La mujer, la máquina de escribir y un “conmocionado” de 1924

Quienes me conoce saben que uno de mis pasatiempos favoritos es ojear –a veces también hojear– publicaciones antiguas. Últimamente, sobre todo debido a las restricciones impuestas por la pandemia que todavía nos acecha, me dedico a revisar publicaciones digitales. Mis favoritas son, supongo que sin sorpresa para nadie, las revistas; y ente ellas tengo cierta predilección por las de las primeras décadas del siglo XX, tanto de América como de España. Hay ejemplares bellísimos, además de interesantes. Un buen ejemplo podrían ser algunos números de Orientación, revista mensual de arte, crítica y literatura, dirigida por José Eugenio Compiani, impresa de abril de 1928 a marzo 1929 en Buenos Aires.

Un aspecto relevante de esta revista fue que tuvo corresponsales mujeres –como la uruguaya Alicia Porro Freire, la chilena Aída Moreno Lagos, la ecuatoriana Aurora Estrada, la boliviana Ana Rosa Tornero–, a la vez que publicó textos de otras autoras de la época, como la uruguaya Luisa Luisi, la argentina Julia García Games, la venezolana Clara Vivas Briceño, etc.

Otra de las publicaciones más destacables, tanto por la calidad de su contenido como por su belleza, fue la revista ilustrada Social, publicada mensualmente en Cuba de 1916 a 1938, fundada por el artista visual Conrado Walter Massaguer. Sus portadas eran una verdadera delicia, y publicó la obra de numerosas escritoras.

Así mismo, hay casos insólitos y admirables, como el del semanario Repertorio americano, publicado en San José, Costa Rica, bajo de la dirección de Joaquín García Monge… ¡de 1919 a 1958! No es una exageración afirmar que esta publicación es un baluarte riquísimo frente al olvido. Gracias a la generosa labor de la Universidad Nacional de Costa Rica, los números del Repertorio Americano pueden consultarse de forma gratuita aquí, en digitalizaciones de alta calidad.

Mientras leía el número del 04 de febrero de 1924 de este semanario encontré un breve texto que de inmediato llamó mi atención… Su título: “Un invento feminista”. El invento en cuestión era la máquina de escribir. Aunque sería un despropósito atribuirle a una sola persona la invención de tal maravilla, pues en su creación, su desarrollo y su modernización intervinieron numerosos sujetos, el artículo del que hablo enfatiza la participación del “olvidado” estadounidense Christopher Latham Sholes (1819-1890), quien por obra y gracia de una errata, por demás curiosa bajo la pluma de este autor que no firma su texto, se convierte en Christophe Latham Shoks. Dado el tono agridulce del artículo, no resisto la tentación de sugerir un posible lapsus escritural que funde Shoks con la palabra en inglés shocks, cuyas traducciones al español incluyen “conmociones”. A riesgo de sobreinterpretar, creo que nuestro anónimo autor (porque sin duda fue un varón) no se hallaba demasiado cómodo con la materia de su escrito. Para que se entienda a qué me refiero por “tono agridulce”, de esos que me mueven a la vez a la risa y al coraje, cito:

Acaba de celebrarse en Ilion (Estados Unidos) el cincuentenario de un invento mecánico muy modesto en apariencia, aunque luego haya sido causa de una gran transformación en las costumbres contemporáneas, sobre todo en las costumbres femeninas. El día señalado para la conmemoración, un tren especial trasportó desde Nueva York a Ilion una gran asamblea de hombres de negocios: grandes banqueros, magnates de la industria, astros del periodismo. Faltaba, sin embargo, la representación más justificada: la representación de la, mujeres de todo el mundo. Sin duda, las mujeres han dejado pasar la fecha porque ignoran cuándo y dónde surgió el invento y hasta el nombre del inventor del aparato al que deben muchas de ellas su independencia económica. De haberse conocido, es seguro que la mayor parte de las jóvenes apresuradas que cruzamos a las horas de entrada y salida de las oficinas hubiesen dedicado, antes de comenzar la cotidiana tarea, unos minutos de silencio, como ahora se estila, en recuerdo del olvidado inventor. [El énfasis es mío.]

El autor alude, claro, a las dactilógrafas o mecanógrafas; al oficio de secretaria, pues. Y aunque es verdad que numerosas mujeres pudieron ganarse la vida, o al menos obtener algún exiguo ingreso, debido al perfeccionamiento de la máquina de escribir, el secretariado no fue la única vía para incorporación de las mujeres a la esfera laboral, como bien lo prueba la cantidad de profesoras que hubo. Encima, para la segunda década del siglo XX también había ya licenciadas y hasta doctoradas. Después, el artículo transcurre por una ruta bastante… peregrina. Cito de nuevo:

No es sólo que la máquina de escribir haya empleado en el trabajo a mujeres condenadas antes a la ociosidad o a cualquier disimulada servidumbre; no es sólo que haya creado un tipo especial de mujer―, la «mecano», la «dactilo»―, cuyo piano de ensueños es el teclado de máquina, y con ello, contribuido a una más seria convivencia de los dos sexos en los afanes de la vida. La máquina de escribir ha sido el paso inicial de la emancipación femenina en todos los órdenes. Probablemente, sin máquina de escribir y sin mecanógrafas en las oficinas de los hombres, no hubiera tenido la mujer tan fácil acceso al ejercicio de todas las profesiones ni hubiera logrado el voto electoral en algunos países. Christophe Latham Shoks ha hecho por la mujer más que todas las sufragistas reunidas. En realidad, ha sido el primer sufragista del mundo, el primero en orden y en méritos. [El énfasis ―y el corajito― son míos.]

No me alcanza la letra escrita para expresarme respecto a semejantes afirmaciones… Como sea, tampoco pienso que haga falta decir más. Han pasado casi 100 años desde la publicación de este artículo y, pese a que queda mucho camino por recorrer, porque todavía arrastramos actitudes propias de 1924 o de antes, afortunadamente son cada vez más los varones que hablan, escriben, sienten, piensan y se comportan de forma más solidaria o, simplemente, justa. Una anécdota rápida: hace unos años me contrataron en una institución que realizar labores académicas ligadas a mi formación profesional –soy doctora en literatura hispanoamericana–, y cuando me presentaron con el encargado del área, quien iba a ser mi jefe, éste me dijo con un tono de amabilidad: “No eres la secretaria, ¿ok? No tienes que contestar el teléfono, ni que recibir documentos que me traigan mientras no estoy, ni tomar recados de nadie… Si te preguntan, tú di que no eres mi secretaria”. En honor a la errata del artículo que he comentado, diré que me quedé en shoks. Fue tan inesperado para mí, enemiga natural de las agendas y de las llamadas por teléfono, experta en jamás tomar nota ni tener consciencia de la hora en la que estoy, que sólo alcancé a reírme ante semejante declaración.

Cierro esta extraña entrada ―redactada, por cierto, con esa versión contemporánea de la máquina de escribir: el teclado de la computadora― con otra cita del artículo de 1924: “Las mujeres no deben olvidar que si han salido de la costilla de un hombre, un hombre ha sido quien les ha dado la máquina de escribir, el instrumento de su liberación”. Baia, baia.

Bibliografía

  • “Un invento feminista”, Repertorio Americano, tomo 7, número 19 (04 de febrero de 1924): 303.

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