Un día cualquiera

Quizá uno de los aspectos más llamativos de la narrativa de vanguardia hispanoamericana sea su tendencia a crear mundos donde cualquier cosa podría tener lugar, desde un sueño de lo más disparatado hasta viajes interplanetarios, el fin del mundo o el encuentro con un doble. En autores como Felisberto Hernández, Macedonio Fernández, Juan Filloy, Gilberto Owen, Pablo Palacio o Enrique Labrador Ruiz, podemos encontrar una particular inclinación por ofrecer historias donde los personajes y sus circunstancias se van moviendo en órdenes aparentemente habituales pero pronto dislocados por algún elemento que nos sitúa cerca del absurdo, la risa y el desparpajo.

            En esta línea también está la obra del chileno Juan Emar, titulada Ayer y publicada en 1935. El argumento de esta novela es por demás sencillo: el protagonista, Juan, narra lo que él y su compañera Isabel han vivido el día de ayer en su pequeña ciudad, San Agustín de Tango. Lo que podría parecer un día cualquiera en la vida de dos personajes de lo más anodinos, se presenta atravesado de principio a fin por sucesos extraordinarios.

            Lo primero que hacen Juan e Isabel es asistir al suplicio de Rudecindo Malleco, un hombre condenado a morir en la guillotina por haber propagado en el pueblo su secreto para tener mayor placer sexual. El Estado no es quien condena a Malleco, sino la Iglesia, y lo hace atendiendo al pasaje bíblico que dice que aquella parte del cuerpo que sea causa de pecado, es la que deberá ser “removida”. En el caso de Malleco y puesto que su secreto consistía en concentrar el pensamiento en el cuerpo durante acto sexual, la cabeza es esa parte causante del pecado y por lo tanto debe ser cortada.

Desde luego que la condena es un acto de barbarie, pero toda la escena es demasiado ridícula para ser tomada en serio: había que comprar entradas para presenciar el suplicio, la plaza donde se llevaría a cabo semeja un circo, la guillotina era muy pequeñita, cuando entra Malleco al patíbulo se escucha el canto del pajarito de madera de un reloj cucú, el verdugo no es nada diestro en este tipo de ejecuciones, por lo que toma la guillotina y asesta a Malleco un golpe tan desatinado que no le corta la cabeza sino que entra por la base del cráneo y sale en diagonal por encima de los ojos. En adelante, el caos impera en el patíbulo. Sucede que la parte de la cabeza que ha sido cortada es recogida por Fray Benito, como si levantara una “cáscara de sandía” y luego la vuelve a arrojar a la tierra, lo cual aprovechó Malleco para tomarla y ponérsela de nuevo como si fuese un sombrero. Después, el supliciado intenta provocar al verdugo, amenazándolo con los puños, a lo que éste respondió poniéndose en guardia, como si aceptara el duelo a puñetazos, “Mas el ajusticiado Malleco debió haber creído que en serio se le aceptaba el reto, pues se recogió de espaldas, como una bestia acosada y empezó a ejecutar con sus cuatro extremidades desesperados molinetes” (15)

La siguiente parada en el trayecto de Juan e Isabel es el zoológico y su experiencia en este sitio no será menos grotesca que la escena anterior. Primero establecen una peculiar comunión con unos monos cinocéfalos que, al recibir un rayo de sol, entonan una suerte de canto coral que adquiere aires sublimes y al cual se unen Juan e Isabel. Así describe Juan esta comunión: “protegido adelante de los cuchillos fríos del aire por los monos, seguimos, en una armonía jamás oída, seguimos embelesados, absortos, hasta el punto más allá del cual no hay música ni sonidos aislados, individuales diría, como eran los nuestros, pues todo, toda existencia era una sola y absoluta música” (21).

Después de este extraño episodio, reina el caos en el zoológico debido a que una leona se ha escapado de su jaula. Juan e Isabel corren despavoridos y se refugian en la copa de un árbol. Desde ahí, contemplan un peculiar enfrentamiento entre un avestruz y la leona, pues ésta se abalanza contra el ave y éste abre descomunalmente el pico y la engulle. Juan e Isabel bajan del árbol y contemplan atónitos la escena, observan que se ha formado una bola gigante que va descendiendo por el cuello del avestruz, que ríe y ríe a carcajadas. Como en la escena de los monos, la pareja establece una especial comunión también con el ave y así ríen con ella: “reímos los tres sin retensión [sic] posible, revolcándonos por el suelo, lanzando unos que más parecían aullidos que risas, apretándonos la boca del estómago con ambas manos nosotros, el ave con sus patas, derramando copiosas lágrimas, reímos atronando los aires, reímos, nos ahogamos, pataleamos amarrados, envueltos, rodando en el mismo infernal y delirante regocijo” (28).

La escena culmina con un desenlace aún más grotesco. Un cuarto de hora más tarde, el avestruz se coloca en posición de defecar, dejando salir de su ano la cabeza de la leona, imagen que por cierto resulta maravillosa para Juan e Isabel, aunque cuando la leona los mira con furia, ellos reaccionan sacándole la lengua y haciéndole muecas de burla. La escena continúa así: “La leona, gracias a sus inauditos esfuerzos, salía, con lentitud, pero salía. El avestruz, gracias a los suyos, inauditos también, iba, con la presión de su esfínter, reteniéndole dentro la piel. Así es que nosotros veíamos aparecer poco a poco una leona de cabeza normal y hermosa piel, mas que a partir del cuello era desollada, espantosamente desollada” (30). Finalmente, la leona huye despavorida, Juan e Isabel continúan contemplando al avestruz, quien les guiña un ojo y se introduce el pico en el ano para sacar la piel antes retenida que coloca en el piso para luego envolverse en ella y echarse a dormir la siesta.

El día de Juan e Isabel continúa con la visita a un amigo pintor y luego a la familia de Juan. Entre una visita y otra, los protagonistas se detienen a comer en distintos lugares, haciendo muy explícito el contenido del menú. Además de las situaciones y experiencias vividas a lo largo del día, la novela se rige también por los profundos cuestionamientos de Juan respecto al sentido de la vida, pues no atina a encontrar uno solo. Pareciera que sólo en la más pura animalidad son posibles la comunicación, la armonía, la felicidad.

Las escenas delirantes de comunión con lo bestial o de franca barbarie o de la más simple corporalidad alimenticia, contrastan poderosamente con las reflexiones existenciales de este hombre que por más que busca no atina a sacar nada en claro sobre la vida. Al final, en el límite de la desesperación, Juan le pide a Isabel que trace en el piso su silueta para contenerlo, pues cree que terminará por desbordarse si ella no lo hace. Este gesto sencillo, lo salva y da pie a que su vida sin respuestas, sin sentido y a pesar de todo llena de sucesos extraordinarios continúe al día siguiente.

Emar, Juan. Ayer. Santiago de Chile: Editorial Zig-Zag, 1935.


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