El yo que no era yo

A la pregunta “¿quién soy?” se suele responder de inmediato con un nombre, eso que llamamos el nombre propio y luego, quizás, con una serie de cualidades, pertenencias, oficios, vínculos familiares y alguno que otro recuerdo. La identidad en sí, se suele afianzar en una serie de referentes que de cualquier modo están en el mundo con independencia de uno mismo. Pero qué pasaría si, de un día para otro, el nombre propio, los vínculos familiares e incluso la memoria, fueran las señas de identidad de otra persona y no las mías, qué me quedaría por decir de mí, dónde me colocaría en relación con el mundo y conmigo, en dónde buscaría otros referentes para identificarme una vez más. Llevadas al extremo y con un toque de peculiar ironía, Didier van Cauwelaert explora algunas de estas interrogantes en La doble vida de Martin Harris (Hors de moi en francés, publicada en 2003, y llevada al cine en 2011 bajo el título de Unknown).

            Después de un accidente a su llegada a París, el profesor Martin Harris despierta de un coma y se encuentra con que su esposa no lo reconoce y vive en su departamento con otro hombre que alega ser el profesor Martin Harris. Lo que en principio lleva al protagonista y narrador a creer que se trata de una venganza bastante truculenta por parte de su esposa, pronto se convierte en una pesadilla que abarca su ámbito laboral y su vida toda. Nadie en su entorno lo reconoce como Martin Harris y poco a poco empieza a agotar cada uno de los recursos de que dispone para comprobar que él es quien dice ser. Sin embargo, todas las evidencias apuntan en su contra: el otro, el supuesto impostor, no sólo cuenta con toda la documentación que lo acredita como el verdadero Martin Harris, sino también con la minuciosa memoria de lo que ha sido la infancia, juventud, experiencia y hallazgos laborales. Los dos sujetos tienen una misma memoria y sólo uno la credibilidad de su entorno en cuanto a su identidad.

            Quien narra entra así en una especie de espiral delirante en la que su nombre se ha transformado, para él, en una etiqueta vacía, y todo su conocimiento y experiencia de vida en una falacia. A raíz del coma considera que quizás su memoria le está jugando una mala pasada y por momentos pone en duda sus propios recuerdos, por más vívidos que sean. Si no disponemos de la memoria personal para construirnos a nosotros mismos, entonces sólo podemos contar con las evidencias que suelen funcionar en el mundo tangible: los documentos, los títulos de propiedad, las fotografías, el testimonio de quienes nos rodean. Para hacerse de estas informaciones, el narrador contrata a un detective privado quien, para su infortunio, termina por ofrecerle minuciosas evidencias de que él, Martin Harris, sencillamente no existe.

            La explicación tendría que estar en otra parte, deduce el narrador y por eso regresa con el neuropsiquiatra que le ha tratado después del accidente y durante el coma. Desde esta perspectiva, lo que el doctor Farge le explica es que en el estado de coma se dan múltiples y complejas modificaciones en la función del cerebro que pueden ocasionar estados clínicos en apariencia inexplicables, como la usurpación de una identidad. Lo que entra en juego con esta sugerencia por parte del doctor Farge es que de cualquier manera el narrador es el impostor y no el otro hombre que ostenta su nombre, que vive con su esposa y tiene todos los documentos en regla.

            Lo curioso en este laberinto de incertidumbres es que cada pista, cada duda, cada memoria y cada fracaso están filtrados por la mirada de un hombre cuya identidad se tambalea a cada momento y quien sólo cuenta con el apoyo de una mujer a la que acaba de conocer y que no puede corroborar su identidad previa al coma: Muriel, la mujer que conducía el taxi en el que había tenido lugar el accidente y quien se había quedado a velar por él en el hospital movida por la culpa o la responsabilidad. A lo largo de los pocos días que dura la pesquisa de este hombre que lucha con su memoria, consigo mismo y con el mundo, su relación con Muriel discurre en una especie de sintonía distinta a aquella que mueve la vida cotidiana. No es que ella crea ciegamente que ese hombre desesperado es, en efecto, Martin Harris; de hecho, lo duda como todos los demás. Y sin embargo, hay algo que ella puede advertir en él que le hace tomar partido y ayudarle en sus investigaciones. Lo que conecta a este hombre que no existe y a esta mujer que no ha conocido sino el arduo trabajo para mantener a sus hijos, es la forma tan genuina con la que cada cual asume lo que cree que es su vida y en donde no puede caber ni el mínimo resquicio para la mentira o el engaño. Ella termina por creer que él es Martin Harris porque él mismo lo cree sin reparo alguno a pesar de lo que digan todas las evidencias en su contra.

            Si bien la novela se precipita un poco con el ritmo de la trama detectivesca, aderezada con un toque de humor sutil y termina por dar un giro por demás vertiginoso en su resolución, lo que permanece después de la lectura son las dudas, la falibilidad de la memoria, la más clara certeza de que no somos otra cosa sino una serie de referentes con un mundo que sólo existe fuera de nosotros.

Cauwelaert, Didier van. La doble vida de Martin Harris. Trad. María Fernández Soto. Madrid: Alfaguara, 2006.


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