La entrega total

Desde hace muchos años, las historias de venganza me generan una profunda admiración, no porque en mi fuero interno guarde recelo suficiente como para aspirar a ser la protagonista de una de ellas, sino por las cualidades que exige un ejercicio de voluntad como tal: paciencia, determinación, claridad de objetivos, meticulosidad, perseverancia, suspicacia, inteligencia, dominio de sí. Por lo menos las grandes historias de venganza implican una cierta maestría en estas y otras cualidades que justifican el dicho popular: “La venganza y el cangrejo de río, se sirven en plato frío”.

            La raíz de la palabra incluye el verbo “vindicar”, que implica la recuperación de lo que a uno le pertenece (RAE), y una suerte de satisfacción en llevar a cabo este proceso de “recuperación”. Pero también incluye el verbo “decir”, en el sentido de mostrar o señalar algo; y la raíz vis, fuerza, que encontramos en palabras como violencia o violación. La venganza es entonces esa síntesis en la que se conjuga un deseo impetuoso de justicia, un placer en la recuperación de lo que asumimos (sea o no) nuestro, un señalamiento del hecho y un explícito ejercicio de fuerza contra alguien. De aquí que no sea gratuita la idea de que cobrar venganza es, ni más ni menos, que un arte.

            Cuando pienso en “las grandes historias de venganza”, me imagino sobre todo aquellas en que los personajes invierten años, si no es que toda la vida, en generar ese daño, padecimiento o muerte a quienes les han humillado, herido o despojado de bienes materiales o inmateriales. Es curioso si se piensa en la dificultad de encontrar un sentido para la vida en estos tiempos, cómo la venganza ocupa un sitio privilegiado para dotar de un fin a una vida. Por eso es que una vez realizado el acto de venganza, a los personajes les queda si acaso la muerte o el despropósito, el más insondable de los vacíos.

            En esta línea y recurriendo a ejemplos cinematográficos, regreso a filmes tan maravillosos como desconcertantes, como los dirigidos por Chan-Wook Park, Simpatía por la Señora Venganza, de 2005 y Old Boy, de 2003; esta última adaptada en 2013 por Spike Lee en versión estadounidense; y en especial a la Pieta (2012)de Kim Ki-Duk. La primera, se enfoca en una joven que después de muchos años sale de la cárcel por haber supuestamente asesinado a un niño; pronto sabemos que ella es inocente y que, una vez en libertad, su vida entera se volcará a encontrar al asesino y a la hija de la que la alejaron al imputarle el crimen. La segunda, se centra en un hombre que, sin explicación alguna, es encerrado en una habitación a lo largo de 15 años, después de los cuales es liberado; su único objetivo será a partir de entonces encontrar a quien lo privó de la libertad por tanto tiempo y vengarse de él. La última tiene como protagonistas a un joven indolente encargado de mutilar o dañar irreversiblemente a los deudores de una compañía a fin de cobrar el seguro y saldar sus deudas; y a una mujer que misteriosamente empieza a seguir al joven alegando ser la madre que lo abandonó cuando él era muy pequeño.

En los tres filmes, el común denominador no es sólo la famosa sangre fría para ejecutar un plan meditado por largos años, sino todo un andamiaje de conductas y pulsiones humanas dispuestas a cualquier cosa por lograr un fin. Así, las historias discurren por los caminos tortuosos de la rabia y el dolor contenidos, la mentira sostenida y repetida por tanto tiempo que termina por tomarse como verdad última. Sobre todo, coinciden en que el plan de venganza se perfila como claro equivalente respecto al daño infligido, la vieja historia del “ojo por ojo…”, aunque bastante más retorcida.

            Sin embargo, lo que más destaca en estas historias (y en la mayoría de las grandes historias de venganza), es que no se trata nunca de un daño unidireccional, es decir, del que cobra venganza hacia el sujeto que alguna vez le ofendió. Lo que nos coloca en el centro del conflicto, lo que realmente desarma nuestra ya titubeante escala de valores o principios, es el dolor autoinfligido de quien busca venganza, un dolor sostenido a lo largo de los años para lograr su finalidad. Cuando se tiene la impresión de que uno ha perdido todo en la vida y lo único capaz de generar un impulso es el deseo de venganza, busca su cumplimiento a como dé lugar y lo hace dedicando su tiempo, su esfuerzo, su energía, sus afectos, su inteligencia, su cuerpo. Vista así, es la venganza el móvil de la entrega total y no el amor.


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