La historia postergada

literaturaHasta la fecha la crítica y la historiografía literarias de Hispanoamérica han sido incapaces de resolver de manera satisfactoria los diversos problemas que plantean a los estudios literarios, por ejemplo, los textos prehispánicos, los documentos forenses de los virreinatos, las obras narrativas de los siglos XVI al XVIII, varios de los escritos generados durante los movimientos independentistas del XIX, los textos de carácter oral y popular, así como las obras redactadas en otros idiomas, una parte de la producción caribeña, la obra escrita por autores hispanoamericanos exiliados en el extranjero, etc. Esta situación deriva, entre otras cosas, de la falta de acuerdo al definir al doble estatuto de los mismos textos: ¿son literarios e hispanoamericanos?

Para responder a esta pregunta, que se considera insalvable, la gran mayoría de críticos e historiadores de la literatura hispanoamericana ha optado por dos caminos: uno es fijar el inicio de nuestra literatura en los relatos y testimonios en lengua española producidos tras la invasión europea de 1492, y la otra es fijar su nacimiento junto con el de los Estados hispanoamericanos en el albor decimonónico. Pese a sus diferencias, las dos posiciones conciben nuestra historia literaria como una historia monolingüe, en español —significativamente la lengua del conquistador—, que niega o margina la resonancia de otras lenguas en su seno, ya sean amerindias o europeas. Pocos han asumido el reto de pensar el lugar de los textos “raros” en relación con el corpus literario hispanoamericano.

En 1954, siguiendo la ruta trazada diez años antes por Pedro Henríquez Ureña en Literary Currents in Hispanic America (1945), Enrique Anderson Imbert declaraba: “Literatura, sólo literatura. Y la literatura que vamos a estudiar es la que, en América, se escribió en español. No ignoramos la importancia de las masas de indios. Pero, en una historia de los usos expresivos de la lengua española en América, corresponde escuchar solamente a quienes se expresaron en español”.[1] Esta resolución, aunque categórica y reduccionista, fue bien recibida en la academia y marcó el derrotero de muchas futuras historias literarias hispanoamericanas. No obstante, los tres criterios adoptados por Anderson Imbert (idiomático, cultural y literario) en su Historia de la literatura hispanoamericana para delimitar las fronteras del corpus son altamente problemáticos. Veamos por qué.

En primer lugar, el criterio idiomático destierra de nuestras letras más de cinco siglos de producción en lenguas indígenas, aparte de las obras en latín, como las de Rafael Landívar e incontables religiosos novohispanos; en inglés, como las de William Henry Hudson; en francés, como las de la condesa de Merlin, Lautréamont o algunas de César Moro; en italiano, como las de Juan Ignacio Molina y los jesuitas desterrados, etc. Y el criterio idiomático genera otros inconvenientes: ¿debemos excluir la Rusticatio mexicana de Landívar, aunque sea la evocación poética de la patria de un criollo en el exilio? ¿O dejar a un lado Mes douze premiéres années, en donde la condesa de Merlín relata precisamente los años de su vida en Cuba? ¿O contar en el repertorio literario hispanoamericano La tortuga ecuestre de César Moro, pero no sus poemarios en francés? ¿Qué hacemos con obras mixtas como El Güegüense o Macho Ratón, pieza en español y nahuat (lengua indígena centroamericana)? El criterio idiomático es insuficiente.

El criterio cultural, fronterizo con el idiomático, descarta las obras en español de hispanoamericanos que escribieron “sin experiencia americana”, como Ventura de la Vega, y acoge las de extranjeros “que vivieron entre nosotros y emplearon nuestra lengua” (8), como Paul-François Groussac, Antonio Zinny y Godofredo Daireaux. No obstante su aparente simplicidad, este método genera profunda confusión: ¿es más “hispanoamericano” Groussac que Landívar? ¿Qué se va a entender por “experiencia americana”? ¿Ésta incluye regiones como El Caribe, con sus islas anglo y francoparlantes, o las zonas en donde se habla en lengua indígena? ¿Cuánto tiempo debe vivir “entre nosotros” un extranjero para tener el derecho a figurar en nuestra historia literaria? ¿Ese “nosotros” se refiere sólo a los hispanohablantes americanos? El criterio cultural también resulta insuficiente.

Y el criterio literario nos enfrenta a la espinosa cuestión relativa a la especificidad de la literatura: ¿qué vamos a entender por “literatura”? ¿Cuáles son los parámetros para determinar si algo es literario o no? ¿Puede un texto ser más literario que otro? ¿Qué hacemos con documentos cuya finalidad primordial no era literaria, como los códices y los anales amerindios o los escritos judiciales compuestos por los reos de la Inquisición? ¿Los eliminamos sin más del corpus, como propone Anderson Imbert? Hasta la fecha, repito, la crítica no ha sabido ponerse de acuerdo sobre cómo proceder con este tipo de obras, muchas de ellas condenadas a publicaciones y disertaciones eruditas reservadas para círculos académicos reducidos o, por el contrario, a la divulgación masiva en calidad de frutos exóticos de un pasado pintoresco.

Ante la aceptación generalizada de procederes como el de Anderson Imbert, me parece urgente y necesario insistir en que historiar los “usos expresivos” de una lengua no equivale, de ninguna manera, a elaborar la historia de una literatura tan plural como la nuestra. De hecho, en el mejor de los casos, pensar la literatura desde un punto de vista retórico o formalista es empobrecer el objeto de estudio de la historia literaria; en el peor, es anularlo por completo. La literatura es mucho más que metáforas novedosas, buen uso de estrategias retóricas, sofisticación discursiva, pirotecnia del lenguaje, máxima expresividad lingüística, etc. Eso es lo más superficial. Necesitamos volver a pensar que el sitio de la literatura está junto con las demás artes: es arte verbal. Y el arte sólo puede comprenderse atendiendo a la dimensión estética ―a las formas estéticas― de las obras estudiadas. Hispanoamérica, pródiga en lenguas distintas de la española, precisa de una historia literaria consecuente con su diversidad. La pregunta es si estamos en condiciones de embarcarnos en semejante empresa.


[1] Enrique Anderson Imbert, Historia de la literatura hispanoamericana, vol. 1. México: FCE, 1977, p. 8.


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