Retazos de una vida

A lo largo del siglo XX, la figura del hombre inútil se ha consolidado como una de las protagonistas por excelencia en la narrativa hispanoamericana. Aunque sus orígenes se remontan al siglo XIX y se trata de una figura que predominó en las literaturas rusa y europea, en Hispanoamérica fue adquiriendo matices y señas de identidad más acordes con estas latitudes.

            En la vanguardia, la posvanguardia y el Boom, es común encontrar como protagonista a un tipo de hombre lúcido, sensible, demasiado consciente a veces de las crisis características de su tiempo y constantemente enfrascado en una actividad autorreflexiva que, al final del día, no le genera mayor provecho que la reflexión misma, lo cual en realidad no importa porque al hombre inútil también se le identifica por su negación, implícita o explícita, a participar activamente en la vida productiva contemporánea. No se trata en sí de un hombre fracasado, ya que muy raras veces empeña sus esfuerzos en alguna empresa que pudiera desembocar en el fracaso (lo cual no quita que sí haya inútiles y fracasados). Más bien, se trata de un individuo cuya lucidez lo deja sumido en la más abismal de las desesperanzas y por eso, porque no hay cabida en su horizonte para esperar nada más de la vida y de sus circunstancias, es que elige no actuar.

Eladio Linacero, protagonista de El pozo de Onetti, el “Zavalita” de Vargas Llosa en Conversación en La catedral, Javier de Cambio de piel de Fuentes, Horacio Oliveira de Rayuela, son algunos ejemplos emblemáticos de esta figura hacia la mitad del siglo XX. Sin embargo, aun en la narrativa contemporánea el hombre inútil sigue siendo la mejor expresión de la inconformidad, la frustración, el desencanto y la elección de la inutilidad en las sociedades modernas.

Siguiendo esta línea de la figura del hombre inútil, encuentro en Memorias de un hombre palabra (1968), de la costarricense Carmen Naranjo (1928-2012), algunas variaciones en la figura que terminan por orientarla hacia otras facetas también significativas. Como en muchos casos, el nombre propio del protagonista no se enuncia, como si al dejarlo en el anonimato se anticipara la improcedencia que regirá cada una de las facetas de su trayecto vital. La primera nota peculiar en la configuración de este personaje es que sus reflexiones constantes, sesudas, incansables, se remontan a ciertos momentos aparentemente anodinos en su infancia, pero determinantes para el adulto que llegaría a ser.

Con una prosa que se decanta muchas veces hacia lo lírico, Naranjo va desdoblando, desde un narrador en primera persona, los pliegues de la sensibilidad de un niño que apenas comprende el mundo, pero cuya mínima comprensión le es suficiente para advertir que él es un ser que sale sobrando, un excedente en relación con la vida de su madre y su padre. Así recuerda, por ejemplo, un momento en el que de niño recuerda haber encontrado a su madre llorando de cansancio y hartazgo por encima de la pileta, y el modo como termina reconociéndose a sí mismo en esa situación: “Ese extraño cansancio… También yo lo tenía desde que empecé a caminar, desde que empecé a hablar con mis palabras cansadas, desde que empecé a ser hombre cansado, lleno de objetivos de descanso, de reposo, de no moverme, de quedarme calcado en las paredes como las fotografías y los hombres de los cuadros”. (16)

A la par con este destino de inmovilidad aprendido por intuición, se encuentra la figura del padre ausente, del que únicamente conoce fragmentos de historia, comentarios atrapados en el aire turbio de la casa. Resulta por demás conmovedora la escena cuando su imaginación de niño se apropia de la información de que el padre es un sastre:

Lo imaginaba frente a las largas piezas de tela, con unas tijeras enormes, cortando pedacitos de mangas, de cuellos, de solapas, que luego unía con una aguja encantada. Él silbaba. Edad: 20 años creciendo sobre los míos. Lacónico y decidido. Una reserva de palabras que nunca oí, que tal vez le goteaban en sus oídos y que le hacían irse en busca de su verdadero traje a medio hacer. Un rostro parecido al mío. Entonces supe que yo era desteñido, que era un remedo, un algo a medio formar, con partes de todo, sin nada propio. Lo empecé a querer.

-No podés querer a quien te dejó aún sin venir al mundo. Sos un idiota completo. Él nunca se ha preocupado por vos. (19)

La conclusión a la que llega este niño es la de asumirse desde entonces como un objeto manufacturado con titubeos y muy pronto olvidado:

Me sentía tendido en una mesa de sastre. Bajo la luna unas tijeras iban perfilándome. Algunas veces recortaban hasta donde me dolía. Luego la aguja me iba estrujando, quedaba como una bola apretada, sólida, con miedo a respirar porque podía entrar en el mundo de la muerte. Sentía que él me hizo como un traje, que nunca vio, que apenas hilvanó, que dejó a medio terminar, que no quiso usar, que prefirió olvidar. Un traje cansado, sin uso. (19)

            A partir de la toma de conciencia de esta condición, la vida de este niño en su juventud y en la edad adulta no será otra cosa sino una sucesión de circunstancias que sólo habrán de anquilosar en él ese complejo de orfandad y abandono, un abandono real y de hecho por parte del padre, y un abandono más bien simbólico por parte de una madre que nunca le profirió cariño y que se deshizo de él en cuanto pudo a fin de recobrar la vida puesta en suspenso por la maternidad.

            Con un trabajo y una vida mediocres, el hombre palabra irá cayendo cada vez más bajo, entregándose a ciertos vicios como si probara sus propios límites, como si su vida sólo fuera una cosa dada para ponerlo a prueba desde distintos frentes. En cada circunstancia, pareciera que se dejase llevar por los caminos que se van presentando en el día a día, poniendo la menor voluntad posible en moverse entre las personas y las cosas. Así, dejándose llevar por la inercia, se relaciona con una joven, Elisa, y aunque ninguno de los dos se ama ni se desea, terminan por establecer un noviazgo rutinario que el hombre termina de manera abrupta cuando no puede mantener más esa farsa.

Del mismo modo se entrega a las compras compulsivas, a idear pequeños robos a la empresa donde trabaja, a los viajes de fines de semana en los cuales fotografiarse y hacer alarde de una felicidad que nunca ha conocido. Detrás de estas actividades, continúan las reflexiones del hombre palabra, que lo colocan del lado de la insatisfacción, la infelicidad y el permanente sentimiento de que la vida se le va de las manos.

Otro rasgo curioso en el personaje es cómo manifiesta su preocupación al notar que se está quedando calvo. En otros hombres inútiles las preocupaciones vertidas en una constante autorreflexión apuntan a problemas de corte existencial, al sinsentido de sus vidas o la inminencia de la muerte, al caos del mundo moderno o a los incansables debates sobre la incomunicación humana, como en el caso de Eladio Linacero o de Horacio Oliveira, protagonistas de El pozo y Rayuela, respectivamente. Pero en este hombre, la calvicie será la pauta para una relación de tensión con el propio cuerpo cuando empieza a exhibir los signos irrefutables del paso del tiempo sobre sí mismo. Al principio, su primera reacción ante la calvicie naciente es tomarse fotografías que habrían de corroborar en la posteridad que alguna vez tuvo cabello y luego, cuando disimular más su condición se vuelve inútil, decide raparse y asumir la transformación de su identidad dado que en adelante será por todos llamado “el calvo”.

Así como deja que su cuerpo se vea determinado por la falta de cabello, también se dejará arrastrar por una espiral de circunstancias mezquinas que irá en descenso, hasta que al llegar a lo más bajo, se vea en la calle, sin empleo, señalado como un ladrón por la sociedad y sin mayores posibilidades de encauzar su vida. El contacto con las calles, con otros indigentes y borrachos, es sin embargo lo que habría de modificar su visión de mundo, ya que advierte en ellos al ser humano más genuino, más transparente, más honesto y al que podría llegar a fungir como su público ideal.

Una peculiaridad más tiene lugar aquí, pues es en este punto de la novela, cuando el protagonista ha perdido todo, es que se metamorfosea en el hombre palabra: un indigente y borracho que ya sea en la vía pública, ya en las cantinas, se dedica a lanzar discursos sobre las grandes verdades de la vida. Una vez más es en el cuerpo rebajado, abyecto, alcoholizado y deteriorado por la vida en las calles, que el hombre logra hacerse de la palabra para expresar sus aprendizajes de mayor trascendencia y lo hace desde una bella elocuencia. Por ejemplo, cuando sintetiza lo que la vida ha sido y es para él:

La vida es tan repetida que no es vida. No puede ser vida el retazo que le llega a uno. El hombre consciente de su pequeñez empieza desesperado a pretender vivir, ganar su punto central, ser algo, sentirse alguien, ocupar un lugar, consumir las cosas que se le ofrecen desde las ventanas, tocarse como persona. Entonces trabaja para sí mismo, casi siempre sin saber por qué y cómo lo hace. El hombre es un termómetro de angustias interiores, en que busca su espacio, su tiempo, su lugar, su medida, su reflejo, su propia memoria. Todos queremos ser un cuento, una novela, un poema: algo que nos exprese como historia, algo que nos defina como un pedazo humano. Pero la vida está demasiado ocupada, demasiado llena, tiene muchos significados escritos, lleva colgaduras de modelos por todos los lados en que se la toque. No hay espacio ni tiempo para el hombre que despierta, que empieza a cargar con la conciencia de sí mismo. […] El hombre es un animal que llora y no debe llorar, debe buscar el canto, su canto aunque sea el más espantoso sonido disonante. Seguir: ése es el camino, pasar la nada con los músculos agarrotados y navegar en el río de su propia sangre. Ese río es lo único auténtico de la prosa humana. Y siempre debe recordar que no es bueno ni malo. (116-117)

Por mucho que sus discursos estén llenos a ratos de poesía, a ratos de geniales ideas, no se olvida que su público es una banda de borrachos que sólo le aplaude y le invita tragos o le arroja monedas porque suenan bonitas sus palabras. Así como habla de la vida, de la necesidad de despojarse de categorías, hablará también sobre la pobreza y la riqueza, sobre la necesidad de inventarse un nuevo dios, sobre el orden de cosas que a tantos, como a él, los ha despojado de una vida con sentido. Al final, lo único que le queda a este hombre inútil es un reencuentro con un personaje de su infancia, la vivencia de algo más o menos cercano al amor y una paternidad frustrada que se resuelve en una atroz ironía.

Aunque la figura del hombre inútil continúe después del Boom protagonizando historias de desencanto, frustración y desesperanza, en novelas como la de Naranjo encontramos matices que lo colocan más del lado de la relación con el cuerpo, con la infancia, con una emotividad de hombre que logra expresarse a través de la apropiación de un discurso genuino para él y para quienes como él se han puesto al margen del orden social. Queden estas Memorias de un hombre palabra como un paso más en el recorrido simbólico de una figura que sigue siendo medular para comprender nuestro lugar en el mundo.

Naranjo, Carmen. Memorias de un hombre palabra. 2da ed. San José: Editorial Costa Rica, 1987.


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