Las mujeres de los sabios

482px-Socrates_and_XanthippeSe cuenta que Sócrates contrajo matrimonio a una edad avanzada con una mujer iracunda llamada Jantipa: “malhumorada y pendenciera”, informa el romano Aulo Gelio, y “brava y riñosa”, a decir de Erasmo de Rotterdam. Diversos autores han referido graciosas anécdotas que muestran la paciencia con la que Sócrates soportaba las injurias de su joven esposa. El sufrido varón, luz de su casa y de la calle, aseguraba que, al ejercitar en su morada el arte de la paciencia, se adiestraba para soportar fuera todo tipo de insolencias e injurias (Aulo, 69). En una ocasión, enfadado por haber reñido mucho con Jantipa, se sentó con ánimo apacible fuera de su morada para huir de las recriminaciones. Pero el filósofo no calculaba que su tranquilidad encendió aún más los ánimos de su mujer, quien terminó por arrojarle un bacín de orines. Los vecinos, que observaron todo el espectáculo, no pudieron detener la risa por ver todo empapado de inmundicias al filósofo, quien, en vez de indignarse, también rió con ellos diciendo: “Bien lo adivinaba yo que tras tantos truenos la lluvia había de seguir” (Erasmo, 51).
En otra ocasión, cuando Alcibíades amonestó a Sócrates por sufrir a su mujer, el sabio le preguntó a su acompañante: “¿Tú no sufres en tu casa el estruendo de las gallinas que cacarean?”. “Así es verdad –contestó Alcibíades- mas las gallinas dan huevos y pollos”. El filósofo entonces respondió: “También mi Xantipa me pare hijos” (Erasmo, 52). La señora de Sócrates pasó a la historia no sólo como un temible basilisco, sino equiparable -por su fertilidad- a un ave de corral, una carga que había que aguantar porque aseguraba descendencia. Quizás Jantipa tenía razones de sobra para estar enojada, tal vez era víctima de severas críticas y chismes por parte de sus vecinos y conocidos, basta recordar que su esposo le advertía a sus discípulos que las costumbres de una mujer “mal acondicionada” había que sufrirlas. Sin embargo, dado el lugar que ocupaba el género femenino en la sociedad griega de esos tiempos, del punto de vista de Jantipa nada sabemos.
En la Edad Media, se popularizó una leyenda que fabulaba sobre los problemas que enfrentó otro gran filósofo a causa de una mujer: Aristóteles, protagonista de esta historia, fue víctima del amor, “que a todos prende y envuelve en su abrazo” (Henri, 15). Según el imaginario de la época, Alejandro Magno le dedicaba demasiado tiempo a una “amiga”, dueña de su espíritu. Aristóteles, inquieto porque su discípulo dejaba de atender las obligaciones del gobierno, lo reprendió diciendo: “Pienso que ciego sois/ y se os puede llevar a pacer con las bestias. Tenéis trastornada la cabeza/ si por una muchacha extranjera se nubla/ de tal manera vuestro corazón/ y recobrar no puede la mesura” (17). Alejandro confiaba en el sabio e intentó alejarse de su dama, pero su deseo no disminuía, por el contrario, el “miedo y la inquietud de no verla dominan/ su voluntad. No puede disipar su recuerdo/ aunque deje de verla” (18). La joven, al enterarse de la reprimenda del filósofo, planeó vengarse del “encanecido y macilento maestro”, que poco sabía de los mandatos del deseo, y le aseguró a Alejandro: “podréis presenciar que ninguna dialéctica/ ni gramática acude en su socorro”.
La dama, “que Natura había hecho perfecta”, se presentó al pie de la vivienda de Aristóteles, y comenzó a entonar bellas canciones de amor. El filósofo pronto quedó embelesado por su hermosura: “¿Qué pasa con mi pecho? –se preguntaba Aristóteles- Amor me va perdiendo. Y viendo que no puedo/ librarme de él, que pase lo que debe pasar./ Venga Amor a alojarse” (23). Esta famosa leyenda, que recupera varios preceptos del código aristocrático de amor cortés, se conservó en el Lay de Aristóteles, una composición del siglo XIII, atribuida al trovador Henri d’Andeli.
En el finamor o amor cortés, la dama o dona es la imagen que perfora el corazón del hombre y lo enciende en deseo. En un juego de fatalidad, el amante le promete su servicio a una mujer inalcanzable –casada, de manera frecuente, con el señor o rey del cual el caballero es súbdito-, que también podía ser cautiva del amor, pues la pasión vulnera “con su ardiente saeta” y “sale ninguno bien librado./ Y la moza a su vez es poseída/ por todos los ardores que arrebatan su pecho” (Henri, 16). Asimismo el caballero enamorado debía ser prudente, discreto, capaz de correr aventuras para demostrar su ardor y conseguir el afecto tanto emocional como carnal de su ama.
El Lay de Aristóteles comienza como una canción cortés que refiere el aristocrático amor de Alejandro, pero pronto se descubre un ánimo humorístico que rompe con el cerrado código del finamor. Una vez que Aristóteles conoce a la joven que conquistó al rey de Macedonia, el filósofo ya no es el sabio riguroso, sino un enloquecido anciano –figura que era ridiculizada desde la Antigüedad, pues toda joven linda, decían los doctos, exige un vigoroso compañero- que arde ante el esbelto y magnifico cuerpo de una doncella.
Mientras la dama era un agente pasivo en las canciones trovadorescas, la mujer de El lay de Aristóteles logra lo impensable gracias a su astucia. Cuando Aristóteles, ávido de poseer a su amada, le solicita sus favores, esta le impone una condición: se los concederá, si el filósofo le consiente cabalgar sobre su espalda cual si fuera un corcel. Como el yugo del amor lo deja indefenso, lo enloquece y consume su razón, al anciano no le importa actuar de manera ridícula, “deja le coloquen encima una silla jineta”, y es montado por la intrépida dama. Alejandro, quien observaba divertido las argucias de su amada, increpa al filósofo: “Vos, que me prohibisteis verla, ¡estáis ahora tal punto mermado que ni una pizca guardáis de juicio y os comportáis igual que una bestia”. A Aristóteles no le queda más remedio que aceptar, una vez vivido estos embates, que cuando Amor llega, “Natura borra lo aprendido”. Y Henri d’ Andeli concluye su canción advirtiéndonos que si el amor -ese mal amargo y a la vez agradable- doma hasta al “Maestro en toda ciencia”, nosotros que somos mucho menos sabios no podemos negar su poder, pues mientras dure este mundo, “Amor todo lo vence y lo seguirá haciendo”.
La graciosa anécdota de Jantipa y la leyenda de Aristóteles desacralizan a los dos magnos filósofos, y se ríen de las convenciones sociales de su tiempo. La perspectiva marginal de la mujer, la acentuación de la vida cotidiana en vez de los altos vuelos del espíritu, abaten la solemnidad de los monumentos de la filosofía: los cubre de orines, los cabalga, los deja sin dialéctica y gramática, y quiebra la seriedad de la perspectiva dominante que rige el mundo.

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Bibliografía
Aulo Gelio. Noches áticas. España: Alianza Editorial, 2007.

Duby, Georges. “El modelo cortés” en Historia de las mujeres. La edad media, la mujer en la familia y en la sociedad. México: Taurus, 1992.

Erasmo de Rotterdam. Apotegmas de sabiduría antigua. España: Edhasa, 1998.
Henri d’Andeli. El lay de Aristóteles, Trad. José Luis Rivas. México: Auieo, 2011.


4 respuestas a “Las mujeres de los sabios

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