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Presentación del poemario Extinción del testimonio, de A. Abreu

Extinción

* La versión original de este texto fue leída en la presentación del poemario, organizada por la ADELyC, en septiembre de este año en la ciudad de Mérida, Yucatán.

Extinción del testimonio es un poemario en abierto coqueteo con el universo de valores de la prosa, como enseguida veremos. Comentar un texto de esta naturaleza supone un reto, no sólo para mí –acostumbrada a analizar y comentar obras narrativas–, sino también para la teoría orgánica de la poesía, que concibe la diferencia entre ésta y la prosa como una cuestión formal, exterior, superficial. Para distinguir entre una y otra, el proceder habitual de teóricos y críticos de la literatura es fijarse, por ejemplo, en la posibilidad o la imposibilidad del encabalgamiento, en la presencia o la ausencia de un lenguaje versal definido (con rima, metro y ritmo) o de un lenguaje sublimado (“exquisito”, “poético”, metafórico), la voluntad de expresar o no la belleza ideal, etc. Pocas veces el pensamiento literario ha alcanzado a percibir la formidable jerarquía de valores que marca la frontera entre poesía y prosa. Esto, claro, desde mi perspectiva. Me explico.

Nuestra concepción actual de la literatura engloba la oposición, creada en la Antigüedad, entre el ámbito de la poesía y el de la prosa. Como señala Luis Beltrán, el primero reunía los géneros procedentes de la tradición oral elevada (epopeya, tragedia, oda), y el segundo, los géneros no elevados de la poesía, los mixtos (los prosimetra), los nuevos (el diálogo, la novela) y los viejos tradicionales (el cuento, la fábula). Entonces, desde hace varias centurias, la poesía ha sido el ámbito de lo elevado, lo serio y lo sublime, mientras que la prosa ha sido el ámbito de lo medio y lo bajo, de lo actual y hasta lo fútil. Pero la Modernidad ha trastrocado significativamente la rigidez de este esquema. Buena parte de la poesía moderna, es decir, la posterior a 1800, tiende a fundir los dos ámbitos. En Extinción del testimonio esta tendencia a fundirlos se observa con facilidad. En un nivel simple o exterior, formal, se advierte en los muchos juegos con la tipografía, en el repartimiento desigual de los versos en las páginas del libro, en la entrada de palabras prosaicas (chicle, costra, auscultación, reflectores, nalgas, matarife, himenópteros), y en la extensión variable de los versos, los poemas y las cuatro secciones del poemario. En un nivel más profundo, se aprecia en la voluntad de mezclar distintas corrientes estéticas  (el patetismo, el didactismo y, en menor medida, el grotesco), de renunciar al ideal de belleza verbal y a la prosificación. En los siguientes párrafos intentaré justificar mi afirmación, pero, antes, no resisto la tentación de citar un verso que bien puede darles la idea del prosaísmo del texto: “El mundo enseña las nalgas mientras te grita: «Aquí están los poemas»” (37).

Antes de entrar en materia, me gustaría explicitar algo. En adelante me referiré al poeta, pero ese poeta no será Agustín –el Agustín de carne y hueso, con quien nos reímos, hablamos de libros o tonterías, y nos tomamos una cerveza–, sino una figura muy cercana a él; cercana, pero inexorablemente distinta, por tratarse de un ente de ficción. El poeta es un principio organizador del discurso. De hecho, a mi modo de ver, Extinción del testimonio consiste en el despliegue de una conciencia: la del poeta arrasado por la pérdida y la nostalgia, sostenido únicamente por los escasos recuerdos felices y por el imperativo de rendir testimonio ante el mundo. Esta conciencia manifiesta básicamente por dos vías. Una es la rememoración de estampas de infancia –es muy significativo que haya cuatro poemas titulados Infancia– y la crónica de experiencias de actualidad, en su mayoría dolorosas o tristes –por lo  mismo, es una crónica más cercana a la periodística que a la literaria–. Infancia y actualidad no aparecen aquí sólo como dos etapas distintas de la vida del poeta, una pasada y otra presente, sino como puntos espaciotemporales con cargas valorativas contrastantes. Para mostrar esto, cito el poema titulado Herida:

                Esa luz,

cuya raíz se remonta

hasta la infancia,

es la única

flor

que te queda por cortar (41).

Lo anterior no quiere decir que la infancia se represente idealizada, ni como un paraíso perdido. En los poemas relacionados con la tierra natal (anunciada por el calor, el verano, la humedad, las semillas, el campo) y con la familia (la madre, el hermano del poeta) caben también la muerte y los temores. Una de las imágenes más concretas y eficaces de esto, además de ser una de las favoritas de Agustín –éste sí, de carne y hueso–, es la gallina colgada en el patio. Sin embargo, el horror de la muerte queda superado. De la gallina muerta se desprenden sangre y plumas, pero también caldo y alimento-vida (para las personas, para las hormigas). El potencial artístico del idilio emana, precisamente, de su poder de regeneración. Un ejemplo humorístico de los ciclos del amor y la vida lo tenemos en los tres fragmentos de Accidentes del amor bucólico, que habla de la “romanza” del agua y la piedra “al interior de los bovinos”.

[El agua] “Anhela un pardo mineral [piedra] que desdiga el valor de lo fluyente. De tal modo, alguna vaca podría darle el favor de su lamido y, más allá del rumen, agua y piedra se nutrirían hasta llegar a ser carne o excremento” (42).

Detengo aquí los comentarios sobre la infancia, para señalar su contraste con el presente del poeta, cuyo aquí y ahora representan el lugar del extravío y el tiempo de la agonía, del estertor. La identidad familiar se ha roto. Sirvan de ejemplo los siguientes dos versos: “Soy un nombre desvirgado / y me estoy apellidando en el hedor” (53). Otra pista importante la tenemos en dos poemas titulados de forma casi idéntica: Visión del extraviado (29) y Visión del extravío (43). El extraviado es el poeta, pero también el amigo muerto, lo irrecuperable.

Lo irrecuperable juega un rol esencial a lo largo del poemario, y se materializa en elementos un tanto inusuales: una fotografía de cumpleaños, un nombre mudo, el vaho de un cuerpo ya distante, el cabello de una mujer, una pistola de gatillo presto, una botella sobre el pecho, la gallina, las plumas, la ceniza, el color blanco. Estos elementos se relacionan con el patetismo (pathos). Se trata de una estética de la seriedad, entregada a la expresión de la belleza utópica y a la construcción de un héroe –en el poemario hay dos poemas titulados Héroe–. El poeta busca que el lector se identifique con el héroe (con su dolor, con su lucha, con su amor), quien, en el dominio de la poesía, suele coincidir con la figura del poeta. En Extinción del testimonio poeta y héroe se presentan fusionados. No obstante, no se trata de un patetismo tradicional. No construye un héroe victorioso y amado, sino uno herido, nostálgico, desencantado, descorazonado. Es un héroe dispuesto a combatir, como indica un epígrafe de Vicente Quirarte, “aunque sepamos que la derrota es el único premio de los héroes” (22). La amalgama poeta-héroe se trasluce en versos como el siguiente: “Cronista incipiente, aprendí a escanciar la vida en las plumas que se han de comer los gusanos. La vida es una lágrima acosada por los perros” (56). Significativamente, el poema que antecede al último apartado del poemario, titulado Pájaros con vértigo –que sería el colmo del paroxismo y la postración–, es la fiebre necesaria para “astillar la desolación”, según sugiere la Prescripción inicial. No hay dignificación o heroización de la autoconciencia.

La segunda vía de manifestación de la conciencia del poeta es su atestación, su rendición de cuentas, su crónica (entendida como la relación de hechos actuales, todavía vigentes). En una entrada anterior, Karla Marrufo ha enfatizado la importancia de la figura del cronista en este poemario. El fruto de esta rendición de cuentas es el poemario, que no persigue el ideal de la belleza, sino el de la verdad. Cabe suponer que, si el poeta siente la necesidad o la obligación de dar testimonio es porque, de alguna manera, se ha faltado a la verdad. En esta preocupación se advierte otra línea estética de la seriedad, el didactismo, caracterizado por la búsqueda del conocimiento (la verdad) y por la construcción de una conciencia.

La propuesta artística de Extinción del testimonio está elaborada al modo de un género forense, el testimonio. Los géneros retóricos o forenses son los relativos al foro, centro y símbolo de la vida pública. Entonces, el poeta se presenta a sí mismo como un hombre exteriorizado, vuelto hacia el mundo, hacia la colectividad. Ante ella rinde testimonio. Ahora, toda rendición de cuentas se da básicamente en un clima de confianza, de desconfianza o en un clima neutro. Extinción de testimonio oscila entre el clima de confianza y el neutro. De ahí que el poeta ventile su desencanto, su desamor, su tristeza, su pasmo, su luto, sus temores de infancia, asuntos que corresponden al ámbito de lo privado, a la vez que se queja de la violencia del mundo, de la situación del país, de la otredad inherente al ser humano. A mis ojos, las preocupaciones más apremiantes son la imposibilidad del olvido y de la curación, pese a la presencia del médico –con sus prescripciones, sus diagnósticos, su medicina, sus remedios–, y el asedio de la violencia del mundo. Como el público ya supondrá, el despliegue de la conciencia del poeta no se desarrolla cómodamente. Al contrario, conlleva sufrimiento y lo obliga a verter lágrimas, soportar la fiebre y hasta derramar sangre; claro, en sentido metafórico.

Recupero la idea del inicio y cierro mi comentario. En la Modernidad, los ámbitos de lo medio y lo bajo han entrado hasta ocupar espacios antes exclusivos de lo elevado, lo sublimado, lo bello. En Extinción del testimonio los poemas flirtean con la prosa, pero mantienen su intención poética. Esta característica refuerza el carácter paradójico del poemario, que pretende seguir la consigna de Maurice Blanchot de dar testimonio con la ausencia del testimonio, es decir, reflexionar escribiendo, desandar el camino recorriéndolo para borrarlo o, puesto de otro modo, más afín a las palabras del poeta: astillar la desolación. Como sabemos, desolar significa afligir, destruir. El juego de paradojas es evidente: el objetivo es destruir la destrucción. Entre la palabra y el silencio tenemos la página en blanco. Decir blanco es decir El blanco de ausencia, silencio, vacío, muerte, pero también posibilidad, escritura, necesidad de expresarse. Cierro mi intervención citando un brevísimo poema que, me parece, resume el tono y la intención general de este libro. El poema se titula Herida: “queden por testimonio / mis pájaros en blanco” (19).

Bibliografía

  • Abreu Cornelio, Agustín. Extinción del testimonio. Villahermosa: Gobierno del Estado de Tabasco, 2013.
  • Beltrán Almería, Luis. Estética y literatura. España: Marenostrum, 2004.
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