Viajar sin instructivos

Toda mi infancia creí que “los grandes”, los adultos, llegaban a serlo mágicamente y de un día para otro al cumplir los treinta años. Tenía la certeza de que al llegar a esa maravillosa edad sucedía la adultez y con ella todo quedaba resuelto. Imaginaba, entre otras cosas, que ser adulto era saber qué hacer cuando los otros se burlaban de ti, era no pedir permiso para perderse en bicicleta las tardes enteras, era disponer del dinero y la libertad para elegir el cereal con más chocolate en el súper y, sobre todo, era el no tener que ostentar todos los días el uniforme de la timidez, los apodos, la inseguridad y el miedo. Eso, pensaba que ser adulto era equivalente a ser feliz.

Tengo trein12042755_704885556311654_348594191980694219_nta y tres años y sobra decir que el cambio mágico nunca tuvo lugar y que ni remotamente había acertado en mis elucubraciones de infancia. La pregunta (¿Qué significa ser adulto?), sin embargo, ha dejado de preocuparme, pero reconozco en ella y en la incertidumbre implícita en su simple formulación, muchos puntos en común con quienes, como yo, nacimos en los ochenta. No los conozco a todos, no me agradan las generalizaciones ni tampoco me gusta hablar de generaciones, sólo quiero decir que percibo ciertas constantes que me vinculan con otros seres por el único hecho de haber crecido en este país en las tres últimas décadas. Son constantes que me importan y con las que me he reencontrado de manera entrañable a través del espectáculo escénico Currículum vitae. Instrucciones para armar, escrito por María José Pasos, dirigido por Nara Pech e interpretado por Ulises Vargas.

A partir de la pregunta ¿qué significa ser adulto?, el espectáculo transcurre en una hermosa dispersión donde se entrelazan la ficción y el testimonio. Digo dispersión sin el menor dejo de menosprecio, pues creo que se trata de una cualidad invaluable para percibir los matices del mundo, para liberarnos del perfeccionismo propio y ajeno, para darnos un respiro y estar en paz con eso, para gozar un poco más del cuerpo y de la vida que somos. La actuación de Ulises Vargas me pareció una síntesis de todo lo anterior, además de una comprometida presencia en escena de principio a fin, pues voz, mirada, cuerpo y movimiento en él, se articularon como un franco testimonio de cada fragmento de vida narrado.

La pregunta que detona la creación del espectáculo nunca es respondida ni tampoco se pretende hacerlo. Es más bien un pretexto para lanzar al escenario las piezas de un gran rompecabezas hecho de detalles, fracturas, secuelas de la educación sentimental (televisiva y musical), ideales frustrados y batallas cotidianas de quienes ahora pertenecemos a esa nebulosa llamada “generación de jóvenes adultos”. A través de la confrontación con estos aspectos, el individuo/Ulises/yo se convierte en proyección del colectivo, pues sus confesiones de infancia, sus miedos, la ruptura con las expectativas de los padres, su titubeante incorporación al mundo laboral, etc., vienen a lanzar los guiños de complicidad con quienes como él hemos llegado hasta aquí pasando por semejantes desventuras.

Quizá el común denominador entre este hombre treintañero y esos otros que nos identificamos con su devenir, sea precisamente la incertidumbre y la dispersión. Si nuestros padres anhelaban y empeñaban todos sus esfuerzos en conseguir una plaza o un empleo seguro, hacerse de una casa y un automóvil propios, fundar una familia, heredar el negocio a los hijos, tener un plan de jubilación; nosotros, muchos de nosotros, reconocemos que ese plan de vida no tiene nada que ver con nuestros ideales. De hecho, tal vez no sabemos a ciencia cierta cuáles son nuestros ideales, si es que los tenemos. No sabemos hacia dónde vamos ni qué será de nosotros en el futuro a mediano y largo plazo, tan sólo contamos con la certeza de no querer repetir el molde anterior.

Tal vez por esto suelen referirse a nosotros con muchos nombres, sin ser ninguno favorable: generación equis, generación ninis, generación en crisis… porque hemos decidido que la vida no es para complacer a nadie que no seamos nosotros mismos, porque tomamos la decisión de ser diferentes, porque nuestro “egoísmo” deriva de haber aprendido, un poco a los madrazos, que la vida es mucho más que una plaza, un sueldo seguro, una casa propia, un perro y un par de hijos; que la vida tal vez se encuentra en otra parte de uno mismo que nada tiene que ver con los esquemas de una sociedad que no puede seguir ocultando sus fallas y se encuentra muy próxima al fracaso o a la revolución.

Además de evidenciar todo lo anterior, C.V. Instrucciones para armar traza un camino paralelo entre los sucesos que han sacudido al país y al mundo en los últimos años (la caída del muro de Berlín, el terremoto del 85 en la ciudad de México, el ataque a las torres gemelas en 2001), con la experiencia individual de quien ha crecido siendo testigo de esa historia. Así, el amor y el desamor, el primer empleo, las decisiones, los gajes de la vida independiente, lanzan hilos sutiles hacia algunos de los horrores que, en medio de esta angustia e incertidumbre, no podemos dejar de mirar. En un tono menos tremendo y mucho más fársico, participa de esta incursión en lo histórico/contextual una crítica a las instituciones sociales y políticas del país, pues ahora más que nunca se erigen como un pésimo chiste del que nos seguimos riendo y al que seguimos perpetuando con nuestra risa.

Al final, decía, no se responde la pregunta y las piezas del rompecabezas se encuentran más dispersas que al principio. Sin embargo, a lo largo del espectáculo el público ha participado, ha emitido su voto, algunos han bailado y los que no, nos hemos mirado en los ojos de ese yo/individuo/Ulises que ha puesto su cuerpo y parte de su historia en la escena. No sabemos aún de qué va el juego este de ser adultos, sólo sabemos que al salir del teatro deberemos seguirlo jugando, que al día siguiente será lunes y que perderemos día a día hasta que entendamos las reglas. La nota menos pesimista en todo esto reside en que uno sale del teatro casi igual de triste, pero sintiéndose un poco menos solo, con la pequeña felicidad de saber que no es el único que decidió hacer de su vida un viaje diferente y único (aunque parecido a otros), uno para el que no se ha escrito aún el instructivo.

*Currículum Vitae. Instrucciones para armar es un proyecto de Síndrome Belacqua e Inmarginales, beneficiario de Fondos Municipales para las Artes Escénicas y la Música 2015 del Ayuntamiento de Mérida, presentado en Tapanco Centro Cultural. Dramaturgia: María José Pasos. Dirección: Nara Pech. Performer: Ulises Vargas. Técnico de audio y asistente: Edgar Estrella. Espacio Escénico: Mauricio Canto. Vídeo y fotografía: Hernán Berny. Diseño gráfico: Jimena Duval.


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