y quedamos ante el retrato casi anatómico de un ser humano. Dicho material, una especie de rebaba flexible, le da a la pintura un relieve que de alguna manera vuelve más inquietante el retrato.

En este cortometraje el sonido, que viene de la mano de Enrico Ascoli, desempeña un rol fundamental, e introduce algunos de los guiños humorísticos. Por ejemplo, mientras vemos aparecer y modificarse el retrato de arriba, el sonido va sugiriendo también elasticidad, plasticidad y hasta humedad –como cabría esperar en la manipulación de vísceras–, al tiempo que intercala el sonido de una bofetada, justo cuando se trasluce el esqueleto, casi cual si se tratase de una referencia al memento mori. En lo personal, el retrato humano con las vísceras expuestas y otros elementos, como la paleta de colores, me hacen pensar en obras como “Le boeuf écorché” (1655), de Rembrandt, u las pinturas de naturaleza muerta o still life.

Le boeuf écorché” (1655), de Rembrandt

Vuelvo a “Bavure”. Ese ser humano pronto presenta órganos sexuales: tiene pene, después senos y entendemos que útero porque, finalmente, quedamos ante el hijo que sale de ese útero. En un gesto significativo, cuando el pequeño nace, el lienzo se invierte, como advirtiendo que el “marco” de la interpretación se ha modificado. La historia que a partir de entonces se cuenta es la del pequeño.

Como puede apreciarse, en unos segundos hemos transitado de la nada en el lienzo oscuro a la aparición del género humano… y de ahí, en un salto vertiginoso, asistimos a la infancia de este niño que ya es un joven y, en un tris, un astronauta. El tiempo en este corto está condensado al extremo.

El espacio también está condensado, pero, al tratarse una obra audiovisual, su condensación es menos evidente… hasta que el astronauta viaja al espacio. Cuando abandona la Tierra, la escala cambia: nos encontrábamos en el plano humano, terrestre, y ahora nuestra mirada contempla el espacio interplanetario.

Otra mancha, roja esta vez, anuncia un giro en la historia… un giro amenazador.

Pinceles y brochas revelan que la otredad espacial trae aparejada una otredad alienígena. Se confirma que la humanidad no está sola. De nuevo, en un gesto significativo, el lienzo cambia de orientación…

Y las acciones regresan al plano terrestre. Sobre la Tierra pende una inminente amenaza extraterrestre. Por si alguien ha llegado hasta aquí sin ver el cortometraje, no comentaré el final, sino en términos generales.

Asistimos ya al desenlace, en donde entra en juego la tercera acepción de la palabra bavure: incidente o problema. Otra mancha, en esta ocasión blanca, desvela lo que está por llegar… El gran protagonista es ahora el sonido. Los pinceles y la brocha se han ido… Sin embargo, un detalle: la imagen no se muestra estática; tiene algo de movimiento… un movimiento sutil que, a mi modo de ver, pretende recordar la cámara subjetiva. Sospechamos quién, o qué llama a la puerta… pero, ¿a quién le corresponde abrirla?

Para cerrar esta nota, me gustaría aventurar una interpretación quizá demasiado arrojada: considero que, de algún modo, “Bavure” establece un diálogo con las obras pictóricas del memento mori, como lo sugerí al hablar del cuadro del buey desollado hecho por Rembrandt. Eso explicaría por qué el corto inicia con el desnudo anatómico, por qué hace énfasis en el latido del corazón humano –que en caso del feto alienígena es removido, conviene no perder de vista eso–, y por qué nos pone de frente a la amenaza que viene a recordarnos la fragilidad de la existencia humana. No sobra recordar también que la estética del grotesco funciona en término de vida o muerte, pues se relaciona con la supervivencia… y en los tiempos actuales lo que está en riesgo no es la vida de la horda, ni de los países, sino de la humanidad global. En este sentido, creo que “Bavure” se hace un lugar en el diálogo del arte con la vida.


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