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Nuevo proyecto: Escritoras de la América Hispánica

Les extendemos una cordial invitación a visitar nuestro nuevo proyecto: Escritoras de la América Hispánica, blog que recopilará datos y antologará textos de escritoras hispanoamericanas o latinoamericanas, tanto de las famosas como de quienes no lo fueron tanto tanto, que hayan vivido hasta la primera mitad del siglo XX.

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Cada semana compartimos varias entradas. Hasta el momento contamos con escritos de las siguientes autoras:

También pueden visitar nuestro Mapa de EscritorasAH:

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Reseña de El incidente, de I. Ezban

PosterEl incidente (México, 2014), dirigida por Isaac Ezban (1986), ha generado opiniones contradictorias: algunos aseguran que es una de las mejores películas de ciencia ficción o un excelente thriller de ciencia ficción; otros arremeten contra ella, tachándola de ambiciosa, desordenada y mal hecha; otros más, quizá con cierta suspicacia, no la tildan de buena o mala, sino de atípica, intrigante, sugerente, inquietante, diferente… al menos, en el panorama del cine mexicano. En lo personal, creo que vale la pena ver El incidente, porque la película tiene sus tropiezos, pero no por ello deja de ser una propuesta valiosa por sus amplias miras. Ezban, de treinta años, nació en México en 1986 y hasta el momento su trayectoria se compone de los cortometrajes Subway to Hell Subway to Hell (2007), Kosher Spaghetti (2008), Cookie (2008), Hambre (2009), El secreto de Martín Cordiani (2009), El judío que todos llevamos dentro (2009) y Cosas feas (2010), y los largometrajes El incidente y Los Parecidos (2015). En este año en curso Ezban presentaría otras dos películas: Disturbance y Aztech.

El incidente se organiza al modo de una cadena cuyos eslabones son historias fundadas sobre paradojas y conectadas entre sí a través de los personajes y de un reducido número de elementos (el sonido de una explosión, una mochila llena de objetos que se multiplican diariamente, una pieza musical). En este sentido, es importante hacer notar que se trata de historias sucesivas, no paralelas, como afirman algunos críticos, aunque sí son narradas como si fuesen paralelas. La cinta refiere completas dos historias, si bien sintetiza dos anteriores (la más antigua ocurre en un tren; la siguiente, en una balsa) y anuncia dos posteriores (la inmediata posterior ocurre en un pasillo de hotel, la última probablemente en unas escaleras eléctricas). No obstante, hay un segundo nivel de historias, que sí son paralelas y que ocurren en un universo distinto del que vemos en la cinta. Pocas veces se comenta este detalle, que hace de El incidente una suerte de distopía, como lo explicaré más adelante. Antes, pongo el tráiler por si el lector aún no ha visto la película. De paso, una advertencia: si el lector no ha visto la película y desea ser sorprendido por ella, o si no amante de los spoilers, le sugeriría que mejor no lea los próximos párrafos.

 

 

La cinta comienza con la historia de dos hermanos (Humberto Busto y Fernando Álvarez) asediados por un detective (Raúl Méndez) que va a buscarlos al departamento en donde viven y, cuando éstos huyen por las escaleras del edificio, los sigue con la pistola cargada…

Incidente escaleras

Se escucha el ruido de una explosión (no sé explica qué ocurrió) que congela el tiempo. Casi sin querer, el detective le dispara a uno de los hermanos y mientras los persigue los tres descubren con horror que se encuentran en una Escalera de Penrose. El resto de la historia ocurre en esas escaleras, en un plano vertical ascendente o descendente infinita, y dura 35 años.[1] Los objetos de este mundo vertical se multiplican hasta el hartazgo, brindando alimento a los personajes. El joven/adulto se encarga de mantener en orden los objetos, clasificándolos metódicamente y reutilizándolos (por ejemplo, orinan y defecan en botellas de plástica vacías); en contraste, el adulto/viejo sólo dispone de los objetos.

Escalera de Penrose

Escalera de Penrose

La segunda historia que se narra es la de una familia integrada por una mujer (Nailea Norvid), su esposo (Hernán Mendoza) y los dos hijos de ella (Paulina Montemayor y Gabriel Santoyo), quienes emprenden un viaje por tierra en dirección a la playa.

Incidente carretera

Estando en la carretera deciden hacer una rápida parada en la gasolinera. Escuchan el sonido de la explosión que anuncia el congelamiento del tiempo, y al poco rato la niña padece un ataque de asma… El esposo destroza accidentalmente el inhalador. Pronto la familia descubre que la carretera es una especie de esfera –a mi juicio, no se trata de una banda Banda de Möbius, como algunos han propuesto– sin principio ni final, en donde delante se convierte en atrás, izquierda en derecha, y viceversa.  El resto de la historia ocurre en esa carretera esférica, en un plano horizontal infinito, y dura 35 años.[2] Los objetos de este mundo horizontal también se multiplican hasta el hartazgo, brindando alimento a los personajes, pero, al contrario de lo que ocurre en la historia de las escaleras, el niño/joven ordena los objetos en torno a sí, mientras que los adultos/ancianos los desordenan y terminan por convertirse a sí mismos en despojos.

Esfera

Esfera

He explicado ya cuáles son los dos eslabones centrales de la cadena. Ahora explicaré cómo se unen esos ambos. LE RECUERDO AL LECTOR QUE A CONTINUACIÓN VIENEN LOS SPOILERS. Al cabo de los 35 años de cada historia, el personaje de mayor edad cobra consciencia súbita de la inminencia de su muerte (futuro) al tiempo que de su identidad olvidada (pasado). Uno de los puntos más débiles de El incidente es justo éste, que debería ser uno de los más fuertes, por su relevancia: la epifanía o la revelación (sobrevenida por la frase: “Así somos los viejos, Daniel”), que echa a andar nuevamente el tiempo. La verdad revelada es la naturaleza fantástica o ficticia (de “ciencia ficción”), si se quiere, del mundo construido en la película y de la identidad de los personajes. Por desgracia, la revelación es demasiado prolija: por un lado, demora demasiados minutos en ser enunciada por los personajes (aproximadamente diez minutos); por el otro, la información es excesiva, y este exceso estropea en buena medida la ambigüedad sobre la que está construida la película. Numerosos críticos se han ensañado con este fallo, que les parece imperdonable. No obstante, creo que la saña ha hecho que se pierda de vista la suerte de distopía que yace tras la revelación: el mundo narrado en El incidente existe paralelo y ajeno al mundo en el donde vive el espectador de la película (y el lector de esta nota), y los personajes son una “versión alterna a la realidad”. Este mundo paralelo es una trampa, o algo peor: el movimiento físico y emocional de los personajes que lo habitan sustentan el mundo real, al modo de una maquinaria, un engranaje que con su tracción provee de energía a algo más. El carácter irreal del mundo narrado se materializa en un elemento que, de otro modo, es imposible de explicar: el hámster que aparece en la historia de la carretera y en la del pasillo (no se cuenta, pero se anticipa). Si tuviese que aventurar una fecha para los hechos narrados, serían las siguientes:

  1. Tren:                1914-1949.
  2. Balsa:              1949-1984.
  3. Carretera         1984-2019 (hámster)
  4. Escaleras:        2019-2054.
  5. Pasillo:            2054-2089 (hámster)

Evidentemente, ningún hámster puede vivir semejante cantidad de años (cuanto menos, son 70). Tal vez quepa identificar ese hámster con una tercera forma de temporalidad. Me explico. El mundo en donde el espectador, el lector y yo vivimos es un mundo abierto, lineal, que no se detiene; el mundo de los personajes de El incidente es un mundo semiabierto, eslabonado, que se mueve en lapsos de 35 años; pero del hámster no se dice si existe o no fuera del universo de la película (se supone que los personajes de El incidente tienen un “yo real” que vive en el “mundo real”), y bien podría existir sólo en un mundo cerrado. Lo único que sabemos de animalito es que el tiempo no parece afectarlo, como si nos afecta a nosotros (al espectador, al lector y a mí) y a los personajes de El incidente. Acaso sea significativo que se trate de un hámster –no de otro animal–, pues su elemento característico es el círculo de la rueda en donde suelen entretenerse y ejercitarse. Ofrezco esta interpretación como una lectura personal, ya que no es fácilmente demostrable.

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Hay otro aspecto importante de esa distopía: sugiere que el mundo ficticio está a cargo de “alguien” que lo dispone todo para engañar a los personajes y hacer que los “incidentes” se sucedan. Conviene recordar aquí los significados que, según el diccionario de la Real Academia Española, tiene la palabra “incidir”:

  1. intr. Caer o incurrir en una falta, un error, un extremo, etc.
  2. intr. Sobrevenir, ocurrir.
  3. intr. repercutir (‖ causar efecto una cosa en otra).
  4. intr. Caer sobre algo o alguien.
  5. intr. insistir (‖ repetir o hacer hincapié).

Como vemos, el título de la película concentra la idea de repetición y encadenamiento, así como la de una falta cometida, su repercusión y una coyuntura. Estos elementos se relevan también en la epifanía de los personajes. El esposo y el detective, ya ancianos, les transmiten sus respectivas verdades a los jóvenes que se quedaron “atorados” junto con ellos en la carretera y en las escaleras, previniéndolos de repetir la falta (el incidente) que ellos habían cometido: abandonar un universo espaciotemporal irreal para entrar en otro, en donde enseguida olvidan su nombre y cometen otro “incidente”: la detención del tiempo y una muerte, que generan movimientos físicos y emocionales que siguen nutriendo el mundo “real”. La identidad del creador, inventor o hacedor de esta perversa maquinaria jamás se revela.

Cierro aquí mi comentario sobre El incidente. No analizo los aspectos técnicos o estilísticos de la película porque ya lo ha hecho gente más preparada que yo en ese rubro; tampoco los guiños intertextuales de la película porque ya han sido observados por varios críticos, además de que muchos de ellos son obvios. Me limito a recuperar tres de esos guiños, que son especialmente destacables: la multiplicación de la novela Time out of Joint (1959) de Philip K. Dick –en la cual se da cuenta de un mundo distópico–, la incorporación de la litografía Convexo y cóncavo (1955) de M. C. Escher –está en la casa de la familia de Daniel–, y la referencia la película argentina Moebius (1996) de Gustavo Mosquera, que sería parte de la historia-eslabón más remota a la que alude. Me parece que estos guiños sugieren una línea de lectura e intentan perfilar una filiación genérica.

Time out of Joint (1959) de Philip K. Dick

Time out of Joint (1959) de Philip K. Dick

 

Convexo y cóncavo (1955) de M. C. Escher

Convexo y cóncavo (1955) de M. C. Escher

 

Póster de Moebius (1996) de Gustavo Mosquera

Póster de Moebius (1996) de Gustavo Mosquera

Si el lector tuvo la curiosidad suficiente para llegar hasta esta parte del texto, me atrevería a recomendarle que vea o vuelva a ver El incidente. Como ya dije, tiene fallos –las actuaciones de Nailea Norvid y Hernán Mendoza son malas; la fotografía y la iluminación no funcionan bien en determinados momentos, la edición podría mejorarse, etc.– y aciertos, pero para mí los segundos pesan más que los primeros. Además, se trata de una película a la que la crítica todavía puede sacarles mucho jugo. Por ejemplo, se podría analizar el sentido del contraste que establece entre la juventud y la vejez (este contraste es uno de los más criticados, por su aparente simpleza y porque su planteamiento hace que parezca un prejuicio: la juventud es siempre activa y adaptativa, la vejez es siempre pasiva y reacia al cambio), la concepción de la temporalidad, la tradición estética a la que podría vincularse esta película, su filiación genérica (¿es suficiente o pertinente clasificarla como “ciencia ficción”?), etc.

[1] El detective es interpretado por Gabriel Santoyo (niño), Raúl Méndez (adulto) y Leonel Tinajero (anciano). Uno de los hermanos interpretado es por Fernando Álvarez (joven) y Héctor Mendoza (adulto).

[2] El esposo es interpretado por Santiago Mendoza (niño), Hernán Mendoza (adulto) y Marcos Moreno (anciano). El de la esposa es interpretado por Nailea Norvid y Magda Brugengheim (anciana). SPOILER: el hijo de ésta será después el detective de la primera historia. Así descubrimos que la historia de las escaleras se narra primero pero es posterior, cronológicamente hablando, a la de la carretera.

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El poeta y la ciudad

El pasado sábado 21 de mayo Mario Carrillo Ramírez-Valenzuela recibió el Premio Internacional de Poesía Ciudad de Mérida 2014 por la obra Roldán, poemario donde la voz de este personaje refiere, con bastante desencanto, una suerte de versión contemporánea de la historia del protagonista del clásico poema épico El cantar de Roldán. Aunque la presencia contundente de esta figura atraviese todo el libro, creo que la verdadera protagonista es la ciudad. Una ciudad así sin mayúsculas, puesto que nada grandioso se conserva de ella; una ciudad asolada por la violencia y que en su anonimato se convierte en todas las ciudades posibles y en ninguna. Una ciudad que atrapa y forja los infortunados destinos de quienes en ella habitan.

Digo que la protagonista es la ciudad porque, además, el poemario finca sus cimientos en el espíritu más bien desolado de Rimbaud al contemplar las “Ciudades” de sus Iluminaciones (1886); ahí donde tienen lugar las “concepciones más colosales de la barbarie moderna” y donde “sobre las plataformas en medio de los abismos los Roldanes tañen su bravura”. Poco más de un siglo después, el poeta vuelve a cantar a la ciudad para librar la batalla de una barbarie absurda, con un Roldán que rueda “hacia las aguas tísicas del mundo”.

Desde la primera parte del poemario, “Roldán habla”, nos ubicamos en esa ciudad protagonista, inhabitable:

Vivimos en alerta constante. Todos los días se libran batallas encarnizadas en distintos puntos del territorio. Huestes organizadas emponzoñan el aire de la convivencia. Nadie puede guarecerse de la desgracia que acecha tanto en las principales urbes como en poblados anónimos. La violencia incrementa en su vorágine de huracán. Se practican nuevos y refinados métodos de tortura. Los bandos son indiscernibles.

Cristalina es el agua hirviente de la brutalidad.

Hirvientes son los cristales de la esperanza.

¡Aconsejad vosotros, sabios,

y evitadnos la muerte y la afrenta! (11)

Aquí, la voz de Roldán inicia su canto muy lentamente, como si apenas se reconociera en ese deambular donde “diseccion[a] el ritmo de [sus] pasos”. Es un inicio también, donde la interpelación al padre y al abuelo se articula como una despedida a través de la memoria que lamenta el pasado perdido.

“Roncesvalles” y “Batalla de Roncesvalles” son las partes medulares del poemario. En ellas, el canto de Roldán se construye con las grietas, las calles, los parques y las aves oprimidas de una ciudad en contienda, de la que él mismo ya es una parte inherente:

                   Quisiera empuñar una lanza de palabras

contra el desconsuelo pintado con grafitis

en los muros y casas familiares.

No cabe tanta tristeza entre mis manos,

se desborda con abundante ferocidad.

No puedo pararla. Brota y transpira

agua tísica en mis grietas interiores. (24)

A pesar de que el espacio es sino y decadencia previo a la batalla, aún guarda un breve resquicio para invocar al amor, para llamar al “perfume cálido” del nombre de la amada o añorar “las trenzas de [su] alma”, para mirarla en los mercados escogiendo frutas y pedirle que acepte esta canción desolada.

Como en el poema clásico, puede más el orgullo de Roldán y aquí, sobre todo, la ira y el odio guardados por largo tiempo: “¿Y qué hago yo con tanto rencor desparramándose,/abierto como la herida de una manzana;/ colosal y funesto,/beodo cerco ante los llamados de la gente?” (40), se pregunta Roldán. Y no atina más que a sembrar ese odio y perpetuarlo. El encontronazo con la vida es inevitable, lo mismo que el fracaso y la muerte del héroe que no puede ser tal ante una ciudad funesta, devoradora, implacable, hundida en la abyección.

El poemario finaliza con la agonía del personaje a lo largo de tres poemas que son conclusión y despedida, balance de lo que Roldán ha hecho y lo que no, afirmación de una muerte simbólica cuando dice “Me ahogo en la sed de ser” (53). Sin embargo, poco antes de su muerte, el canto deja apenas un diminuto resquicio por donde se cuela la esperanza en medio de esta batalla sórdida en que se ha convertido la ciudad. Roldán se despide de Oliveros, el sensato y prudente compañero y en quien aún es posible renovar la vida:

         ¿cómo hablarte de la necedad de vivir?

si tú has sido prudente, te has armado

con las flores de la vida.

Retiraste de tu lengua las espinas del odio,

las arrojaste al piso vomitado de un bar

donde se hicieron ovillo como las escamas

de una serpiente siempre nueva;

A su lado escupiste las piedras

escondidas tras tus dientes

y sin titubear

le diste el último trago a la noche.

[…]    Llevas, Oliveros, la cicatriz de la risa como un estandarte. (51)

Y así es cómo concluye esta nueva batalla de Roldán y así es como a veces uno constata que la poesía puede ser guerra, odio y esperanza, muerte y renovación en las ciudades terribles que habitamos.

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Centro Cultural Lorca

13062060_1332153390144584_9210052797944083105_nHacia la década del 20 del siglo pasado inicia la carrera teatral de Manuel Fernández Trava (1898-1985) con la dirección de la obra Amor tardío. Esta obra será sólo el inicio de una vida dedicada al teatro y al arte, pues además de su desempeño como director teatral, fungió también como actor, docente, declamador, dramaturgo, y fue uno de los fundadores de la Asociación Artística Peón Contreras y la Asociación artística Yucatán. Su pasión por el teatro lo llevó a dirigir alrededor de sesenta obras teatrales con el grupo de Bellas Artes y el “Antonio Mediz Bolio”; así como a promover giras y representaciones teatrales en el interior del Estado. A modo de homenaje y en un intento por continuar con la labor cultural de esta figura, la familia Fernández Huchim crea en 2014 la “Fundación Cultural Fernández Trava”, cuyo proyecto principal a lo largo de estos dos años ha sido el Centro Cultural Lorca.

Ubicado en un fraccionamiento de reciente creación (Gran San Pedro Cholul), el Centro Cultural Lorca fue diseñado como un espacio interdisciplinario, pero sobre todo como un espacio acogedor. La idea originaria era que se mantuviera como un proyecto familiar y por eso cuenta con diversas áreas para escuchar música, charlar y tomar café, estudiar, consultar libros o hacer uso de la conexión a internet en un ambiente relajado y administrado por la familia Fernández Huchim.

Entre los servicios que ofrece el Centro Cultural Lorca se encuentra el de la Biblioteca “Manuel Fernández Trava”, inaugurada formalmente en octubre de 2015 y la cual cuenta con un acervo de alrededor de 3000 títulos que comprenden literatura infantil, volúmenes de consulta (diccionarios, enciclopedias), cómics y, en especial, libros de literatura, teoría y crítica literarias y teatro. La consulta de los libros es gratuita en las instalaciones del Centro Cultural y para préstamo a domicilio sólo es necesario tramitar una credencial presentando una copia de comprobante domiciliario, una de identificación oficial y cubriendo la cuota de 50 pesos al semestre. A la par con la disposición del acervo bibliotecario, todos los miércoles hay un Círculo de lectura gratuito en el que se leen obras de teatro y se charla al final sobre lo leído.

Además de la Biblioteca, este espacio cuenta con una videosala con capacidad para 20 personas en butacas tipo estadio, en la que se proyectan películas de temática diversa los viernes, sábados y domingos. Además de la cartelera mensual, el primer jueves del mes de mayo dio inicio el Cine Club de Lorca con un ciclo de ciencia ficción dirigido por Jorge Carlos Cortázar. La videosala además puede ser rentada para funciones privadas.

Como espacio interdisciplinario, el Centro Cultural Lorca ha dispuesto áreas específicas para las artes plásticas, pues tiene un taller y una galería. Así también, ha abierto al público una colección de discos de vinilo y un tornamesa para quien desee ir a escuchar música. Como complemento a lo anterior, cuenta con un área de cafetería con café de especialidad, bebidas frías y galletas.

A lo largo de ya casi dos años de haber abierto sus puertas, el Centro Cultural Lorca ha ofrecido talleres y cursos a la comunidad, entre los que se encuentran un curso de escritura autobiográfica, de encuadernado, de decoración de interiores, de arquitectura para niños, de fotografía, de teoría literaria y de redacción, entre otros. A la par con estas actividades, la Fundación Cultural Fernández Trava ha celebrado convenios de colaboración con otros grupos e instancias culturales y educativas, como la Asociación de Estudios Literarios y de Cultura, la Escuela Superior de Artes de Yucatán y la Universidad Modelo; con éstas dos últimas los convenios han estado enfocados a facilitar las labores de servicio social de los estudiantes de las licenciaturas en Artes Plásticas y Literatura. Una labor importante la realiza el colectivo Miranfú, quienes actualmente coordinan una actividad de promoción de la lectura entre los niños con un “Cuenta cuentos” que se lleva a cabo todos los jueves en el Centro Cultural Lorca, así como actividades mensuales también dirigidas a un público infantil.

Esta breve presentación tiene la finalidad dar a conocer el origen y lo que tiene para ofrecer el Centro Cultural Lorca como una forma de continuar con la labor iniciada hace casi cien años por Manuel Fernández Trava.

Para quien esté interesado en conocer más sobre el Centro Cultural Lorca, puede consultar la página de Facebook: https://www.facebook.com/fundacionculturalfernandeztravaAC/ y próximamente su página web.

 

*Datos sobre la trayectoria de Manuel Fernández Trava tomados de: Bello, Guadalupe. Así pasen cincuenta años. Historia del teatro experimental en Mérida, 1942-1992. Mérida: Universidad Autónoma de Yucatán, 1994.

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Comentario a La sospecha, de Dürrenmatt

la-sospecha-friedrich-durrenmatt-190611-MLC20598899031_022016-OLa sospecha, del escritor suizo Friedrich Dürrenmatt (1921-1990), es una obra singular. En un principio, varios de sus elementos sugieren que se trata de una “novela negra”: Hans Bärlach, un viejo comisario recién jubilado, a quien acaban de practicarle una intervención quirúrgica de la cual apenas se está recuperando, se topa por casualidad con una fotografía de 1945 que despierta en él una vehemente inquietud que lo llevará a emprender por cuenta propia una última investigación, cuyo centro de atención será el médico Fritz Emmenberger, propietario de una lucrativa clínica privada; Bärlach sospecha que Emmenberger es, en realidad, el cruento médico nazi Nehle, famoso por su sadismo y por realizar operaciones sin anestesia en Stutthof (Ciudad libre de Dánzig, actualmente Gdansk, Polonia), el primer campo de concentración construido fuera de Alemania por los nazis. Este campo existió y hoy un museo lleva su nombre: Museo Nacional de Stutthof.

Campo de concentración de Stutthof en 2008. Fuente: Wikipedia.

Campo de concentración de Stutthof en 2008. Fuente: Wikipedia.

Las acciones narradas en la novela tienen lugar en Berna y en Zúrich, Suiza, durante los últimos meses de 1948 y los primeros de 1949. Sin embargo, a diferencia de lo que ocurre en la gran mayoría de las llamadas “novelas negras” o detectivescas, la sospecha de Bärlach se confirma casi en las primeras páginas… Emmenberger es Nehle, pero esa información es lo de menos. Lo verdaderamente interesante de la novela está dado en los diálogos de los personajes, en su enfrentamiento y, a la vez, en sus encuentros… si acaso los hay. La novela entraña una verdad terrible y simple: la naturaleza humana es el misterio más profundo de cuantos nos quitan, o pueden quitarnos, el sueño.

Desde sus primeros asedios a Emmenberger-Nehle, Bärlach cuenta con el apoyo de Samuel Hungertobel, también médico y amigo muy cercano del comisario. Los demás personajes que completan el mundo narrado son igualmente extraños. Gulliver es “un judío gigantesco, vestido con un viejo caftán, cubierto de manchas y raído” (40), quien por azares del destino sobrevivió a algunos campos de concentración –incluido el de Stutthof– y a algunos de los peores ejemplares de la humanidad –incluido Nehle–, por lo que se ha convertido en un muerto, un fantasma, un espectro; Fortschig, un periodista mediocre y alcohólico, inconforme con su miserable situación pero dispuesto a venderse al mejor postor; Kläri, la enfermera que recibe a Bärlach cuando éste se interna con un nombre falso en la clínica dirigida por Emmenberger, con la intención de desenmascararlo; la notoriamente guapa doctora Marlok, adicta a la morfina, amante de Emmenberger y, paradójicamente, judía sobreviviente del campo de concentración de Stutthof; y un “enano” animalesco que a ratos se comporta como una mascota, y a ratos como un asesino a sangre fría.

La novela está dividida en dos partes: la primera ocurre en Berna a finales de 1948, y la segunda en Zúrich, en los primeros días de 1949. En una ingenua jugada ofensiva, Bärlach comete un error colosal que lo expone ante Kläri, Marlok y, por supuesto, ante Emmenberger-Nehle. En cuanto advierte su error, el comisario también advierte que ha puesto en peligro a Fortschig y a Hungertobel, pero no tiene forma de enmendar su falta. Sin perder el tiempo, Emmenberger-Nehle manda asesinar al primero, planea asesinar al segundo y le anuncia al propio Bärlach que lo asesinará en cuestión de horas… A partir de entonces, el relato se convierte en un discurso a contrarreloj. Las últimas páginas son, en teoría, las últimas de la existencia del viejo comisario. Asumiendo que Bärlach pronto estará bajo tierra, Kläri, Marlok, y aun Emmenberger-Nehle se permiten hacerle confesiones terribles, brotadas de lo más oscuro e implacable del corazón humano. Gracias a esta ronda de confesiones, La sospecha termina por convertirse en algo más que una simple “novela negra”: nos presenta con sereno espanto algunos de los peores repertorios de lo humano que el siglo XX, el funesto siglo XX, se encargó de desplegar.

Cierro este brevísimo comentario recomendándole al lector curioso esta novela que, pese a su aire ingenuo, es un bofetón con guante blanco. En mi opinión, el libro vale mucho la pena.

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Tomando la palabra

Porque crecí escuchando en voz de mi padre que una mujer debía ser ante todo madre, esposa, profesionista y por último mujer. En ese orden.

Porque crecí escuchando que las “damas” no insultan, no beben alcohol y no fuman.

Porque cuando tenía trece años un hombre vino a hablar con mi padre para casarse conmigo. A cambio de mí, el hombre ofrecía dos costales de maíz, no sé cuántas botellas de aguardiente y algunas gallinas.

Porque cuando me propuso matrimonio me prometió que si aceptaba yo tendría por fin un nombre y un lugar en la sociedad. Yo era entonces madre soltera.

Porque cuando tenía ocho años un chico de doce me invitó a jugar a su casa y al llegar a su habitación se bajó los pantalones y me mostró su pene. Justo después me quiso obligar a quitarme la falda para que él me viera. Lo empujé y salí corriendo.

Porque saliendo de una clase de maestría un hombre se me echó encima, me tocó los pechos y se aferró a mis caderas intentando arrancarme la ropa. Porque por mucho que yo gritaba nadie se acercó a ayudarme y apenas logré soltarme golpeándolo con mi computadora.

Porque cuando yo tenía once años el novio de mi mamá se colaba en mi habitación cada vez que ella se iba a trabajar y me obligaba a tocarlo. Porque cuando se lo conté ella no me creyó. Porque después de un tiempo de soportar su acoso y ver que no se iba a detener nunca opté por suicidarme.

Porque cuando decidí estudiar una maestría mis padres sólo atinaron a preguntarme “¿y el novio para cuándo?”

Porque cuando mi madre descubrió que yo tenía relaciones sexuales con mi novio me sacó de la casa y me desconoció como su hija. Porque además, mis padres me obligaron a pagarles todo lo que habían gastado en mi educación hasta entonces.

Porque cuando me fui a vivir con mi novio, mis padres me retiraron la palabra durante un año.

Porque mi maestro de biología en la preparatoria me obligaba a quedarme después de la clase con el pretexto de explicarme mejor el proceso de la reproducción humana; y lo hacía mirándome todo el cuerpo, refiriendo detalles por demás específicos y chupándose los labios.

Porque en la universidad un maestro nos dijo, a mí y a mis compañeras, que por lo menos “eso aprendiéramos a hacer bien” cuando le pedimos permiso para ir a una charla sobre sexualidad.

Porque en la maestría mi asesor de tesis llegaba borracho al instituto y me acosaba.

Porque cuando asaltaron el camión en el que iba a Oaxaca, los asaltantes me violaron.

Porque cuando asaltaron el camión en el que iba a Champotón, los asaltantes me violaron.

Porque en el camión de camino a Chetumal el hombre sentado junto a mí se masturbaba sin quitarme la vista de encima.

Porque cada vez que viajo en camión tengo miedo de nos asalten y me violen.

Porque en una fiesta, estando inconsciente, mi primo me violó.

Porque mi medio hermano se metía en mi cama y me tocaba.

Porque nunca he podido caminar tranquilamente las calles de cualquier ciudad de mi país sin escuchar algún comentario obsceno sobre mi cuerpo o mi persona.

Porque hay mujeres que me consideran una puta.

Porque aún sigo escuchando que todas las mujeres somos unas putas.

Porque desde que yo era niña mi tía se esmeró en enseñarme que “un hombre se puede revolcar en la mierda, salir, limpiarse y seguir siendo hombre; pero una mujer no”.

Porque cuando fui a denunciar al hombre que me acosaba sexualmente en el trabajo lo primero que me preguntaron fue “¿cómo iba vestida a la oficina?”

Porque en la computadora de un colega de trabajo encontré videos que él había hecho con su celular grabándome mientras yo estaba en el baño. Porque después supe que no sólo tenía videos de mí, sino de otras varias compañeras.

Porque saliendo de la escuela por la noche un hombre me empezó a seguir y yo intenté huir subiendo las escaleras del paso peatonal. Él me alcanzó y forcejeamos. Sólo me liberé de él al patearle la entrepierna. Él me empujó y yo caí por las escaleras. El comentario del médico fue que “por fortuna no me había mancillado”, aunque perdí definitivamente la movilidad en un brazo, se me rompieron algunas costillas y una cicatriz enorme me atraviesa desde entonces la frente, la nariz y parte de una mejilla.

Porque estando sola en la casa mi hijo me mató.

Porque mi novio me violó, me golpeó y me tiró al pie de una carretera.

Porque cuando me declaré lesbiana me dijeron que yo era un desperdicio.

Porque cuando he llegado de mal humor al trabajo, mis colegas comentan que se ve que no me han cogido bien o que estoy en mis días.

Porque he perdido la cuenta de la cantidad de obscenidades que me han gritado en la calle.

Porque me acostumbré a caminar en sentido opuesto a la dirección del tránsito por miedo a que me “levanten”.

Porque dejé de salir sola por las noches.

Porque mi novio me dejó cuando le dije que no necesitaba que él me cuidara.

Porque mi novio no se cansa de preguntarme con cuántos hombres he estado y quiénes son.

Porque mi novio me dio un par de bofetadas cuando le dije que aún no quería acostarme con él.

Porque mi novio “se da una vuelta” por los lugares donde le digo que estaré con mis amigas. Él dice que lo hace para “cuidarme y ver que todo esté bien”.

Porque a mi novio no le parece que yo me vista “así”; porque revisa mi celular, mis correos electrónicos, mis perfiles. Porque no me deja hablar a solas con otros hombres.

Porque cuando empecé a salir con un chico nos estuvimos besando largo rato y cuando yo le dije que no quería tener relaciones sexuales ese día, él me dijo: “ahora te aguantas, para que andas calentando”. Y no me dejó ir hasta que terminó.

Porque aún hay demasiados anuncios publicitarios donde el objeto de compra, venta y posterior desecho sigue siendo la mujer.

Porque debo ser delgada, debo ser “femenina”, debo estar siempre arreglada, debo saber comportarme.

Porque mi esposo alardea en las fiestas que “la casada” soy yo y no él.

Porque mi deber como esposa es “complacer” a mi marido todos los días.

Porque sigue siendo mi culpa que me acosen, me violen y me maten.

Porque no debo vestir así, porque no debo bailar así, porque no debo beber en exceso, porque no debo tener tantos “amigos”… porque si lo hago, entonces, la culpa es mía.

Porque hace falta aquí un largo e interminable etcétera…

 

Porque en estas líneas se resume mi primer acoso, mi experiencia y la de varias amigas, hermanas, primas, tías, mujeres con las que he coincidido a lo largo de mi vida.

Porque estas historias siguen siendo las de muchísimas mujeres todos los días.

Porque fuimos convocadas a compartir nuestro primer acoso, me puse a recordar y una avalancha de anécdotas, mías y de otras mujeres, se me vinieron encima. Elegí resumir algunas para atender a la convocatoria, pero también para dar voz a quienes ya no pueden manifestarse. Tal vez ellas, dondequiera que se encuentren, descansen en paz; nosotras aquí, no.

Porque sé que hay diversas formas de levantar la voz y hacer visible lo que se ha asumido como “normal”: tomando las calles, tomando las redes sociales, tomando la palabra.

Por todo esto y por lo que no cabe en estas breves páginas, nos manifestamos.

Vivas nos queremos y libres también.

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Soñar con el diablo

Capilla sixtinaUna de las grandes obsesiones del ser humano ha sido la búsqueda de un sentido para explicar el curso de este devenir que llamamos vida. Sin llegar nunca a nada concluyente, en el camino siempre nos detenemos en la encrucijada donde se vuelve necesario aceptar si nuestros días se definen por decisión o por destino –fatalidad dirán muchos–; si realmente la sucesión de acontecimientos que dan forma a nuestra historia personal ha sido producto de nuestra voluntad o de un orden ajeno, superior e inexplicable. Las posibles respuestas a esta interrogante no tienen mucha relevancia, lo importante es advertir que la duda ha estado y estará en nosotros a flor de piel, todos los días, a cada momento, como una maldición.

Con esta lógica, a veces cínica, otras veces feroz y brutal, se desarrolla la vida de John Grant, protagonista de Pánico al amanecer (1961) del escritor australiano Kenneth Cook (1929-1987). Lo que en un principio se proyecta como una monótona travesía desde un recóndito poblado en el “Dead Heart” australiano hasta Sydney, pronto se transforma en un viaje hostil, signado por un aparente azar, por una serie de encuentros fortuitos que sólo llevan a Grant a sumergirse en lo más profundo y terrible de sí mismo.

El título del libro es tomado de una antigua maldición que reza así: “Que sueñes con el diablo y sientas pánico al amanecer”. La novela se articula como una constante tensión entre fatalidad y decisión, pues pareciera que una fuerza invisible hubiera arrojado estas palabras sobre John Grant al inicio de su viaje, pero también hubiera dejado cabida para que el personaje decidiera cambiar la dirección de los acontecimientos. La vida de Grant es demasiado anodina, es un hombre elemental, profesor en la única escuela en un pueblo minero perdido en las profundidades desérticas de Australia. Su más grande aspiración al salir de vacaciones de verano, es pasar seis semanas frente al mar de Sydney, juntando fuerzas y voluntad para volver al pueblito desértico, Tiboonda, y sobrevivir un año escolar más.

Entre un calor sofocante y una serie de conversaciones rutinarias transcurre la primera parte del viaje. Grant ha llegado al poblado más próximo después de seis horas en tren: Bundanyabba, sitio reconocido por su chovinismo, su cantidad ingente de bares y los pocos sitios de entretenimiento que ofrece, así como la presteza de sus habitantes para convidar a cualquier a tomarse una cerveza. Para fortuna de Grant, Yabba es sólo una escala en el trayecto hasta Sydney, y él intenta sobrellevar esa única noche en la ciudad sin mayores contratiempos, socializando lo mínimo necesario para encontrar un sitio donde cenar y pasar el tiempo hasta la mañana siguiente en que tome el vuelo directo a su destino final. Sin embargo, en su visita al primer bar que encuentra en su recorrido por la ciudad, se ve envuelto en una conversación trivial que no sólo lo lleva a la embriaguez repentina, sino que culmina en una mesa de apuestas.

Muy semejante en sus razonamientos a El jugador de Dostoievski, Grant se ve seducido hasta el extremo por la adrenalina que en él fluye al verse a punto de duplicar su escasa fortuna o perderlo todo. Previsible es que lo pierde todo y en adelante, así con apenas unos cuantos centavos en la bolsa, los días del personaje en Yabba se sucederán en una bruma de inconsciencia alcohólica y encuentros con personajes extraños que irán poniendo a prueba los límites de Grant. De un momento a otro, ese profesor sencillo y sin muchas aspiraciones se encuentra a sí mismo participando en una cacería de canguros, disparando un rifle desde una camioneta en movimiento y apuñalando incontables veces a un marsupial indefenso; su mente se pierde en lo que parecen ser los recuerdos de una orgía con sus compañeros de cacería y los desvaríos provocados por la inclemencia del sol, el calor, la sed y el hambre. Su vida se encuentra de repente muy lejos aún de las ansiadas vacaciones en la costa y muy cerca del infierno.

Más allá del desenlace, que no deja de ser increíblemente irónico, Grant se cuestiona a sí mismo al final de la travesía, cuando ya no le queda nada por hacer, cómo es que llegó a esos extremos. Finalmente se da cuenta de que pudo haber tomado una decisión distinta, sin embargo, una vez echado a andar el curso de los hechos “una cosa había llevado a la otra. Nada de lo ocurrido había sido necesario, pero cada acontecimiento llevaba en sí la semilla que iba a dar origen al siguiente suceso” (170). Lo que más impresiona al personaje no es tanto el curso de los acontecimientos según las decisiones, sino las posibilidades de actuar cuando uno elige el camino de la maldad y encontrarse vivo para pensar en estas cosas:

“Y puedo ver con mayor claridad que, incluso escogiendo el camino de la maldad, los acontecimientos que desencadena una persona pueden, llegado cierto punto, tornarse en una forma de cordura de la que obtener ventajas, si así se desea […] lo que no consigo ver es por qué me está permitido seguir con vida y saber estas cosas” (188)

 

 

El título original de Pánico al amanecer es Wake in fright, fue publicada originalmente en 1961 y llevada al cine en 1971 por el director norteamericano Ted Kotcheff. La traducción al español por Pedro Donoso es de 2011 y está editada por Seix Barral.